Por Maximiliano Borches (para Safe Democracy)

Maximiliano Borches analiza la política en Nicaragua y dice que existe la posibilidad de que el ex presidente Daniel Ortega –del Frente Sandinista de Liberación Nacional– retome el control del gobierno. Borches piensa que el desprestigio de los últimos tres gobiernos neoliberales y la fuerte crisis socio-económica (que ha colocado a Nicaragua como el segundo país más pobre de América Latina) explicarían el cambio. Pero habría más: una aparente reconciliación nacional y una cierta maduración política entre el FSLN y el PLN, sectores verdaderamente antagónicos, que, esta vez, se necesitan mutuamente.


Maximiliano Borches es periodista y analista internacional. Colabora en distintos medios de prensa latinoamericanos y es director de la revista “Horizonte”.

LA PRÓXIMA CONTIENDA ELECTORAL QUE DEFINIRÁ a los futuros diputados y presidente de Nicaragua (a desarrollarse el 5 de noviembre) enfrentará a cuatro principales candidatos:

1) Daniel Ortega, del Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN)
2) José Rizo, del Partido Liberal Constitucionalista (PLC-controlado por el ex presidente y actual reo condenado por lavado de dinero, Arnoldo Alemán)
3) Eduardo Montealegre, de la Alianza Liberal Nicaragüense-Partido Conservador (ALN-PC, denunciado por recibir apoyo explícito de la Embajada de Estados Unidos en Managua)
4) Edmundo Jarquín, del Movimiento Renovador Sandinista (MRS)

EL PAÍS, EN CRISIS
Las elecciones se desarrollarán en medio de una de las peores crisis socio-económicas del país centroamericano.

Las cifras son escalofriantes: el 80 por ciento de su población cuenta con ingresos menores a dos dólares diarios, existe un 30 por ciento de desnutrición infantil y un 60 por ciento de deserción de la escuela secundaria. Nicaragua es el segundo país más pobre de América Latina.

A esta situación de creciente marginalidad social y ascendente pobreza, hay que añadirle la crisis energética que atraviesa el país, donde se producen cortes diarios de electricidad en las horas pico (el 80 por ciento de la producción energética nicaragüense se basa en el uso del petróleo).

Este alarmante escenario demuestra, por un lado, el fracaso rotundo de dieciséis años de gobiernos neoliberales, y por otro la necesidad de inmediatez política que deben afrontar los distintos candidatos, para intentar dar respuestas satisfactorias a las crecientes demandas populares.

LA REALPOLITIK
Según datos de fin de septiembre –de la encuestadora Gallup–, el FSLN cuenta con el 29 por ciento de intención de votos, seguido por la alianza ALN-PC con 23 por ciento, mientras que el PLC y el MRS se ubican con un 14 por ciento cada uno.

Estos datos demuestran que el ex presidente Daniel Ortega del Frente Sandinista de Liberación Nacional –quien perdió reiteradamente en las elecciones presidenciales de 1990, 1996 y 2001– está muy cerca de volver a la presidencia, ya que la ley electoral nicaragüense permite que un candidato gane si obtiene el 35 por ciento de los votos, manteniendo una diferencia de cinco puntos porcentuales sobre el segundo lugar.

Lo novedoso de esta elección presidencial –en cuanto a la real-politik— es la alianza conformada por el minoritario Partido Liberal Nacionalista (PLN), fundado por el ex dictador Anastasio Somoza y el FSLN, que lo combatió y derrocó en 1979, en una guerra que cobró la vida de unas 50.000 personas.

RECONCILIACIÓN NACIONAL Y MADURACIÓN
Esta alianza intenta demostrar, en primer lugar, una aparente reconciliación nacional entre sectores verdaderamente antagónicos, y en segundo término la maduración política del sandinismo y del PLN, que en esta oportunidad se necesitan mutuamente. En el primer caso, se busca alejar los fantasmas de la guerra que ahuyentan el voto campesino hacia Ortega, y en el caso del –PLN– asumir el fracaso de sus anteriores políticas de corte neoliberal, al haber suscripto un programa de importantes reformas políticas y sociales, que propicia, desde su estrategia de diversificación económica, un acercamiento con el presidente venezolano Hugo Chávez.

Esta aproximación incluye la posibilidad de sumarse al ALBA (Alternativa Bolivariana para América) que hasta el momento se encuentra integrada por Cuba, Bolivia y Venezuela, como también una relación más estrecha con los países de la región Asia-Pacífico y la Unión Europea.

UN CONTEXTO FAVORABLE
Las contundentes victorias electorales de las izquierdas latinoamericanas variaron radicalmente la correlación de fuerzas políticas en la región y han puesto en perspectiva un posible triunfo electoral del candidato del Frente Sandinista, Daniel Ortega, fundamentalmente por la división de las agrupaciones autodenominadas democráticas.

En Nicaragua, el desprestigio de tres gobiernos neoliberales que durante dieciséis años han entregado el país a los intereses extranjeros en perjuicio neto de la población se torna insostenible.

El sandinismo, a diferencia de otras etapas de su vida política, ostenta una nueva y productiva relación con la jerarquía católica y un acercamiento más profundo con las distintas denominaciones evangélicas, así como también una exitosa política de convergencia nacional, a través de la cual ha logrado el control de casi noventa gobiernos municipales responsables de más del setenta por ciento de la población del país.

Esta coyuntura coloca al sandinismo como el gran favorito para hacerse con el gobierno.

Sin embargo, aún queda por ver cómo actuarán los otros partidos, ya que existe –aunque remota– la posibilidad de una gran alianza para intentar frenar al sandinismo.

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