Por Rafael Calduch Cervera (para Safe Democracy)

Rafael Calduch analiza los resultados de las elecciones mexicanas y dice que el triunfo de Felipe Calderón (PAN) ha sido posible no tanto por sus méritos políticos, sino por la incapacidad de los líderes del PRD (López Obrador) y del PRI (Roberto Madrazo) para alcanzar un acuerdo, electoral o de gobierno. México tiene ahora una sóla opción: concluir su transición, iniciada hace ya una década, mediante un pacto político nacional, impulsado por el nuevo presidente con el respaldo de la oposición. En este sentido, Calduch cree que el nuevo presidente mexicano va a tener que enfrentar un mandato con una fuerte inestabilidad política, que no sólo hipotecará las oportunidades de crecimiento económico y las –tan reclamadas– mejoras sociales, sino que también dificultará su papel de líder regional y las mismas relaciones con Estados Unidos.


Rafael Calduch Cervera es catedrático de Relaciones Internacionales de la Universidad Complutense de Madrid y director del Master en Relaciones Internacionales y Comunicación de la misma universidad. Ha realizado un doctorado en Ciencias Políticas y Sociología y preside la consultora “Análisis Estratégico Internacional“.

LOS RESULTADOS DE LAS ELECCIONES DEL PASADO 2 DE JULIO, plantean un reto político decisivo para el futuro de la democracia mexicana. Aunque los medios de comunicación y los analistas se han concentrado en los resultados de la elección presidencial, ya que la Constitución mexicana consagra un régimen presidencialista fuerte, lo cierto es que en estas elecciones también se dirimía la composición del Parlamento (Senado y Cámara de Diputados).

Si la diferencia electoral entre los dos principales candidatos presidenciales: Felipe Calderón (PAN) y Andrés Manuel López Obrador (PRD) arroja sombras de duda por la escasa diferencia a favor del primero (0,58 por ciento), en las dos cámaras del Parlamento mexicano la victoria del PAN no da lugar a equívocos: 52 senadores y 206 diputados del PAN frente a tan sólo 36 senadores y 160 diputados del PRD. Ello nos permite extraer algunas conclusiones importantes sobre el futuro político de México.

¿DIFERENCIAS ENTRE CANDIDATOS?
En primer lugar, el recuento de papeletas que López Obrador y el PRD han solicitado al Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación tiene pocas probabilidades de prosperar ya que no hay indicios de un fraude electoral significativo, como ha constatado el Instituto Federal Electoral y los observadores internacionales, incluidos los de la Unión Europea. Por otra parte, incluso aunque el Tribunal aceptase el recuento y concediese la victoria al candidato del PRD, la situación política del país no cambiaría sustancialmente ya que es seguro que López Obrador no alcanzaría una mayoría electoral mucho más amplia y, por tanto, más incuestionable que la de su rival.

En segundo lugar, si Felipe Calderón alcanza, como es previsible, la presidencia, su mandato estará muy limitado al no haber alcanzado su partido la mayoría simple en ninguna de las dos cámaras parlamentarias. Ello le incapacita para abordar las principales reformas políticas y económicas que exige la consolidación de la democracia mexicana, y, que su antecesor, el presidente Fox, no pudo realizar por la misma razón.

Curiosamente, las diferencias programáticas entre los diversos candidatos presidenciales no han sido sobre la importancia y urgencia de estas reformas, sino sobre aspectos técnicos secundarios.

DIVIDE Y CONQUISTARÁS
En tercer lugar, el triunfo del PAN ha sido posible más por la incapacidad de los líderes del PRD y el PRI para alcanzar un acuerdo, electoral o de gobierno, que por los méritos políticos del programa ofrecido por Felipe Calderón y su partido. Al fin y al cabo, el PRD nació como una escisión del viejo PRI, todavía no suficientemente reformado, lo que significa que sus diferencias ideológica s y programáticas aproximan a su electorado tanto como las rivalidades de liderazgo entre sus dirigentes han contribuido a su división.

El espectacular aumento electoral experimentado por el PRD, en detrimento del PRI, desde las elecciones de 2000, explica en buena medida esta rivalidad en los dirigentes de ambos partidos. Mientras la dirección del PRI se resiste a convertirse en la tercera fuerza política del país, perdiendo la exclusividad ostentada durante tres cuartos de siglo, la ejecutiva del PRD, con López Obrador a la cabeza, no se resigna a arrebatar este partido el mayor número de líderes y electores posibles, para alcanzar así la posición de la primera fuerza política mexicana capaz de alcanzar la presidencia y perpetuarse en el poder durante décadas.

LA OPOSICIÓN RADICAL DE AMLO
Ello explica la radical oposición de López Obrador a aceptar unos resultados electorales que le condenarían a la marginalidad política, como su antecesor Cuauhtémoc Cárdenas, y su recurso a la movilización callejera para presionar al Tribunal Electoral en su decisión final.

Semejante táctica política, que ya utilizó con éxito cuando fue sometido al desafuero para ser juzgado ante los tribunales, corre el riesgo de provocar una escalada de violencia política incontrolada que, sin embargo, no cambiará la división política, ideológica, social y económica que divide a México.

Con este panorama, México como país sólo posee una opción: concluir su transición, iniciada hace ya una década, mediante un pacto político nacional, impulsado por el nuevo presidente con el respaldo de la oposición, que aborde las reformas constitucional, electoral, fiscal, social, del sistema de salud pública, de las fuerzas de seguridad y de la propia Administración civil del Estado, que la sociedad está demandando con urgencia y que al mismo tiempo es la principal causa de la radicalización política del país.

LA REFORMA (IMPRESCINDIBLE) DE LOS PARTIDOS
Cualquier otra fórmula política está condenada al fracaso, ya se promueva desde la presidencia o desde la oposición. No obstante, para que esta fórmula sea posible y no sólo deseable, es necesario que los tres grandes partidos realicen previamente una reforma de sus estructuras y sus direcciones, algo que parece muy poco probable que ocurra durante la presente legislatura.

La conclusión es evidente: el nuevo presidente mexicano va a tener que enfrentar un mandato con una fuerte inestabilidad política, que no sólo hipotecará las oportunidades de crecimiento económico y las necesarias mejoras sociales sino que también dificultará las relaciones con Estados Unidos, especialmente en lo referente a la revisión del NAFTA, y lastrará las aspiraciones mexicanas a desempeñar su liderazgo regional en el área centroamericana y del Caribe.

Un futuro demasiado incierto para este maravilloso país.