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¿Preludio a la democracia o a la guerra?

Elecciones en la República Democrática del Congo [1]

Por Mbuyi Kabunda (para Safe Democracy)

Mbuyi Kabunda explica por qué las elecciones llevadas a cabo en la República Democrática del Congo (RDC) han sido un fraude y podrían llevar al país a un nuevo conflicto. Kabunda cree que los enfrentamientos surgidos tras la publicación de los resultados de la primera vuelta y las tendencias étnico-regionales han añadido tensión e inestabilidad. Conozca a continuación los antecedentes de esta chapuza electoral en el Congo, las maniobras de sus políticos y los errores cometidos por la comunidad internacional en un país que transita hacia la somalización, con 5 millones de muertos en los últimos años.


[2] Mbuyi Kabunda es profesor y miembro del Instituto Internacional de Derechos Humanos de Estrasburgo. Es profesor del Master en Relaciones Internacionales y Comunicación, y Expertos de los Países del Sur de la Universidad Complutense de Madrid y del Doctorado de Relaciones Internacionales y Estudios Africanos de la Universidad Autónoma de Madrid.

LAS ELECCIONES PRESIDENCIALES Y LEGISLATIVAS celebradas el 30 de junio de 2006 en la República Democrática del Congo (RDC) –presentadas como históricas por la prensa occidental–, no reunieron las condiciones previas y mínimas para hablar de un proceso electoral transparente, justo y democrático.

Los congoleños acudieron masivamente –70,58 por ciento de participación– a estas elecciones, en las que se abrió un ciclo más de futuro incierto y de caos en un país del tamaño de Europa Occidental. La RDC está desprovista de infraestructuras básicas y vive persistentes combates en muchas áreas de la parte oriental; todo esto se da dentro de un contexto de ausencia de alternativas populares por las prácticas de exclusión.

CHAPUZA ELECTORAL
Se presentaron unos 33 candidatos presidenciales en condiciones de desigualdad de medios, en un clima generalizado de crispación, de no respeto de los derechos humanos y de libertades fundamentales y peor, de desaparición de las estructuras del Estado, o de su criminalización.

La primera vuelta arrojó resultados que fueron cuestionados por la opinión pública: 44,81 por ciento para el presidente Joseph Kabila Kabange; 20,03 por ciento para el vicepresidente Jean-Pierre Bemba Gombo; 13,06 por ciento para Antoine Gizenga; 4,77 por ciento para Mobutu Zanga –hijo de Mobutu– y 3,46 por ciento para Oscar Kashala (los demás candidatos estuvieron por debajo del 1 por ciento del sufragio). Con esto se dio paso a una segunda vuelta (entre los dos candidatos que encabezan la lista) ya que ninguno de los contendientes que se presentaron reunió el 50 por ciento de los votos.

Analizaré, a continuación, los antecedentes de esta chapuza electoral, las maniobras actuales y los peligros que podrían presentarse después del 29 de octubre.

[3] CRÓNICA DE UN FRACASO ANUNCIADO
Todos sabían que las elecciones en el Congo estaban predispuestas al caos, no sólo por no haber reunido las condiciones mínimas para su celebración –la paz, la verdadera reconciliación nacional y la creación del ejército nacional–, sino también por añadir más descontentos y frustraciones a los ya existentes y sobre todo por excluir a los verdaderos representantes del pueblo.

Los enfrentamientos surgidos durante agosto, entre las tropas de Kabila y las de Bemba, tras la publicación de los resultados de la primera vuelta, eran previsibles y son un preludio del caos anunciado, pues ninguno de los dos está dispuesto a perder en la segunda vuelta, más aún si cuentan con los medios financieros y militares suficientes para ello. Las elecciones en el Congo se han realizado sin demócratas y sin cultura democrática.

UN PROCESO VICIADO Y VACIADO
La transición exclusiva, y no inclusiva, nacida de las negociaciones intercongoleñas de Sun City –en abril de 2002, en Sudáfrica– con la fórmula de 1+4 (además del presidente Kabila, cuatro vicepresidentes en representación del antiguo gobierno, las dos principales rebeliones armadas y la oposición política no armada –dividida–, o sea el espacio presidencial convertido en un gobierno de señores de la guerra), fue confiada a los criminales de guerra, ampliamente dominada por hombres y mujeres con las más dudosas cualidades intelectuales y morales.

Éstos dedicaron los tres años que duró la transición no para gobernar y realizar los objetivos confiados a la transición –rehabilitación de las infraestructuras de un Estado mínimo, mejora de las condiciones de vida de la población y la creación de un ejército nacional e integrado–, sino para enriquecerse, armar a sus milicias respectivas y dotarse con una poderosa máquina electoral. Es decir, hicieron la transición conforme a sus respectivas ventajas, con la consiguiente confiscación de todas las instituciones de transición y de poder, viciando y vaciando las elecciones libres y transparentes que era el principal objetivo de la transición. Dicho con otras palabras, se procedió a la exclusión de la verdadera oposición política y de la sociedad civil.

[4] REPARTO DE PODER
Los dos principales candidatos, Kabila y Bemba, dispusieron respectivamente de 110 millones y 40 millones de dólares para su campaña electoral, contando además con importantes medios logísticos, mientras que los demás candidatos apenas podían hacer campaña fuera de Kinshasa, la capital. Los integrantes del espacio presidencial fueron los únicos en disponer de recursos para hacer una verdadera campaña electoral. La transición se caracterizó por la utilización por los integrantes de aquel espacio del aparato del Estado para acceder al poder por todos los medios en detrimento de los intereses nacionales.

El mensaje lanzado por la comunidad internacional –países occidentales y Sudáfrica–, que financió el proceso, ha sido claro: para tener un cierto peso en el Congo, hay que ser beligerante o utilizar el lenguaje de las armas. Es preciso subrayar que lo que se consiguió en la RDC no fue una transición, sino un reparto de poder entre los responsables del desastre en este país. Se dio prioridad a los movimientos armados o a los beligerantes, algunos de ellos sin una representación política real ya que eran marionetas instrumentalizadas por las fuerzas externas.

EL MAL MENOR
Mientras Kabila consiguió más votos en la parte oriental (swahilífona), Bemba hizo lo propio en la parte occidental (lingaláfona), es por esta razón que se habló de la división este-oeste, es decir, entre swahiliparlantes y lingaláfonos. La fractura cultural es preocupante ya que puede profundizarse y amenazar la unidad del país. Esta lectura debe tomarse en cuenta en un contexto de ausencia de debates, de ideas y proyectos de sociedad o programas políticos por partidos que carecen de una ideología claramente definida y que se centran en una persona.

Los congoleños, ante la exclusión y/o autoexclusión de la Unión para la Democracia y el Progreso Social de Étienne Tshisekedi (UDPS) –con una importante implantación nacional, sobre todo en Kinshasa y en las provincias del Kasai (centro del país) por su larga lucha contra la dictadura de Mobutu y después de Laurent-Désiré Kabila– se han visto obligados a elegir entre los que algunos analistas califican de peores predadores: Kabila y Bemba.

[5] LA CONGOLITÉ
Esta bipolarización e incluso tripolarización de la escena política congoleña ha dado lugar a la peligrosa y manipulada ideología de la congolité, derivando en la difusión de la xenofobia: se presenta a Bemba como el hijo del país –el mal menor– y a Kabila como extranjero por sus orígenes dudosos o ruandeses (el mal absoluto).

Sin embargo, las alianzas contra-natura –el apoyo del Partido Lumumbista Unificado (PALU)– del patriarca Antoine Gizenga y de Mobutu Zanga, cuñado de Bemba y depositario del mobutismo, hace que lumumbistas, mobutistas y kabilistas se encuentren en un mismo bando, lo que parece diluir aquella bipolarización/tripolarización. Por su parte, 11 de los partidos perdedores de la primera vuelta crearon, en apoyo a Bemba, la Unión de Nacionalistas, integrada por los fervientes defensores de la congolité.

TRIPOLARIZACIÓN ELECTORAL
La lectura que se puede hacer a raíz de los resultados de la primera vuelta –que podrían reproducirse en la segunda– es la del predominio del voto étnico-regionalista realizado por la población en su conjunto, en función de la ubicación territorial, los problemas y los objetivos específicos de cada grupo.

Lo anterior se da sobre un trasfondo de consideraciones históricas, lingüísticas y sociopolíticas en torno a lo que el profesor Richard Mugaruka Mugarukira Ngabo llama la tripolarización electoral este-oeste-centro.

La población de la parte occidental enfrentada a graves problemas de pobreza, votó mayoritariamente por Bemba para vengarse de la humillación sufrida a manos de los Kabila –padre e hijo– tras la caída del régimen de Mobutu. De esta forma pusieron fin al sistema de 1+4 considerado como responsable del deterioro socioeconómico de su situación, y sobre todo buscaban recuperar el poder controlado desde una década por los oriundos de la parte oriental equiparados con las agresiones de Ruanda y Uganda, países que colocaron a su padre al poder en 1997, de ahí la ideología excluyente de la congolité.

[6] TENDENCIAS ÉTNICO-REGIONALES
La población de la parte oriental poco o mal informada sobre la situación real del país, preocupada por los problemas de seguridad y por lo tanto fácil de manipular, votó ampliamente por Kabila considerado como el principal artífice de la paz civil y el único en el espacio de transición que contribuyó en su lucha contra los agresores ugandeses y ruandeses. Kabila se muestra como la encarnación de la reconstrucción y unidad nacionales.

Por otra parte, las dos provincias del Kasai –centro del país, feudo de Étienne Tshisekedi y los llamados balubas— votaron por Oscar Kashala por no poder hacerlo por Tshisekedi (ausente de las contiendas electorales). Esta parte de la población se siente excluida de la transición y del poder político en la RDC, por lo que el objetivo de su voto fue sancionar a Kabila y al sistema de 1+4, considerados como responsables de la exclusión de su líder y del saqueo de sus diamantes. Las elecciones regionales o locales, celebradas junto a las de la segunda vuelta, fortalecerán sin lugar a dudas estas tendencias étnico-regionales: para el oeste y el centro, Kabila es el principal enemigo, y para éste el enemigo son Ruanda y sus aliados locales.

[7] UNA SITUACIÓN TENSA E INESTABLE
La UDPS de Tshisekedi, con alrededor de 8 millones de fieles seguidores –algunas fuentes atribuyen a los 7.488.861 abstencionistas y los 122.946 votos en blanco de la primera vuelta a sus partidarios– se convierte, sin quererlo, en el árbitro de la segunda vuelta. Fiel a sus principios de rechazo de todo el proceso político y electoral, que considera como vaciado y viciado desde el principio, la UDPS rechaza tanto a Kabila considerado como la peste responsable de su exclusión, como a Bemba por ser la cólera, y por ser el traidor que formó parte del proceso y participó en él.

La situación en la RDC tras la primera vuelta es muy inestable y tensa, tal y como pudieron comprobar in situ Javier Solana –Alto Representante de Política Exterior de la UE–, Aldo Ajello –enviado especial de la UE en la región de los Grandes Lagos– y Christian Damay –jefe de la fuerza europea EUFOR [8]–, quienes temen el estallido de la violencia tras la segunda vuelta. La razón estriba en la manera en la que fueron concebidas y realizadas las elecciones; han generado frustraciones y descontentos entre la población y la clase política por las exclusiones, manipulaciones y fraudes masivos.

INGOBERNABILIDAD
Kabila centra su campaña en el hecho de ser el artífice de la reinstauración y de la integridad territorial en el Congo, y Bemba en ser el iniciador del proceso de democratización en el país o del nuevo orden político, por su lucha contra la confiscación del poder o las dictaduras de los Kabila (padre e hijo).

La anulación in extremis del debate contradictorio, previsto por la Constitución por razones de seguridad –debate que hubiera puesto al descubierto las capacidades intelectuales y políticas de estos candidatos para gobernar el país– pone de manifiesto la falta de aprecio que tiene la clase política hacia el pueblo congoleño: un fraude.

Todos los ingredientes están reunidos para la ingobernabilidad del Congo: el presidente que saldrá de la segunda vuelta será rechazado por uno u otro bloque, Kabila por el bloque del oeste y del centro, y Bemba por el bloque del este. Las provincias estarán exclusivamente en manos de los partidos locales y no nacionales, algunos de ellos dotados con una ideología y un discurso xenófobos e identitarios. Todo lo decidirán los abstencionistas y los que votaron en blanco en la primera vuelta. La amplia participación de los abstencionistas daría la victoria a Bemba, y su retirada o no participación, siguiendo la consigna de la UDPS, confirmaría la victoria de Kabila, que ya ha asegurado la mayoría parlamentaria en la primera vuelta.

[9] DOS POSIBILIDADES
Ante las alianzas insólitas y oportunistas de la víspera de la segunda vuelta por unos líderes egoístas, atraídos por los puestos ministeriales en el futuro gobierno en detrimento de los intereses del pueblo, se pueden barajar dos posibilidades, que pondrán de manifiesto la madurez política o no del pueblo congoleño:

1 No seguir las consignas de sus líderes y fundamentar su voto en sus problemas específicos y sus aspiraciones o buen sentido, en cuyo caso Bemba daría la sorpresa.

2 Seguir aquellas consignas con la consiguiente victoria aplastante de Kabila.

A pesar de todo, lo ideal hubiera sido la abstención total hacia los dos, para expresar su disconformidad y exigir el reinicio de todo el proceso de transición en condiciones objetivas y serenas.

RIESGO DE SOMALIZACIÓN
Elecciones y guerra han sido preparadas a la vez en el Congo debido a los errores cometidos por la comunidad internacional y por los principales protagonistas de la transición, errores que predisponen, en el contexto congoleño, a la contestación violenta de los resultados y el subsiguiente riesgo de somalización.

El problema de la legitimidad del poder en la RDC seguirá planteándose después de las elecciones que han sido impuestas, financiadas y organizadas por la comunidad internacional, para imponer su propia agenda, la de desentenderse cuanto antes del Congo; los 17.600 cascos azules de la Misión de Naciones Unidas en la República Democrática del Congo (MONUC) cuestan unos 1.000 millones de dólares mensuales o 3 millones de dólares diarios.

Dicha comunidad seguirá controlando la RDC por congoleños de su agrado, para salvaguardar y rentabilizar los jugosos y leoninos contratos mineros y forestales firmados con los señores de la guerra del espacio presidencial.

Mientras tanto, los congoleños seguirán con su larga y triste historia de explotados, ilustrada por el actual escándalo humanitario de 5 millones de muertos en los últimos años.

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