A 62 años de la derrota del nazismo y el exterminio del judaí­smo europeo

Por Shlomo Ben Ami

Shlomo Ben Ami reflexiona sobre el mensaje del Holocausto a más de 60 años de la derrota del nazismo y del exterminio del judaísmo europeo.


Shlomo Ben Ami es vicepresidente del Centro Internacional de Toledo para la Paz (España). Ha sido Ministro de Asuntos Exteriores de Israel y embajador ante España.

Safe Democracy agradece al autor la autorización para reproducir este discurso, pronunciado el día 26 de enero en el Congreso de los Diputados de España con motivo del Día oficial de la memoria del Holocausto y la Prevención de los Crímenes contra la Humanidad:

60 AÑOS DESPUÉS DE LA DERROTA DEL NAZISMO y el exterminio del judaísmo europeo, acompañado de masacres y barbaridades cometidas contra otros colectivos políticos y étnicos, el mensaje del Holocausto judío sigue más vivo que nunca. Más que nada y ante todo, este reside en la aterradora narrativa cuyos plenos detalles probablemente no se conocerán nunca. Los judíos –ese mensaje no debe cambiar–, fueron víctimas de la mayor barbarie jamás cometida contra un pueblo por la mera razón de existir, de ser. Pero desde allí, se abre el camino a nuestra pedagogía como ciudadanos que quieren construir un mundo mejor sobre las cenizas del pasado.

UNO
El Holocausto es una historia de verdugos y de inocentes, de eso no puede caber ninguna duda. Pero, tal y como lo refleja El pianista de Roman Polanski, el mensaje puede a veces ser algo más complejo. La odisea del pianista Vladislav Spielman quiebra todos los moldes, pues en la larga noche del Holocausto judío, cuando nuestra aldea estaba rodeada de llamas sin posibilidad alguna de escapar del infierno, aparecieron polacos y alemanes buenos e incluso algunos judíos malos, los mismos que en los primeros años del Estado de Israel serían procesados por colaboración con la bestia nazi. No deja de ser intrigante que la ley israelí para el procesamiento de los nazis y sus asistentes haya sido hasta hoy aplicada principalmente a colaboracionistas judíos, en su mayoría pobre gente que lo que querían era salir del infierno de la manera que fuera, ser kapos en los campos era una de ellas. Pero, a pesar de todo, rayos de luz de generosidad y de humanidad sobrevivieron en medio de la oscuridad. Al final, el espíritu del hombre como un ser que puede hacer el bien no murió ni en Auschwitz. El llanto judío tiene seis millones de razones, pero al mismo tiempo estamos llamados a reconocer el bien que sobrevivió al mal.
Allí está el caso de los justos entre las naciones.

El concepto de los justos entre las naciones –Hasidei Umot Haolam– está anclado en una milenaria tradición judía. Batia –hija de Dios– así definió la tradición a la hija del Faraón quien salvó al bebé Moisés del exterminio decretado por su padre a todos los primogénitos hebreos.

Hasta hoy, más de 20.000 no judíos han sido reconocidos como Hasidei Umot Haolam al arriesgar sus vidas para salvar judíos a lo largo del Holocausto. Es verdad, los nazis no habrían podido cometer la solución final sin la complicidad activa de sus propios conciudadanos alemanes y de sus vecinos ucranianos, polacos, estonios, latvios, lituanos, húngaros, croatas, franceses, holandeses, belgas, italianos, griegos, yugoslavos e incluso noruegos. No obstante, en aquella Europa enferma moralmente existieron islas de excepción, ocasionalmente, personas decentes que arriesgaron sus vidas al abrir sus casas, sus monasterios e iglesias para introducir un rayo de luz en aquel infierno en el que parecía que Dios había desaparecido.

DOS
Desde el momento en el que el sistema nazi se impuso en Alemania en 1933, no pocos gobiernos occidentales abrieron sus puertas a los refugiados judíos. Eso –es necesario constatarlo–, fue previo a la política de exterminio, cuando se trataba sólo de deportación. Estados Unidos aceptó más de 150.000, Gran Bretaña 80.000, (incluyendo 10.000 niños en lo que se conoció como la ‘Kindertransport operation’ después del Kristalnacht de 1938). Más tarde, Europa dio la espalda a los judíos, y les cerró sus puertas. La guerra absorbió todas sus energías, y no quedaba espacio de generosidad para los judíos. Pero incluso cuando los gobiernos nos traicionaron, allí estaban diplomáticos individuales dispuestos a cruzar los límites de las instrucciones de sus gobiernos para facilitar visados. Entre estos destacaron el británico Frank Foley, y el Cónsul General chino en Berlín, Dr. Feng Shan Ho. Al estallar la guerra se incorporó a esta sagrada labor de salvación un número considerable de diplomáticos: el holandés Jan Zwartendijk y el japonés Chinne Sugihara en Lituania; el portugués Arístides de Sousa Mendes que ayudó en el sur de Francia a miles de refugiados judíos a cruzar la frontera hacia España como país de tránsito hacia América. Con el mismo objetivo y facilitando un itinerario similar actuó en Vichy el americano Varian Fry. Y qué decir del sueco Raul Wallenberg y del español Ángel Sanz-Briz, ambos ángeles protectores de miles de judíos en Budapest.

En la ocupada Polonia donde todos los judíos estaban obligados a vivir en ghettos, y el hambre precedía al exterminio físico como el mayor agente de la muerte, los alemanes no permitieron ninguna salida. Antes de ser un magno campo de exterminio, Polonia, el general gubernament, fue la prisión colectiva no sólo de los judíos polacos sino de gran parte del judaísmo europeo.

De hecho, el exterminio masivo de los judíos empezó con la operación Barbarrosa, la invasión de la Unión Soviética en junio del 1941, un espacio donde más de 2 millones de judíos vivían en aquel momento. El método era simple, y no fueron sólo los nazis de la SS sino los oficiales de la Wermacht los que llevaron a cabo la barbarización de la guerra, sin gases ni cámaras, a través de ejecuciones masivas y fosas comunes. De allí la matanza de Babi Yar, un infierno sobre el cual escribiera más tarde el poeta Yavtushenko que en Babi Yar no hay ni monumento ni homenaje a los masacrados. De esa manera fueron ejecutados un millón de judíos por los Eizensgruppen.

Poca, muy poca labor quedaba allí para los Hasidei Umot Haolam. Pero, aún así los hubo. En Byalistok, la primera ciudad alemana conquistada por la Wermacht, centenares de judíos fueron encerrados en la sinagoga que acto seguido fue encendida por una patrulla de soldados. Los judíos intentaban huir sin éxito, y prácticamente todos acabaron muertos; pero no todos. Un cristiano polaco, empleado de la sinagoga en labores de limpieza y mantenimiento –cuyo nombre nunca se sabrá– pudo abrir una pequeña ventana en la parte trasera de la sinagoga, a través de la cual pudieron escapar una docena de judíos. Fueron 2000 los cadáveres sepultados en aquella sinagoga de Byalistok.

No lejos de Byalistok, en Jedwabue, tanto la masacre como el rayo de luz y humanismo llegaron de la mano de la población polaca local. Mil judíos fueron asesinados por aldeanos polacos, pero siete, todo un mundo, fueron salvados por una tal Antonina Wyrzykonska. Religiosamente los protegió con enormes riesgos para toda su familia, durante 28 meses. Antonina acabaría su vida en Chicago, no porque ella quisiera separarse de su tierra, sino porque sus vecinos la persiguieron e hicieron su vida imposible por haber salvado a 7 judíos de la aldea. Los mismos que le debían su vida la ayudaron a instalarse en Estados Unidos. Y no son estos más que ejemplos selectos y no necesariamente los más destacados. Pues pocos casos son tan emblemáticos como, por ejemplo, el de Yanush Korchack, el pedagogo polaco que fue a la muerte con sus alumnos judíos por coherencia con los valores que les inculcó en sus clases.

TRES
¿Cuáles eran los motivos de estos justos entre las naciones que optaron por salvar a judíos de la deportación y el exterminio? Más que nada eran personas que eligieron actuar; la suya fue una decisión de comportarse de una forma civilizada, de una manera humana. Rehusaron rendirse al paso arrollador de la barbarie. No se trataba de personas que actuaron de forma espontánea; más bien valoraron los riesgos para ellos y para sus familias y tomaron una decisión.

La presencia de Dios no se notó en Auschwitz; pero a lo mejor, y a pesar de todo, sí a través del heroísmo de estos hombres y mujeres electos.

No deja de ser interesante esta obsesión del Estado de Israel de buscar y rescatar del olvido a los justos. A veces parece que con esa búsqueda lo que queremos decir es que el hombre es una bestia cruel, y lo que nos preguntamos, de hecho es: ¿por qué estos justos se comportaron de una forma tan anormal? ¿Son ellos los normalmente humanos o son los otros? Tristemente, Hannah Arendt, con su banalidad del mal diría que los extraños y anormales eran los justos y que el mal es lo intrínsecamente humano. Para Carl Lutz en Budapest sus actos de heroísmo para salvar judíos en Bucarest eran naturales a su condición de cristiano. Y ese fue el motivo, religioso también, de algunos baptistas polacos en Polonia oriental. El papel del Vaticano en el Holocausto sigue siendo un capítulo abierto y controvertido. Pero cristianos de fe y amor, gente de a pie, estuvieron en la vanguardia de la salvación de judíos. Son ellos quienes indicaron los límites del mal, pero también la fragilidad del bien. El bien es siempre difícil, raro y frágil, pero nunca imposible incluso en el infierno de los infiernos. Actos de altruismo heroico no son el monopolio de los Mahatma Ghandi o Albert Shweitzer; son de hecho la manifestación diaria de personas ordinarias cuyo coraje moral emana de los caminos rutinarios a través de los cuales viven sus vidas.

CUATRO
El imperativo judío de recordar y conmemorar y reconocer la heroica labor de salvación de los justos nos dignifica como seres humanos; estamos obligados a recordar el bien, no sólo el mal. Es obligatorio que este recuerdo siga vivo más allá del momento en que el holocausto sea una memoria viva. Porque no se trata simplemente de reconocer el coraje individual, sino de inmortalizar el recuerdo del bien que el ser humano es capaz de hacer en momentos en que la civilización parece haber sido secuestrada por las fuerzas del mal absoluto, recordar la fortaleza de carácter del individuo anónimo al acudir al rescate de las víctimas de la barbarie. Más aún, se trata de resaltar la fe y la convicción de que el hombre –si es que tenemos que apreciarle como una criatura única– tiene una capacidad sin límites para el bien, para una conducta ética y moral. Esta parte de luz y esperanza en el carácter del ser humano es más que suficiente, si la rescatamos y la cultivamos, para combatir e incluso derrotar a su parte oscura.

CINCO
Hace 15 años, el periodista polaco-alemán Henruck Broder acuñó el bon mot según el cual los alemanes nunca perdonarán a los judíos por el Holocausto. Eso es hoy más que nunca una verdad tanto en sectores de la izquierda como de la derecha europea. Desde luego que criticar a Israel no es antisemitismo, pero aislar a Israel como el único objeto de crítica y denigración en un planeta donde abundan las violaciones de derechos humanos y los genocidios –de Darfur a Ruanda y Chechenia—, puede a veces que lo sea.

Decía cínicamente Sir Isaiah Berlin que odiar a los judíos no es antisemitismo, sino odiarlos más de lo que es necesario.

Ahora la moda es la negación del Holocausto. Si esta no fuera una epidemia no se habrían movido hoy tantos gobiernos europeos a legislar la penalización de la negación, pues, como lo expresaba ayer el presidente italiano Giorgio Napolitano hay un camino directo que conduce de la negación del Holocausto al antisionismo. En estos días, es la propia Asamblea General de la ONU, posiblemente de forma unánime, la que podría suscribir una condena incondicional a la nefasta cultura de la negación. La negación de la Shoá es en realidad una forma de desafiar la existencia del Estado judío puesto que este fue presentado como la justificación última del Sionismo. Ahmedineyad no ha inventado nada. El “Institute for Historical Review” de Estados Unidos lleva largos años negando el Holocausto; y ese es también el caso de no pocos institutos a través del mundo árabe. “Los (falsos) Protocolos de los sabios de Sión” y tópicos inequívocamente antisemitas han sido divulgados persistentemente por personas e instituciones del más alto nivel a través del mundo árabe.

Gran parte de la izquierda tiende a negar la persistencia del antisemitismo salvo cuando este viene de las filas de la derecha. La venta de “Mein Kampf” se dispara constantemente a través de Oriente Medio y los “Protocolos” se vendían descaradamente en el Congreso Contra el Racismo de la ONU en Durban, un foro, seamos honestos, netamente de izquierdas.

El relativismo es también otra forma de negación del Holocausto. Desde el fin de la Segunda Guerra Mundial ha habido una desafortunada tendencia de asimilar todo tipo de opresión o agresión con el nazismo, la GESTAPO o las SS. Frecuentemente no se trata más que de politiqueo barato o pereza intelectual. No obstante, es difícil creer que toda comparación de Ariel Sharon con métodos nazis, y la definición del terrorismo suicida como reflejo de una resistencia parecida a la francesa contra los nazis, es simple ingenuidad.

Cuando toda muerte civil se convierte en crimen de guerra, el concepto se devalúa y pierde su significado; y cuando toda expulsión de civiles de una aldea se convierte en genocidio, es que no sabemos ya qué es realmente Genocidio. Cuando Auschwitz está en todas partes eso significa que no está en ninguna; y cuando toda ocupación militar es un holocausto, el Holocausto acaba borrándose de nuestra memoria y parece que eso es precisamente el objetivo de aquellos que erróneamente creen que para movilizar simpatías a favor de los palestinos es necesario borrar toda simpatía a favor de los judíos, sea en Israel o en la Diáspora, puesto que solo así puede la raison d’etre de Israel ser cancelada.

Cuando todo es idéntico es que la vida de la razón ha cedido a la propaganda visceral. La distinción, la capacidad de distinguir entre fenómenos humanos e históricos, es un signo de civilización. Así que cuando el poeta oxoniense Tom Paulin se pone del lado de quienes comparan sionismo con nazismo, y cuando Saramago habla de la batalla de Jenin, donde 52 terroristas y 20 soldados israelíes murieron, como si fuera Auschwitz, es la condición del artista y del intelectual la que se está violando. Lo decía Milan Kundera con gran humildad en su discurso de 1985 al aceptar el premio Jerusalén: grandes novelas son siempre algo más inteligentes que sus autores.

SEIS I
Pero, también nosotros los israelíes tenemos la obligación de ser cautos con nuestro mensaje y con las metáforas que manipulamos. La Shoá es, pues, no sólo una herida de una envergadura meta-histórica, es también un agente presente en la configuración de nuestra identidad y una posible explicación de no pocos de los complejos espirituales y políticos de nuestra vida como israelíes y judíos. Si en el país más poderoso de Oriente Medio toda guerra o amenaza puede ser inmediatamente interpretada como una introducción al Holocausto, es que nosotros mismos ayudamos a esa banalizacin de la Shoá. Ese fue claramente el caso de la Guerra de los Seis Días y de la Guerra de Yom Kippur. Desde luego, la Guerra del Golfo, con sus máscaras antigás, los misiles de Sadam y la sensación de vulnerabilidad total, no hizo más que consolidar más aún si cabe este nexo imborrable entre la existencia israelí y la memoria de la Shoá. Para algunos es un nexo cómodo que facilita ciertas posturas políticas y da legitimidad a la filosofía del temor al compromiso, a la sospecha eterna frente a los gentiles.

El debate que se abrió con Ben Gurión sigue pues vivo, aunque sus parámetros no son siempre los mismos. Menahem Begin nunca estuvo dispuesto a entablar un diálogo normal con Alemania. El debate interno acompaña la memoria. La Shoá como pieza angular en nuestra condición de víctimas sigue viva y la alimentan tanto los políticos de los distintos bandos como los medios de comunicación.

La cuenta entre el pueblo judío y sus verdugos debe quedar abierta. Eso es vital tanto para el verdugo como para la víctima. Ambos tienen que sacar conclusiones y lecciones continuas, ambos tienen que educar nuevas generaciones contra las malignas consecuencias de la xenofobia, el racismo y el antisemitismo. Las lecciones que la víctima tiene que sacar no son que el Holocausto nos concede autoridad e inmunidad moral para derribar todas las barreras éticas en nuestra lucha por la consolidación del Estado judío. La lección de la víctima de la xenofobia no es que ahora se le permita a ella también ejercer la xenofobia y permanecer hasta la eternidad dentro de los confines mentales de un victimismo obsesivo.

Desgraciadamente, aunque la memoria es intrínseca al ser humano, este no aprende de su pasado. ¿Cómo explicar de otra manera que la teoría de la raza superior y del espacio vital (Lebensraum) sigan teniendo sus variantes en nuestros tiempos? Ahí esta el parkoi, el plan ideado por Slovodan Milosevic que pretendía limpiar Kosovo a través de la expulsión forzosa y el genocidio. Y qué decir de Ruanda y de Darfur con la inexplicable repetición del fenómeno de la indiferencia por parte de la comunidad internacional. Y aun así, es un fenómeno único. No me parece correcto que el verdugo y sus descendientes eludan la responsabilidad y el enfrentarse al Holocausto como una barbarie de dimensiones únicas a través de ejercicios de historicismo –el caso de Ernest Nolte en Alemania– cuyo objetivo es banalizarlo, integrándolo en el mosaico de las atrocidades perpetradas por otros regímenes totalitarios e incluso por naciones normales durante el proceso incontrolado de la furia bélica durante la Primera o la Segunda Guerra Mundial. A pesar de todo, el Holocausto es una atrocidad única, y la lucha por la continua relevancia de sus lecciones debe quedar abierta.

La Shoá es aún una herida abierta entre Israel y Europa, un nudo de complejos. Las difíciles relaciones políticas entre Israel y Europa no responden sólo a posturas políticas divergentes. Debajo de ellas subyace un trasfondo histórico, una relación enormemente complicada entre judaísmo y europeísmo. La actitud israelí hacia Europa nunca pudo estar libre de la pesada carga histórica que desde tiempos inmemoriales acompañó nuestra simbiótica relación de amor-odio, afinidad y rechazo.

Si bien es verdad que el complejo de culpabilidad colectiva de los europeos jugó un cierto, aunque modesto, papel en la creación del Estado de Israel, en la conciencia israelí Europa sigue siendo un continente bajo sospecha.

La reacción de la opinión pública europea, incluso de algunos de sus gobiernos, ante la intifada palestina, ilustra posiblemente la naturaleza y magnitud del complejo israelí-judío en la conciencia europea. En Israel, la intifada ciertamente condujo a excesos que merecían toda censura, y la propia sociedad israelí se rebeló contra ellos. Son contadas las sociedades en donde se han escuchado autocríticas tan acerbas y dolorosas en tiempos de crisis como ésta.

Movimientos de masas protestaron por los excesos, la prensa hizo añicos a los gobiernos y, consecuentemente, se produjeron cambios políticos que respondían al nexo entre democracia y responsabilidad.

Pero la crítica europea que hizo uso con extrema facilidad, e incluso frivolidad, de expresiones tan irresponsables por estar cargadas de significado histórico como exterminio, genocidio, cacería humana –como si fuéramos los israelíes tropas invasoras nazis marchando sobre Europa– demostró así tener una agenda oculta en la que la objetividad no era lo más destacable. Es difícil eludir la conclusión de que la intifada sirvió para que la conciencia europea intentara librarse de su complejo de culpa por el Holocausto, cargando sobre los hombros de Israel la responsabilidad de estar cometiendo una represión de dimensiones holocáusticas. En cierta forma, había una sensación de regocijo ante el infortunio del pueblo elegido –cuyo exterminio había marcado de ignominia la frente de Europa, su marca de Caín–, que dejó así de ser un pueblo diferente o moralmente superior a los demás. En realidad, Europa, cuya historia está sembrada de escandalosos excesos, tanto en tierras europeas como en continentes lejanos, no criticaba los supuestos excesos israelíes, más bien celebraba con alivio la definitiva integración de Israel, como nación judía, en el club nada exclusivo de las naciones banalmente normales.

60 años después del Holocausto y cuando parece que la narrativa judía, incluso la narrativa del Holocausto, está siendo integrada en la memoria colectiva de los europeos –sea a través de museos, departamentos y cátedras universitarias o de proyectos pedagógicos en las escuelas– y el acto de hoy es un reflejo digno de esa integración de la Shoá en la narrativa nacional de un país europeo, en este caso España, y en un momento en que el Estado de Israel es ya una entidad nacional potente y consolidada, aún sigue abierto el debate de si ha llegado la hora de cerrar definitivamente la cuenta entre judíos y cristianos en Europa.

Yo defiendo la memoria. Pero al mismo tiempo es necesario que los judíos, desde luego también en Israel, empecemos a abandonar la mentalidad de la víctima y del gueto, que a veces es un impedimento en nuestra relación con el mundo que nos rodea. Sólo si llegamos a asumir la legitimidad de las demandas de otras víctimas y llegamos a aceptar que nosotros, en nuestro afán de asegurar un futuro normal para nuestro pueblo, hemos convertido a otros en víctimas, seremos capaces de conseguir la reconciliación con nuestro entorno. La memoria del Holocausto sí, pero para abrir caminos hacia el futuro y no para quedarnos anclados en el pasado.

En 1991, después de la Guerra del Golfo, pronosticó el historiador judío-americano Charles Meyer que la Shoá perdería su centralidad en la vida israelí dada la consolidación del Estado de Israel como resultado de la inmigración de la URSS y el proceso de paz que se inauguraba. Se equivocó. Precisamente en ese nuevo período se intensificó el cultivo de la memoria del trauma holocáustico, como si los israelíes necesitaran la seguridad que les ofrecía la memoria y la mentalidad de víctimas para enfrentarse a los nuevos desafíos.

En marzo del 1998, cuando el país esperaba el veredicto en el proceso de Iván Dameniuk, un supuesto verdugo ucraniano en los campos de concentración nazis, el profesor Yehuda Elkaná, superviviente en Auschwitz, escribió un artículo titulado A favor del olvido en el que proponía abandonar la memoria de la Shoá siempre y cuando de ésta se sacaran lecciones de exclusivismo nacionalista. La democracia israelí peligra, decía, en el momento en que la memoria de la Shoá participa en nuestra vida cotidiana. El predominio de la memoria histórica convierte nuestra vida estatal en una respuesta al Holocausto, en la expresión de un profundo temor existencial. La presión obsesiva de la memoria de la Shoá corre el riesgo de convertirse en la base ideológica de una sociedad de víctimas con inmunidad moral en su confrontación con el mundo árabe y con el mundo en general. Ésta, decía Elkana, podría ser la victoria última y paradójica de Hitler. Pues es absolutamente perverso comparar a Arafat y a Abu-Jihad con Hitler.

No es necesario divorciarse de las lecciones para la supervivencia judía para, al mismo tiempo, sacar aquí una lección universal de la Shoá. Con la comparación entre Hitler y Arafat, o incluso Saddam Hussein o Ahmedinejad, se da legitimidad a la comparación que algunos palestinos hacen entre Israel y los nazis. Es así como a través de un perverso proceso de analogías se humilla la memoria de las víctimas del Holocausto.

No nos es permitido perpetuar la venganza continua de Hitler en el sentido de mantener a la sociedad israelí como rehén inválido de la memoria. Si todo lo que ocurre en nuestra vida –especialmente en nuestras relaciones y conflictos con el mundo árabe– es interpretado a través de la memoria –y no sólo Arafat, sino también el sheik Yassin, Assad, Sadam Hussein, Ali Jamenei y Ahmedineyad, son nuevas ediciones del mismo Hitler– llegamos a una situación en la que Israel, y su sociedad, en vez de actuar como un estado soberano en un mundo que cambia vertiginosamente, vive encarcelado en la paranoia holocáustica de un gueto siempre al borde de la destrucción. Israel necesita dominar la memoria en vez de convertirse en su rehén.

SEIS II
La existencia de Israel como Estado y como nación deriva de las grandes lecciones de su historia milenaria. Nuestro desafío hoy es afrontar el mundo que nos rodea no solamente con las herramientas defensivas que habíamos desarrollado a lo largo de los años, pero también con la misma audacia de pensamiento e imaginación creativa que tanto caracterizó a las elites judías a través de los siglos. No nos es permitido permanecer encerrados e inmóviles en el gueto mental de nuestras convicciones. En instantes clave de nuestra historia las elites judías supieron indicar el camino de la perplejidad a la lucidez. Fueron entre los primeros en detectar la llegada del Holocausto –en el cumpleaños de Hermann Broch le escribía Elias Canetti en 1933 que vivimos entre dos guerras de gases; esta que se avecina nos destruirá a todos— pero las masas no respondieron, ni tampoco las clases medias.

Lo sé. No es nada fácil ser conciliadores en una zona del mundo tan disfuncional como lo es Oriente Medio, en la cual abundan los fundamentalismos y los líderes suicidas, una parte del mundo en la hay cual poca misericordia hacia el débil, y menos aún son los casos en los que se da una segunda oportunidad al derrotado. Pero otra salida que no sea la del reconocimiento mutuo y la salvaguardia de la dignidad de todos simplemente no existe.

Hoy, nuestras clases dirigentes y nuestra sociedad civil tienen la responsabilidad de concebir soluciones valientes y generosas precisamente por los nobles ideales sobre los cuales se construyó el Estado judío, y por los altos valores de la civilización judía. Fue con una combinación única de la razón democrática y utópica que el movimiento sionista hizo posible que los judíos recuperaran sus derechos históricos como nación y les ofreció una licencia para el futuro. Esas mismas herramientas tendrán que ser puestas ahora al servicio de la titánica labor de quebrar el código genético del conflicto árabe-israelí, y abrir el camino a nuestra definitiva reconciliación con nuestro entorno.

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