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Las elecciones peruanas

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Por Ricardo Israel Z. (para Safe Democracy)

Ricardo Israel Z. explica por qué ha ganado Ollanta Humala en la primera ronda electoral de Perú (y por qué obtenido sólo un tercio de los votos) y señala que nada bueno augura su prédica confrontacional y su división del país entre buenos y malos. Israel Z. cree que la tragedia peruana es que –gane quien gane estas elecciones– seguramente no se van a solucionar los problemas del país, ni se responderá a las expectativas de los ciudadanos, que tienen el derecho de esperar soluciones de sus autoridades electas en democracia.


Ricardo Israel Z. es abogado y politólogo. Tiene un Ph.D. y un master en Ciencia Política de la Universidad de Essex y es Catedrático de Ciencia Política de la Universidad de Chile. Dirige el Centro Internacional para la Calidad de la Democracia y la Escuela de Ciencias Jurídicas y Sociales de la Universidad Autónoma de Chile. Preside el Comité de Fuerzas Armadas y Sociedad de la Asociación Mundial de Ciencia Política. Ha publicado decenas de libros y ensayos traducidos a varios idiomas y es conductor y comentarista de programas políticos e internacionales en Radio y TV.

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¿SORPRENDE QUE OLLANTA HUMALA HAYA GANADO la primera vuelta? No. Era lo que se esperaba. Lo que llama la atención es que haya obtenido solo un tercio de los votos. En efecto, un balotaje con dos candidatos con porcentajes tan bajos, anuncia inestabilidad, precariedad en el ejercicio del poder y la necesidad de buscar alianzas poco duraderas.

¿Podrá alguna vez el país que estuvo entre las colonias más ricas de España encaminarse hacia la ruta del desarrollo? Tiene materias primas, energía, y aún más importante, gente trabajadora y esforzada. ¿Qué le ha faltado? Desde mi punto de vista, unidad de propósitos y consensos básicos en torno al modelo económico y la democracia.

Lo de Ollanta Humala no debiera verse como una novedad, ya que el electorado peruano ha rechazado una y otra vez a su clase gobernante en las urnas, para ver siempre sus esperanzas frustradas por la corrupción y el mal gobierno.

ALAN GARCÍA Y ALBERTO FUJIMORI
En la década del ochenta, la esperanza fue representada por el todavía vigente Alan García. Al terminar su mandato, la inflación estaba desbocada al igual que el terrorismo de Sendero Luminoso. Igual ocurría con la corrupción gubernamental, pero su votación demuestra que la memoria de los países es frágil.

En los noventas apareció Alberto Fujimori, quien daría su autogolpe, cerrando no sólo el Congreso, sino también haciendo lo que algunas dictaduras militares no llevaron a cabo, ya que intervino además al poder judicial. Su gobierno terminó con su huida a Japón y con la corrupción llevada a niveles insospechados por la dupla que conformó con Montesinos.

ALEJANDRO TOLEDO
Aunque hoy cueste verlo así, el actual mandatario Toledo también representó una alternativa al sistema hace pocos años, sobre todo por su origen étnico y la pobreza de su infancia. Sin embargo, terminó su gobierno desprestigiado y con tan escaso apoyo político que no logró que ningún candidato presidencial se considerara su heredero, a pesar de lograr crecimiento económico, el que desafortunadamente no fue capaz de crear suficientes trabajos para evitar que los peruanos siguieran emigrando.

Es en esa perspectiva donde hay que situar el primer lugar de Ollanta Humala, es decir, como continuidad en el rechazo al sistema político y económico, en una región donde esa visión se expresa en formas muy distintas, y donde el ex militar peruano no puede ser visto en forma simplista como un nuevo Chávez o un nuevo Evo Morales.

OLLANTA HUMALA
Por cierto, que en el caso particular de Perú nada bueno augura la prédica confrontacional de Humala y su división del país entre buenos y malos. Además, falta todavía la segunda vuelta electoral, cuyo resultado va a depender de los acuerdos que se establezcan entre las fuerzas políticas y sociales.

Sin embargo, la tragedia peruana es que –gane quien gane– seguramente no va a solucionar los problemas del país ni va a ser capaz de responder a las expectativas de los ciudadanos, reafirmando que el desafío tiene que ver por sobre todo con la calidad mínima que los pueblos tienen derecho a esperar de las decisiones públicas de sus autoridades electas en democracia.