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Por Julio César Casarin Barroso Silva (para Safe Democracy)

Casarin Barroso Silva trae a cuento el trágico suceso de la masacre de El Dorado de Carajás, en Brasil –en el que la policía reprimió brutalmente a una manifestación de los Sin Tierra y mató a 19 personas hace exactamente 10 años– para recordar que la sociedad brasileña sigue enfrentándose hoy con sus antiguas contradicciones: a pesar de la relativa solidez institucional, persiste la influencia política de la arcaica clase terrateniente. Cesarin Barroso cree que la democracia enfrenta en Brasil un complejo dilema: o logra promover verdaderamente el desarrollo social o se transformará en un simple juego procedimental.


Julio César Casarin Barroso Silva es analista político, y escribe regularmente sobre temas brasileños y latinoamericanos. Está realizando un doctorando en la Universidad de San Pablo y tiene un Master en Ciencias Políticas por la misma universidad.

julio césar.JPG EL ÚLTIMO 17 DE ABRIL, BRASIL RECORDÓ los diez años de lo que se denominó como “la masacre de El Dorado de Carajás”. Aquel 17 de abril de 1996, familias sin tierra bloquearon una ruta en el Estado de Pará, al norte del país, para protestar contra la demora en la desapropiación de un latifundio de la zona.

DIA DE LA REFORMA AGRARIA
Movilizada para desbloquear la carretera, la policía militarizada del Estado actuó con brutalidad: disparó sin aviso matando a 19 personas e hiriendo a 81. Desde entonces, el 17 de abril de cada año como el Día Nacional de Lucha por la Reforma Agraria, aceptado por el gobierno brasileño.

De los 155 policías que participaron en la masacre, 144 fueron acusados. Pero solamente dos han sido condenados: el coronel Mário Pantoja y el mayor José Maria de Oliveira, comandantes de la operación (a 228 y 154 años de prisión, respectivamente). Sin embargo, por decisión del Supremo Tribunal Federal, permanecen en libertad, mientras aguardan decisión sobre recursos judiciales.

INPUNIDAD
En cuanto a los responsables políticos de la masacre, total impunidad: el Gobernador y el Secretario de Seguridad Pública, de quienes habría partido la orden de represión, no han sido acusados. No se trata del único caso. De acuerdo con el informe “Conflictos en el Campo 2005”, elaborado por la Comisión Pastoral de la Tierra (perteneciente a la Iglesia Católica), entre 1985 y 2004, sólo el 7 por ciento de los crímenes en el campo han ido a parar a juicio.

De los 1043 crímenes motivados por conflictos latifundistas (registrados en el mismo período), y con un resultado de 1399 personas asesinadas, la gran mayoría de ellos trabajadores, apenas 77 casos han ido a la Justicia.

Para la Comisión, “la injusta concentración de los latifundios, la carencia de demarcación de las tierras indígenas y la no realización de la Reforma Agraria son las causas principales de la violencia que aumenta cada día”.

TRABAJO ESCLAVO
Siguiendo con el informe, en 2005 han aumentado las cifras de trabajo esclavo: 276, mientras que en 2004 fueron 236. El número de trabajadores encontrados en situación de esclavitud fue de 7.707; 4.585 personas fueron liberadas de sus “dueños”.

Resulta evidente que a diez años de la “la masacre de El Dorado de Carajás”, y tras más de veinte años de la transferencia del poder político a manos civiles, la sociedad brasileña se enfrenta con sus antiguas contradicciones: a pesar de la relativa solidez institucional, persiste la influencia política de la arcaica clase terrateniente, que se asienta en estructuras políticas y económicas mucho más dinámicas.

DEMOCRACIA Y DESARROLLO SOCIAL

La democracia ha enfrentado en Brasil dificultades para dejar de ser un simple juego procedimental, traduciéndose en desarrollo social. El riesgo es que tales dificultades comprometan la supervivencia misma del sistema democrático.

Según el Instituto Latinobarómetro, de Chile, la satisfacción de los brasileños con la democracia es bajísima: menos del 37 por ciento de mis compatriotas están de acuerdo con la frase “la democracia es preferible a cualquier otra forma de gobierno”. Se trata de unos de los niveles más bajos de todo América Latina.

El camino entre la democracia que tenemos y aquélla que deseamos aún es muy largo en Brasil.