- Safe Democracy Foundation - http://spanish.safe-democracy.org -

Brasil, entre los biocombustibles y el hambre

lulaetanoldos.jpg [1]Sepa por qué la alianza estratégica entre Estados Unidos y Brasil en torno a la producción y suministro de etanol traerá consigo más desastres que resultados positivos, según el autor. El uso de biocombustibles contribuiría al aumento del hambre mundial y no resolvería el grave problema ambiental.
(Desde San Pablo) EL PRESIDENTE ESTADOUNIDENSE, GEORGE W. BUSH, se encontró con su par brasileño Luis Inácio Lula Da Silva en la ciudad de San Pablo, con el designio declarado de establecer un vínculo estratégico basado en el suministro brasileño de bioetanol de caña de azúcar a Estados Unidos.

Si tomamos esa alianza estratégica en serio, tenemos motivos para preocuparnos, a pesar del tono triunfante que la visita produjo en medios políticos, principalmente en aquellos ámbitos más vinculados a negocios agrícolas.

Dos argumentos han justificado la euforia. Por un lado, el rol de Brasil como suministrador de bioetanol a los mercados del norte representaría un extraordinario instrumento de desarrollo nacional. Asimismo, apostar por este tipo de energía sería una solución al calentamiento global, ya que sustituiría la quema de combustibles fósiles, responsable de desastres ambientales.

DEL DESARROLLO A LA ECOLOGÍA
Tenemos razones suficientes para suponer que ni el argumento económico ni el ecológico merecen crédito. Más que eso, creemos que además de no realizar las promesas ecológicas y de desarrollo prometidas, el cultivo de caña de azúcar a gran escala para producir etanol para el mercado externo añadiría algunas desgracias a nuestro repertorio.

El argumento desarrollista es insostenible: Brasil hizo, a lo largo de décadas, un esfuerzo para industrializarse, justamente con el propósito de liberarse de la dependencia del monocultivo para el mercado externo. El éxito del proyecto etanol puede representar un riesgo serio de reversión de ese esfuerzo, una vez que las divisas externas advenidas de la exportación del etanol podrían forzar una valorización cambiaria y conformar un amplio proceso de desindustrialización.

Los argumentos ecológicos tampoco son más sólidos. De acuerdo con la revista Scientific American [2], estudios demuestran que la producción de etanol de maíz produce casi la misma cantidad de CO2 que la gasolina. La quema del etanol en vehículos ofrece poca, si alguna, reducción de la polución. Del punto de vista ecológico, por lo tanto, el uso del etanol –que está lejos de ser una fuente limpia de energía– no toca la cuestión fundamental: la cantidad de energía necesaria para mantener el patrón de consumo habitual en los países ricos. Según el Banco Mundial, un 5 por ciento de la población mundial consume la mitad de la energía disponible en el planeta.

CONDICIONES DE TRABAJO INFRAHUMANAS
Además, podemos buscar algunas lecciones en la historia del continente americano, donde el monocultivo de la caña tiene un significado social claro. Como nos recuerda el historiador brasileño Luiz Felipe de Alencastro, la agricultura azucarera está cargada de una tradición de esclavismo, de trabajo forzoso, de explotación de asalariados y de ruina del medio ambiente. Esta actividad dio lugar a las oligarquías más reaccionarias de nuestro país y a un autoritarismo regional y persistente.

En Brasil, el programa de incentivos al alcohol combustible fue implementado por los militares en la primera crisis del petróleo, a principio de la década de los setenta, y tuvo, es verdad, el efecto de disminuir la dependencia del país de ese hidrocarburo. Sin embargo, tuvo también entre sus efectos la destrucción del medio ambiente (causado por el vinhoto, un subproducto muy tóxico), la resurrección de las antiguas elites hacendadas, además de multiplicar el proletariado rural intensamente explotado.

Las condiciones de trabajo del millón de personas que trabajan en los sembradíos de caña del país son espantosas. De acuerdo con datos citados por Luiz Felipe de Alencastro, en los años ochenta, un trabajador cortaba cuatro toneladas y cobraba el equivalente a R$ 9,09 (menos de 5 dólares) por día. Hoy, corta en promedio 15 toneladas y cobra cerca de R$ 6,88 por día (menos de 4 dólares). Cada persona necesita cortar por lo menos 10 toneladas para cobrar un sueldo mensual de R$ 413 (200 dólares). A este ritmo de trabajo se atribuye la muerte por extenuación de al menos 17 cortadores de caña en 2006, denunciadas por la Pastoral do Migrante, y eso solamente en los cañaverales del estado de San Pablo, como afirma Luiz Bassegio, secretario de esa entidad, en declaraciones divulgadas por Folha de São Paulo [3].

ENERGÍA Y HAMBRUNA
Fidel Castro alertó que plantar caña para producir etanol puede traer otro orden de problemas, como el aumento de hambre en el mundo. Dado el carácter polémico del líder cubano, su alerta fue rebatida con argumentos ad hominem. Pero un artículo publicado por dos economistas en el número de mayo/junio de la revista Foreign Affairs indica que en ese aspecto Fidel Castro tiene razón. C. Ford Runge y Benjamin Senauer [4] afirman que la producción de biocombustibles en cantidad suficiente para sustituir parcialmente el petróleo y el gas puede poner en riesgo la producción mundial de alimentos y el medio ambiente, ya que la producción de alcohol sería hecha en perjuicio del cultivo de alimentos.

Eso ocasionaría una suba de los precios de los alimentos, afectando a los más pobres. En 2001, casi 3 mil millones de personas vivían con una renta de hasta US$ 2 al día. Para tales personas, una suba marginal en el precio de los alimentos puede tener efectos devastadores.

Recurrir a los biocombustibles profundizará el hambre mundial, dicen los expertos en Foreign Affaire. La alternativa entre alimentos y combustibles es puesta de forma dramática: Llenar el tanque de un utilitario (95 litros) con etanol puro requeriría más de 200 quilos de maíz, un volumen de cereal que contiene calorías suficientes para alimentar una persona en un año.

[5] PROMOCIÓN DE ALTERNATIVAS LIMPIAS
Poniendo en duda los aspectos ecológicos del bioetanol, los expertos recuerdan que la soja y especialmente el maíz –utilizados para la producción de etanol– son granos cuyo cultivo contribuye a la erosión del suelo y a la polución del agua. No habría salida fuera de la economía de energía y de la promoción de energías efectivamente limpias, como la energía eólica y solar. The Economist hizo eco a Runge y Senauer en la edición del último 4 de abril (Castro was Right), afirmando que la oferta de comida (…) está siendo desviada para alimentar los coches de Estados Unidos.

Puedo entender que el liderazgo estadounidense actúe estratégicamente para promover el etanol. No puedo entender, sin embargo, que el actual gobierno brasileño, conducido por un obrero y perteneciente a un Partido llamado de los Trabajadores, acepte el rol que se le asigna desde el norte.