Daniel Ortega se perfila como vencedor en Nicaragua

Por Augusto Zamora R. (para Safe Democracy)

Augusto Zamora R. analiza el trayecto que ha recorrido el sandinismo en Nicaragua desde la década de los ochenta, cuando surgió la revolución popular, hasta el virtual triunfo de Daniel Ortega en estas elecciones presidenciales. Zamora R. cree que esta victoria no sólo representa la consolidación de la izquierda en Latinoamérica, sino que abre una oportunidad inédita para que el nuevo gobierno lleve adelante lo que la guerra de 1981-1989 frustró: el sandinismo podría permanecer en el poder durante bastante tiempo si Ortega logra un buen gobierno.


Augusto Zamora R. es profesor de Derecho Internacional y Relaciones Internacionales en la Universidad Autónoma de Madrid. Ha sido abogado nicaragüense ante la Corte Internacional de Justicia entre 1983 y 2001. Es columnista del periódico El Mundo. Su última obra es “La paz burlada. Los procesos de paz en Centroamérica” (Editorial Sepha, Madrid, 2006).

PARECIERA QUE SE ESTÁ ELIGIENDO AL PRESIDENTE DEL MUNDO, no al de Nicaragua, comentó el ex presidente Carter. Se refería al enorme despliegue de observadores internacionales (más de mil) y nacionales (12.000), que hacían de las elecciones en este país las más vigiladas del mundo. La expectativa obedecía a que, según todas las encuestas, el ex presidente sandinista Daniel Ortega, derrotado en 1990, 1996 y 2001, ganaría las elecciones del 5 de noviembre. No era una reelección más. Se trataba del retorno del dirigente y del partido que, en la década de los ochenta, fueron rostros visibles de la revolución popular sandinista, agredida hasta lograr su destrucción por Estados Unidos.

A partir del 19 de julio de 1979, fecha en que las columnas guerrilleras toman Managua, la pequeña Nicaragua entró en una vorágine de cambios, que produjeron resultados asombrosos, sobre todo teniendo en cuenta que se trataba de un país pobre, sin petróleo ni recursos equivalentes.

CONSTRUCCIÓN Y DESTRUCCIÓN
La campaña de alfabetización de 1980 redujo el analfabetismo del 50 por ciento al 12 por ciento. Los programas populares de salud erradicaron, en pocos meses, enfermedades crónicas que por siglos habían castigado a los más pobres. La Editorial Nueva Nicaragua editó en dos años más libros que todos los que jamás se habían impreso en la historia nacional, a precios subsidiados. Se llegó a escolarizar a tres millones de personas, sobre una población de 3,8 millones. Se crearon líneas aéreas, empresas pesqueras, escuelas de arte, institutos de cine y cultura… Miles de nicas y una pléyade de extranjeros de múltiples procedencias se mudaron a Nicaragua, para sumarse a aquel prodigioso proceso de cambios sociales, económicos, políticos y culturales.

La guerra impuesta por Estados Unidos lo fue borrando todo. Entre 1981 y 1989, el presidente Ronald Reagan dedicó unos 15.000 millones de dólares en destruir a los movimientos revolucionarios en Centroamérica, especialmente a la Nicaragua sandinista. Invocó acuerdos regionales buscando legalizar una invasión del país. Invocó la seguridad de Estados Unidos para aplicar un brutal embargo económico, que cerró su mercado a los productos nicaragüenses.

CONTRAS, BOICOT Y EMBARGO
Con fondos secretos y del Congreso, creo a la contra, un ejército mercenario de 15.000 hombres, basado en Costa Rica y, sobre todo, Honduras. Comandos especiales de la CIA minaron los puertos de Nicaragua en el Caribe y Pacífico, atacaron el aeropuerto internacional de Managua, la terminal petrolera de Puerto Sandino y los depósitos de combustible de Puerto Corinto. La contra se dedicó, dentro del país, a arrasar cuanto pudo de la infraestructura productiva y social. Centros de salud, escuelas, cooperativas agrícolas, buses de pasajeros, vehículos de carga, centrales eléctricas… La estructura productiva y social allí quedó devastada. El boicot y el embargo económico hicieron el resto. Para 1989, la economía de Nicaragua estaba en ruinas. Sus soldados habían ganado la guerra, pero Estados Unidos había logrado destruir el país.

En febrero de 1990, el Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN) fue derrotado electoralmente, poniéndose fin de manera súbita a un proceso revolucionario que había costado 50.000 muertos y decenas de miles de heridos, mutilados y desplazados. La derrota electoral fue traumática por muchas y muy sentidas razones, pero sobre todo una dejó un poso hondo de amargura. No haber podido gobernar y hacer todo lo que la revolución quería y podía hacer. Los dieciséis años que siguieron fueron de desmantelamiento del país y del intento sostenido de la oligarquía de borrar o deformar todo lo que oliera a sandinismo, incluso la historia.

EL FORTALECIMIENTO DE LA IZQUIERDA
La persistencia de la memoria de la revolución y la fortaleza del partido, sindicatos y organizaciones afines, han mantenido vivo y fuerte al sandinismo y, finalmente, le han llevado a una victoria electoral. Se abre ahora un panorama inédito en Nicaragua, con el Ejecutivo en manos del FSLN y una Asamblea General dividida en cuatro grupos parlamentarios, con el sandinista de mayoritario, pero sin diputados suficientes para cambiar leyes, aprobarlas o promover reformas constitucionales. Esta fragmentación de la Asamblea la distingue sustantivamente de las anteriores. Cuatro grupos pueden hacer el juego parlamentario fluido y arrojar resultados interesantes.

El triunfo sandinista es una derrota sentida para la administración de George W. Bush, que verá impotente cómo asume el gobierno de Nicaragua uno de sus más denostados líderes, que es, además, buen amigo de Fidel Castro, Hugo Chávez y Evo Morales, así como de Alan García, Lula Da Silva, Tabaré Vázquez, Néstor Kirchner y Michelle Bachelet. Ortega se sumará, pues, a la cada vez mayor lista de países en manos de la izquierda o el centro izquierda en Latinoamérica. Habrá un nuevo impulso a la integración regional, pero no en línea que quiere Estados Unidos, que ve cómo disminuye cada vez su influencia en su cada vez menos patrio trasero.

SANDINISMO PARA RATO
Pero más allá de todo eso, una idea está siendo repetida obsesivamente dentro del FSLN en estos días postelectorales: ahora tendremos la oportunidad de hacer todo lo que la guerra frustró en los años ochenta. Una nueva oportunidad ansiada y soñada para demostrarle a Nicaragua y al mundo lo que puede dar de sí el sandinismo.

Si estos cinco años venideros son bien aprovechados, el pueblo terminará de perder el miedo y podrá comprobar, con hechos, las bondades de un gobierno nacionalista y de izquierdas. Si el FSLN lo hace bien, puede que haya gobierno sandinista para rato. Para mucho rato. Una gran ocasión para el sandinismo y, también, una oportunidad histórica para Nicaragua.

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