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El futuro de Kosovo

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Por Carlos Taibo (para Safe Democracy)

Carlos Taibo dice que el protectorado internacional debe llegar a su fin en Kosovo aunque ninguno de los objetivos que se establecieron hace más de cinco años –democratización, respeto de las minorías y desarrollo económico, entre otros– hayan sido alcanzados. Taibo cree que la comunidad internacional se inclinará a regañadientes por la autodeterminación de Kosovo y su independencia de Serbia pero lo más importante de todo deberá ser la restauración de una convivencia regional que se antoja requisito principal de cualquier futuro razonable. Hasta ahora poco y nada se ha hecho al respecto.


[2] Carlos Taibo es profesor de Ciencia Política en la Universidad Autónoma de Madrid y uno de los mayores expertos en Rusia y Europa del Este. Da clases en el el Master en Relaciones Internacionales y Comunicación en la Universidad Complutense de Madrid y ha publicado decenas de libros sobre política internacional.

SABIDO ES QUE LAS INSTANCIAS CORRESPONDIENTES deben tomar una decisión en este otoño –boreal– sobre el futuro de Kosovo. A decir verdad, y en términos estrictos conforme a lo acordado en su momento, no están dadas las condiciones para que semejante decisión cobre cuerpo: todos los análisis serios concluyen que ninguno de los requisitos establecidos al efecto hace algo más de un lustro –democratización, respeto de los derechos de las minorías, desarrollo económico, arrinconamiento de la economía mafiosa, creación de medios independientes y asentamiento de una sociedad civil– han sido objeto de satisfacción.

[3] RECHAZO A LA AUTODETERMINACIÓN
Las cosas como fueren, el escenario kosovar de este momento se ve marcado por una abrupta discrepancia en lo que se refiere a las posiciones dominantes en lo que con alguna ligereza entenderemos que son los dos bandos en disputa. Si entre las fuerzas políticas serbias, en Kosovo como en Belgrado, hay un casi unánime rechazo de cualquier fórmula que implique el despliegue de un principio de autodeterminación para el territorio, a los ojos de la totalidad de las formaciones albanokosovares el principio en cuestión se antoja una exigencia insoslayable.

Bien es verdad que en virtud de razones diferentes, unos y otros están de acuerdo, sin embargo, en que el protectorado internacional debe llegar a su fin. Mientras del lado serbio se entiende que aquél no es sino la antesala lamentable de un proceso de independencia para Kosovo, del lado albanokosovar se estima que configura un freno objetivo para tal proceso.

[4] KOSOVO INDEPENDIENTE
Cuando uno escarba en lo que, en relación con estas cosas, se dice en la literatura especializada, descubre inmediatamente que hay un consenso general en lo que atañe a la conclusión de que la comunidad internacional acabará por abrir el camino, bien que a regañadientes, a una fórmula de autodeterminación en Kosovo.

La explicación fundamental de esa imaginable conducta se antoja sencilla: es más sencillo dar rienda suelta a la demanda de la abrumadora mayoría de la población de un territorio –los albanokosovares– que atender a las querencias de una escueta minoría serbokosovar, por mucho que ésta reciba un respaldo, aparente o real, de un Estado en toda regla como es Serbia.

Lo común es que se asevere también que el reconocimiento de la fórmula que nos ocupa tendrá, al menos en principio, un carácter condicionado y reversible, de tal suerte que el incumplimiento de determinadas exigencias –así, en materia de respeto de los derechos de las minorías– por las autoridades de un eventual Estado kosovar independiente podría dar al traste con el proceso.

PRIORIDAD: RESTAURAR LA CONVIVENCIA
Hay quien sostiene, claro, que lo último que acabamos de reseñar es un brindis al sol, toda vez que, una vez perfilado un Estado independiente en Kosovo, parece extremadamente difícil que se ponga freno al proceso en cuestión. Harina de otro costal son los efectos que el ejercicio de la autodeterminación podría tener en el escenario general de los Balcanes occidentales. Si se ve acompañado de un éxodo de buena parte de la población serbia local –o incluso en el caso de que esta circunstancia no se haga valer–, bien podría alimentar el crecimiento electoral de formaciones ultramontanas en Belgrado y, a su amparo, la formalización de demandas de reconocimiento de procedimientos similares en la República Serbia de Bosnia. Como bien podría provocar aires de revisión de la condición actual de la República de Macedonia.

Aún así, nada de lo anterior es lo más importante: lo realmente grave es que, por los unos y por los otros, con autodeterminación y sin ella, apenas nada se ha hecho en Kosovo para restaurar una convivencia que se antoja requisito principal de cualquier futuro razonable.

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