El falso dilema del “populista radical” o las “políticas robustas”

Por Fabián Bosoer (para Safe Democracy)

Fabián Bosoer reflexiona sobre las políticas robustas propuestas por John Negroponte para América Latina y analiza las advertencias que se lanzan sobre el peligro de los populismos radicales para las democracias. Bosoer cree que –más allá de que no es la primera vez que Washington señala la aparición de un nuevo enemigo–, lo más importante es que existe hoy un entramado regional sudamericano que, con sus peleas, efervescencias, diferencias y altibajos, con todas las críticas y defectos que también se merece, funciona de una manera más dinámica y autónoma que décadas atrás. Y Washington debería estar contento de que así sea. De políticas robustas como las que añora Negroponte, ya ha habido bastante, con los resultados a la vista.


Fabián Bosoer es politólogo y periodista del diario Clarín. Es profesor de Ciencias Políticas y Relaciones Internacionales en la Universidad de Buenos Aires y en la Universidad de Belgrano.

¿QUÉ HA SIDO MÁS RUINOSO para la democracia en América Latina en las pasadas décadas? ¿El comunismo soviético y la revolución cubana o el militarismo anticomunista y las dictaduras pro-norteamericanas que se enseñorearon en esta región durante la segunda mitad del siglo XX?

El recuerdo viene a cuento de las temerarias estimaciones acerca de los populismos radicales latinoamericanos en alza, alimentadas por la incomprensión del fenómeno representado por Hugo Chávez en Venezuela y, hay que decirlo también, por los desbordes autocráticos y ampulosidades gestuales del caudillo bolivariano.

Cuando tales advertencias vienen, del embajador John Negroponte, designado número dos del Departamento de Estado estadounidense —promoción, quizá, por sus logros en Irak y al frente de la Inteligencia doméstica de Estados Unidos– y tal vez el más emblemático sobreviviente de la legión de halcones de la Guerra Fría, la pregunta histórica adquiere una inevitable actualidad. Porque si en algo se parecen Fidel Castro y Hugo Chávez es precisamente en la dedicada fruición con que los estrategas conservadores de Washington apuntan la emergencia de un nuevo enemigo al sur del Río Bravo y hacen todo lo posible por alimentar y consumar al monstruo tan temido.

¿Y LA ALIANZA PARA EL PROGRESO?
Hay que releer lo que fueron aquellos años, a comienzos de la década de los sesenta, cuando Cuba todavía no se había volcado al campo soviético, en Estados Unidos pugnaban las ideas del presidente Kennedy –la Alianza para el Progreso– con los planes estratégicos del Pentágono y en América Latina, pulseaban gobiernos civiles débiles con Fuerzas Armadas azuzadas por sectores reaccionarios y adoctrinadas en el rabioso discurso anticomunista de la guerra contra-revolucionaria.

Hubo presidentes como Arturo Frondizi en Argentina y Juscelino Kubistchek, Janio Quadros y Joao Goulart en Brasil, que buscaron una tercera vía que evitara la expulsión de Cuba de la OEA y un recalentamiento e internalización de la Guerra Fría que sería desastroso para el continente americano. Pero Kennedy fue asesinado, Cuba fue expulsada del sistema hemisférico y aquellos presidentes fueron derrocados por jefes militares que contaban con el apoyo de sus contrapartes norteamericanas, las mismas que hoy advierten sobre los peligros que representan estos populismos radicales para las democracias. Vino luego la crisis de los misiles en Cuba y un reguero de golpes de Estado bajo el paraguas de la Doctrina de la Seguridad Nacional.

EL ARCHI-ENEMIGO DE HUGO CHÁVEZ
El último tramo de ese trágico ciclo fue precisamente aquel en el que participó Negroponte, el archi-enemigo de Chávez hoy en la cúspide del gobierno de los Estados Unidos. En los años ochenta, fue embajador de Ronald Reagan en Honduras y promotor de los contras, una fuerza armada para derrocar al gobierno sandinista de Nicaragua al que se veía como un representante del eje del mal en el continente, apoyado por la Cuba comunista y la Unión Soviética.

Pasó un cuarto de siglo y América Latina cambió radicalmente, por fortuna, no como pretendían los revolucionarios armados de los años sesenta y setenta ni los cruzados anticomunistas que perpetraron el terrorismo de Estado. La región tiene democracias que han logrado una estabilidad y arraigo a prueba de balas, crisis institucionales, desbarajustes sociales, vaivenes económicos y tropelías de malos gobernantes.

MISMOS PERSONAJES, DIFERENTES CIRCUNSTANCIAS
Algunos personajes son los mismos, pero las circunstancias han cambiado. Todavía está Negroponte persiguiendo a los nuevos cucos –ya no hay comunistas, ahora son los populistas–, para quien es necesaria una política más robusta (de parte de Estados Unidos) porque debido al vacío de de dichas políticas los Chávez de este mundo tienen un papel mayor de lo debido. También está Chávez abrazándose con Fidel y anotándose para la herencia de un improbable liderazgo revolucionario. Y está Daniel Ortega, ahora presidente de Nicaragua elegido.

Pero lo principal es que existe un entramado regional sudamericano que, con sus peleas, efervescencias, diferencias y altibajos, con todas las críticas y defectos que también se merece, funciona de una manera tal vez más dinámica y autónoma, en comparación con lo que ocurría hace cuarenta años. Washington debería estar contento de que así sea. De políticas robustas como las que añora Negroponte, aprendiz de pastorcito mentiroso alertando sobre un improbable lobo mientras desprotege a las ovejas, hemos tenido ya bastante a lo largo de esa historia, con los resultados a la vista.

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