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Bolivia: ¿diálogo o demonización?

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Por Edgardo Mocca (para Safe Democracy)

Edgardo Mocca crítica el hecho de que los análisis en torno al ascenso de Evo Morales en Bolivia –y la aplicación de políticas nacionalizadoras– se hayan hecho descontextualizados, sin observar al pasado inmediato del país. En este sentido, el autor realiza una mirada diacrónica de Bolivia, y explica por qué hay que tener cuidado con la izquierda infantil y con la demonización y la extorsión que se insinúa desde ciertos círculos neoliberales. Sudamérica necesita una Bolivia democrática, pacífica y capaz de conservar su unidad como nación, y Mocca cree que el diálogo está abierto y parece ser hoy la única fórmula pragmática y efectiva para preservar la gobernabilidad democrática.


[2] Edgardo Mocca es politólogo y profesor de la Universidad de Buenos Aires. Asesora al Ministerio de Asuntos Exteriores de Argentina.

LA MAYOR PARTE DE LOS COMENTARISTAS que han puesto en el foco al nuevo gobierno de Bolivia –fundamentalmente a partir de su decisión de nacionalizar los hidrocarburos– han optado por abstenerse de toda referencia al pasado inmediato de ese país como vía de aproximación interpretativa a su realidad actual.

LA PAZ, BLOQUEADA
Hace menos de un año, su ciudad capital, La Paz estaba bloqueada y una acumulación de demandas sociales, económicas, étnico-culturales y regionalistas ponían en entredicho la unidad nacional en ese país.

La elección presidencial planteada parecía más parte del problema que de la solución porque, según se preveía, su resultado no haría sino confirmar el paisaje de fragmentación política y resultaría imposible a partir de allí la reconstrucción de un centro de autoridad política en condiciones de generar algún tipo de orden dentro de la crítica situación.

[3] EL INFIERNO DE LA DISGREGACIÓN
Y esa crisis de enorme potencialidad destructiva venía precedida de otro cimbronazo de la democracia en Bolivia: dos años antes, en 2003 el presidente Sánchez de Losada había sido obligado a retirarse anticipadamente del gobierno por otra ola de movilizaciones y protestas.

Si un analista arranca de estas referencias se enfrentará de alguna manera con un interrogante: ¿cómo fue que después de una aparente consolidación de una democracia a través de pactos interpartidarios que, en la década del ochenta parecía haber dejado atrás el pasado de facciosidad, violencia e inestabilidad, nuevamente el país se asomaba al infierno de la disgregación nacional?

EL APACIGUAMIENTO POLÍTICO
En efecto, desde mediados de la década del ochenta, funcionó en Bolivia un régimen democrático y pacífico; las sucesiones presidenciales, siempre traumáticas hasta entonces, habían sido resueltas por un particular sistema de acuerdos democráticos, por medio de los cuales dos de los tres partidos políticos influyentes aseguraban la generación de una mayoría parlamentaria que, según las normas constitucionales del país, se requieren para instaurar un nuevo gobierno.

Fácil es deducir de esta realidad el apaciguamiento político, la tendencia hacia un funcionamiento centrípeto de la democracia, con el ocaso consiguiente de las oposiciones radicalizadas que tuvieron enorme gravitación en otras épocas.

CONSOLIDACIÓN DEMOCRÁTICA
Esta forma de democracia sustentada en el pacto entre los partidos constituye poco menos que un ideal desde una perspectiva institucionalista. No olvidemos que las sucesivas quiebras de la democracia en la región, durante la década del setenta, fueron atribuidas sobre la base de una sólida argumentación a la incompatibilidad del régimen democrático con un orden presidencialista y una particular radicalidad de las oposiciones (particularmente desde la izquierda). De manera que un parlamento propenso a la acomodación y un sistema de partidos sin extremos que cuestionaran al sistema aparecieron como la fórmula de la consolidación democrática en América Latina.

Sin embargo, el consenso y la capacidad de negociación son solamente una parte del drama democrático. La otra clave del funcionamiento de este régimen está en la capacidad de partidos y líderes de expresar y canalizar civilizada y pacíficamente, con pleno respeto de los procedimientos legales y constitucionales, el disenso social.

GANADORES Y PERDEDORES
En la década del noventa, la economía y la sociedad boliviana se reestructuraron bruscamente, a través de lo que dio en llamarse reformas estructurales pro-mercado. El proceso de reformas tuvo, como no podía ser de otro modo, ganadores y perdedores. Estos últimos empezaron a reconocerse cada vez menos en un sistema de partidos que tendía a una vida endogámica y no expresaba los nuevos dramas de grandes franjas de la población. En este caso, la crisis de la democracia no sobrevino a causa de la polaridad de la disputa entre los partidos políticos, sino como producto de la incapacidad del sistema en su conjunto para expresar la multiplicidad de conflictos sociales generados por las reformas estructurales.

Los tres partidos políticos que ordenaron la democracia boliviana desde la década del ochenta han sido virtualmente barridos del escenario político.

[4] EL EMERGENTE DE LA CRISIS
El gobierno de Evo Morales es el emergente de esa crisis. La medida nacionalizadora adoptada forma parte del programa planteado por el nuevo presidente a la sociedad y su ejecución se realiza con apego a la Constitución y las leyes de ese país. Dicho sea de paso, la endeblez jurídica de los contratos firmados con empresas extranjeras –sin pasar por el parlamento nacional– muestran la fragilidad de un modelo decisionista que fuera ampliamente elogiado en su momento por muchos de los que hoy critican al populismo del gobierno boliviano.

Sudamérica necesita una Bolivia democrática, pacífica y capaz de conservar su unidad como nación. La izquierda infantil que pretende ver en el proceso que vive el país a la resurrección de los vientos revolucionarios de otras épocas no hace sino mostrar su incapacidad de comprender las nuevas realidades.

PROFECÍAS DEL NEOLIBERALISMO

Pero, por otro lado, la demonización y la extorsión que se insinúa desde ciertos círculos neoliberales pueden transformarse en la profecía autocumplida de la desestabilización política y la violencia.

No pueden ignorarse los problemas que la nacionalización trae para terceros países de la región y del mundo; todo indica que el diálogo está abierto y que parece ser la única fórmula pragmática y efectiva para preservar la gobernabilidad democrática en Bolivia y consolidarla en toda la región.