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¿Por qué ha fracasado Israel en alcanzar una paz duradera?

La carencia de una estrategia política más allá de lo militar

[1]

Por Daniel Bavly (para Safe Democracy)

Daniel Bavly cree que Israel ha perdido demasiadas oportunidades de establecer una paz duradera con sus vecinos árabes en los últimos sesenta años debido a la falta de una estrategia política sólida de negociación y ante la indiferencia de sus gobiernos frente al diálogo más allá de la respuesta militar. Es hora de cambiar de rumbo y mirar hacia adelante.


[2] Daniel Bavly es graduado de la Universidad Hebrea de Jerusalén y participó en la Guerra de la Independencia de Israel. Ha sido socio de la empresa de auditoría Bavly, Millner and Co. en Tel Aviv, desde 1957 hasta 1995. Es asimismo un reconocido activista por la paz. Publicó varios libros sobre la historia y la política exterior israelí.

EXISTEN MÁS JEFES DE GOBIERNO, formadores de opinión pública y académicos alrededor del mundo reflexionando acerca de cómo se inician las guerras, que buscando soluciones para terminarlas. Ése es el caso de Israel. Muchos israelíes piensan que el país aún está luchando por la supervivencia, como en la guerra de 1948. Por esta razón apoyan sin dudar el uso de la violencia, ignorantes quizá de que existen opciones menos beligerantes a través de las cuales se podrían alcanzar la paz y la seguridad duraderas.

Pero, ¿qué implicaría la paz para Israel? Poca gente dentro del país se ha detenido a estudiar esta pregunta y pocos son los que han sopesado los dolorosos compromisos que tendrían que ser asumidos.

LA INICIATIVA SAUDÍ
La Liga Árabe, y la mayoría de sus 22 miembros, se han comprometido con la iniciativa saudí y la Declaración de Beirut de 2002. Esto significa que si Israel regresa a las líneas de alto el fuego de 1967, acepta la formación de una Palestina independiente con capital en Jerusalén del Este y ofrece una solución equitativa al problema de refugiados palestinos –cumpliendo con la Resolución 194 de Naciones Unidas–, los 22 Estados árabes confirmarán el fin del conflicto y, por ende, establecerán relaciones normales de paz con Israel. A pesar de ello, Israel nunca ha considerado seriamente el seguir este camino para alcanzar la paz. Las razones que ofrece son confusas.

El general Colin Powell * –ex Secretario de Defensa estadounidense– escribió que la gente responsable debería empezar a pensar en cómo finalizar la guerra. ¿De verdad es posible dar una explicación racional y convincente sobre por qué los líderes israelíes han evadido cualquier intento de alcanzar la paz durante los últimos sesenta años (exceptuando a Itzhak Rabin y Ehud Barak)? ¿Acaso el apoyo ciego por parte de la mayoría israelí hacia sus líderes ha intensificado la falta de voluntad para conseguir una reconciliación?

UNA NEGOCIACIÓN NECESARIA E INEVITABLE
En el pasado, se sabía muy bien cuándo empezaba una guerra y cuándo terminaba y, además, se peleaba contra enemigos claramente definidos. Pero el mundo ha cambiado. En la era de la post guerra fría, las minorías que viven bajo un régimen de mayorías han comenzado a levantarse alrededor del mundo para declarar la lucha por su independencia a través de la fuerza. Irlanda del Norte, el País Vasco, Kosovo, Chechenia, Líbano, Palestina… El mundo aún no se ha adaptado a esta clase de conflictos surgidos entre grupos que pertenecen a una misma población.

Se ha hecho mucha publicidad al discurso que George W. Bush dio, seis meses después de la invasión a Irak, a bordo del USS Abraham Lincoln y en el que declaraba que Estados Unidos había ganado la guerra. Casi cuatro años después, es evidente que el presidente no estaba muy enterado de los hechos. Con todo, Bush no fue el primero en cometer dicho error. Estados Unidos invadió y derrotó con éxito al régimen baazista, sin embargo, el nuevo enemigo que habría de enfrentar era indefinido, una quimera imposible de vencer a través del poder militar.

Atrás quedaron las contundentes victorias de la Segunda Guerra Mundial, cuando se luchó en contra de la Alemania nazi y del Japón imperial. Actualmente, se viven días de victorias parciales en las que hacer un llamado al cese de las hostilidades requiere de compromiso y negociación. Aquellos que tengan en mente iniciar una guerra, deben tener sus objetivos muy claros y estar preparados para las inevitables y necesarias negociaciones.

UNILATERALISMO
Los estudiosos de la historia israelí saben muy bien que los líderes de este país nunca han hecho planes a largo plazo. Analizando las guerras en las que Israel ha intervenido, se puede ver que nunca ha tenido la intención de convertir sus victorias militares en victorias políticas con el fin de alcanzar la paz. Durante años, Israel ha ignorado la existencia de sirios, libaneses y de líderes palestinos, argumentando que no hay nadie disponible para entablar un diálogo. Esta política ha permitido a las fuerzas militares israelíes actuar unilateralmente. Pese a ello, ya ha quedado demostrado que la acción unilateral –como en el caso de la retirada de Gaza en agosto de 2005– no representa una solución duradera.

Ya en 1949, el primer ministro israelí, David Ben Gurion, rechazó reunirse para discutir la forma de establecer la paz con el entonces mandatario sirio, el coronel Husni Zaim. A principios de la década de los cincuenta, Ben Gurion rechazó hablar con el coronel Jamal Nasser, una iniciativa que había sido propuesta por intermediarios amistosos. Más tarde, en el recuento de la Guerra de los Seis Días, hubo numerosas propuestas de parte de Jordania y Egipto también rechazadas por el primer ministro, Golda Meir.

OPORTUNIDADES DE PAZ PERDIDAS
En repetidas ocasiones, los líderes israelíes han culpado de su silencio a la negativa árabe para negociar. Para demostrar este aspecto, el gobierno israelí ha aludido, de forma destacada, a los tres noes de la Liga Árabe en la Conferencia de Jartum en agosto de 1967, en la que se supuestamente se prohibía cualquier negociación con Israel. Sin embargo, el rey Husein de Jordania aseguró a sus oyentes que el presidente Nasser le había exhortado a conseguir la paz.

De hecho, en el balance de la Guerra de los Seis Días, e incluso después de la Guerra del Yom Kippur, el Gobierno israelí tomó una serie decisiones obligatorias y restrictivas que harían más difíciles las futuras negociaciones con los vecinos árabes. De ahí la anexión del Este de Jerusalén como inmediata consecuencia del inicio de la guerra, y el fortalecimiento de los asentamientos, primero en los Altos del Golán y después en la frontera de Cisjordania. Luego vino la ley de la anexión de facto del Golán propiciada por el primer ministro Menachem Begin, en 1981.

Hay mucha gente en todo el mundo que opina que la política unilateral de asentamientos se asemeja a las acciones del colonialismo practicado por los países europeos en el siglo XIX, sin embargo, la mayoría de los israelíes rechazan este término. Estas prácticas, así como la incapacidad israelí para dialogar con los palestinos –tanto en los Acuerdos de Oslo de 1993 como en los Acuerdos de Camp David de 2000–, han complicado las negociaciones e incluso han alejado la reconciliación. Pese a que Israel ha hecho diversas declaraciones conciliadoras, nunca ha planteado un compromiso serio y creíble de diálogo.

Desde que tomara el cargo a principios de 2006, el primer ministro Ehud Olmert ha ignorado constantemente al liderazgo palestino, recurriendo a la vieja postura de no hay nadie con quien negociar. Incluso después de que Siria planteara su propuesta de acuerdo tras la guerra en Líbano de verano de 2006, Olmert rechazó la iniciativa argumentando que éste no es el momento adecuado. Y ante la ausencia de cualquier propósito de negociar, la hostilidad entre las partes ha ido aumentando con los años, y por ende, se ha alejado la posibilidad de alcanzar la paz.

Ante el aumento de la cifra de muertos en ambos lados –unas 9.000 víctimas israelíes y unas 40.000 bajas entre los árabes desde el final de la Guerra de los Seis Días–, Israel debería considerar seriamente que tanta destrucción pudo haberse evitado de no haber fracasado en sus múltiples oportunidades para alcanzar la paz.

MODERNIDAD ARMAMENTÍSTICA E IMPOTENCIA
Debido a los avances en armamento, el Ejército israelí debe adaptarse a las nuevas formas de combate. El enfrentamiento cuerpo a cuerpo ha quedado atrás y la lucha ahora se desarrolla en ciudades y pueblos, contra terroristas individuales y guerrilleros que conviven con la población civil. Al tiempo que el Ejército israelí ha desarrollado tecnologías para evadir ataques perpetrados por hombres bomba –que han causado el terror en núcleos de la población israelí–, sus políticas de asesinatos selectivos, castigos colectivos, así como la devastación de casas y ciudades han intensificado el odio y la hostilidad entre los palestinos.

La apropiación de tierras árabes, el levantamiento de asentamientos, la continuación del mando militar en Gaza y Cisjordania, y el maltrato a la población palestina han contribuido a la ira y a la violencia de esta segunda Intifada. Entre el palo y la zanahoria, Israel ha elegido en repetidas ocasiones el palo, con terribles consecuencias. Si no se llevan a cabo políticas que garanticen una mejora en la calidad de vida de los palestinos, más y más civiles se verán empujados hacia el terrorismo extremista.

CAMBIO DE RUMBO
Estas organizaciones de terroristas y guerrilleros han desafiado a los reciclados métodos de combate elegidos por el Ejército israelí. Mientras Israel permanezca atrincherado en el ejercicio del poder militar por encima de la negociación y el entendimiento, Hamás y otras organizaciones terroristas continuarán creciendo. Y mientras el liderazgo político y militar israelí siga convencido de la imposibilidad de dialogar con estas organizaciones, la confrontación entre las partes sólo podrá empeorar.

La opinión pública israelí debería darse cuenta de que todos los logros militares, sin el acompañamiento de programas políticos, fracasarán en el intento de acercar algún acuerdo de paz. Cambiar de rumbo y mirar hacia adelante deberían ser las prioridades de todos aquellos que deseen alcanzar la paz.


Nota:
* Colin L Powell, My American Journey, Random House 1995, página 519

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