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¿Ruido de sables democráticos en Bangkok?

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Por Rubén Campos (para Safe Democracy)

Cómo ha sido posible que Tailandia –una de las democracias más activas y vibrantes del continente asiático– haya vivido un quiebre del orden democrático con un golpe de Estado incruento que depuso al (polémico) primer ministro Thaksin Shinawatra.


[2] Rubén Campos es experto en Asia Meridional y el Sudeste Asiático y profesor de Relaciones Internacionales en cursos de postgrado de diferentes universidades españolas. Trabaja actualmente como asistente al director de programas del Club de Madrid [3]. En la actualidad, prepara la lectura de su tesis doctoral sobre el movimiento nacionalista indio y la edición de una selección de textos políticos de Mohandas K. Gandhi.

EN LOS ÚLTIMOS 15 AÑOS TAILANDIA ha sido una de las democracias más activas y vibrantes del continente asiático, con sus ciudadanos disfrutando de un marco de libertades políticas y civiles de los más avanzados de la región. Sin embargo, el ejército tailandés acaba de quebrar el orden democrático con un golpe de Estado incruento para deponer al polémico primer ministro Thaksin Shinawatra.

Mientras el destituido jefe de gobierno se preparaba para dar un discurso ante la Asamblea General de Naciones Unidas en Nueva York, los tanques salieron a las calles de la capital Bangkok y los jefes militares depusieron su gobierno nombrando un Consejo para la Reforma Política para tomar las riendas del país.

18 GOLPES DE ESTADO
La intervención militar en asuntos políticos no es algo nuevo en la historia de Tailandia, ya que se han producido 18 golpes de Estado desde que el país asiático se convirtió en una monarquía constitucional en 1932, pero en los últimos años parecía que esta dinámica había quedado superada.

El general Sonthi Boonyaratglin, líder del golpe militar, ha explicado que su propósito es devolver el poder al pueblo en un breve espacio de tiempo y que su objetivo central es cerrar el período de inestabilidad y crisis política que vive el país en los últimos meses.

[4] AUGE Y CAÍDA DE THAKSIN SHINAWATRA
Pocos observadores tailandeses o internacionales hubieran podido predecir esta evolución de los acontecimientos cuando Thaksin Shinawatra consiguió, en febrero de 2005, ser reeligido para un segundo mandato de cinco años, con una mayoría parlamentaria sin precedentes en la historia reciente tailandesa.

Thaksin había llegado a la esfera política sólo unos años antes, tras levantar un imperio en el sector de las telecomunicaciones favorecido por la privatización del sector. En 1998 fundó un partido político para servirle como vehículo electoral con la exótica denominación Thai Rak Thai (los tailandeses aman a los tailandeses).

ESCÁNDALOS DE CORRUPCIÓN Y MÁS
Con una plataforma política basada en un fuerte contenido nacionalista y populista consiguió el apoyo de la mayoría de la población rural, que confío en sus promesas de aumentar el gasto social y las inversiones en las zonas más desfavorecidas del país.

Sin embargo, el segundo mandato de Thaksin ha estado marcado por los escándalos de corrupción y por protestas masivas. La más notoria ocurrió en abril de este año cuando cientos de miles de personas tomaron las calles.

El detonante fue la venta por parte de la familia de Thaksin de su emporio de telecomunicaciones a inversores de Singapur recibiendo casi 2.000 millones de dólares libres de impuestos, gracias a leyes ad hoc que el gobierno había decretado.

[5] CONVOCANDO ELECCIONES
Otro de los temas que debilitaron gravemente al gobierno fue la incapacidad de controlar los levantamientos armados de minorías musulmanas en el sur del país (de mayoría budista), que en los últimos meses han dejado cientos de muertos.

Ante el alcance de las protestas, Thaksin se vio obligado a convocar nuevas elecciones (en mayo) para legitimar su gobierno, pero la oposición política decidió boicotearlas. Posteriormente, el poder judicial decretó la invalidez de las mismas; nuevos comicios se esperaban para este otoño (boreal).

[6] EL ROL CLAVE DE LA MONARQUÍA
El rey tailandés Bhumibol Adulyadej –que ocupa la jefatura de Estado desde hace más de seis décadas– es una pieza esencial en el escenario político, a pesar de su avanzada edad y su delicado estado de salud.

Figura venerada por la gran mayoría de la población, ha sabido adaptarse al ritmo de los tiempos y convertirse en el engranaje imprescindible en la continuidad e institucionalidad del sistema político.

El pasado mayo celebró 60 años en el trono; se trata del monarca con más antigüedad en el cargo del mundo. El festejo se transformó en otra ocasión para mostrar el alto apoyo popular del que goza entre todos los segmentos de la población, a pesar de la gravedad de la crisis política que atraviesa el país.

Su decepción con el gobierno de Thaksin le ha llevado a apoyar tácitamente el golpe de Estado, incluso a promoverlo, según algunas fuentes.

LA EXPECTATIVA DE LA COMUNIDAD INTERNACIONAL
El general Sonthi Boonyaratglin –líder del levantamiento– es un militar cercano a la corona, y el monarca ha declarado que con el fin de restaurar la paz en el país acepta el nombramiento del General Sonthi como jefe del nuevo Consejo de Reforma Política.

La situación de crisis permanente de los últimos meses y la falta de credibilidad del gobierno de Thaksin explican las respuestas iniciales de la comunidad internacional; se ha condenado el golpe, pero con cierta tibieza y sin defender al gobierno depuesto.

Resulta significativo que en la declaración oficial del Secretario General de Naciones Unidas Kofi Annan no se hiciera mención al primer ministro caído en desgracia, pero sí se valoró el liderazgo del Rey Bhumibol Adulyade en el establecimiento y fortalecimiento de las instituciones democráticas, a pesar de que el monarca ha apoyado públicamente el golpe de Estado.

RETOMAR EL ORDEN DEMOCRÁTICO
El nuevo Consejo tiene, por tanto, cierto capital político, pero sus primeras decisiones anunciadas como temporales –prohibir cualquier actividad política y restringir la libertad de prensa– pueden volverse en su contra si la devolución del poder a la sociedad civil no se realiza de una manera rápida y creíble.

En 1991, un golpe de Estado similar encontró la resistencia de manifestaciones masivas a favor de la democracia, respondidas a su vez por una fuerte represión, que sólo cedió cuando el rey Bhumibol medió para la formación de un gobierno de transición hacia unas nuevas elecciones.

Tanto la comunidad internacional como las fuerzas democráticas tailandesas deben mostrar su firme compromiso con el retorno inmediato de las libertades civiles y políticas así como con la celebración urgente de nuevas elecciones que legitimen un nuevo gobierno con capacidad de retomar el orden democrático y constitucional.

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