El primer síntoma de los aires de cambio en Reino Unido

Por Alfredo Crespo Alcázar (para Safe Democracy)

Alfredo Crespo Alcázar cree que la derrota del Partido Laborista en Escocia y el triunfo del Partido Nacional de Escocia (SNP) no sólo son un síntoma de los aires de cambio que se avecinan en Reino Unido, sino que confirman también el distanciamiento entre Londres y Edimburgo.

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Alfredo Crespo es politólogo y periodista especializado en el estudio de las relaciones Reino Unido/Unión Europea y nacionalismos periféricos británicos (Escocés y Galés). Está realizando su doctorado en la Universidad Complutense de Madrid y es coordinador académico y profesor del Curso de Información Internacional y Países del Sur de la misma universidad.

LAS TERCERAS ELECCIONES al Parlamento restablecido en 1997 tenían lugar en Escocia el pasado 3 de mayo. Como sucediera en los dos comicios precedentes (1999 y 2003), los acontecimientos externos a la dinámica parlamentaria escocesa centraron el interés en los mismos: en 1999, se determinó el grado de apoyo que los escoceses daban al New Labour tras su triunfo en las elecciones generales británicas de 1997; en 2003, el Laborismo, de nuevo, iba a estar en tela de juicio como consecuencia del apoyo dado a la intervención en Irak.

Ahora, en 2007, el Labour y su obra política debían sufrir el veredicto del electorado escocés y, al contrario que en las dos ocasiones precedentes en las que lograron el aprobado, el pasado 3 de mayo el Labour Party sufría una de sus mayores derrotas, pese a lo ajustado de la victoria nacionalista (47 diputados frente a 46).

DISTANCIAMIENTO DE LONDRES
En efecto, más allá del traspié laborista –que desde el punto de vista de la ciencia política podría ser justificado como un ejemplo de deseable alternancia en el poder–, lo significativo del caso es que se trata de Escocia, bastión del laborismo desde los años sesenta.

Más aún, durante los años de gobierno de Margaret Thatcher y John Major (1979-1997) se convirtió en el paradigma de la oposición a las políticas económicas de corte neoliberal impulsadas por la nueva derecha en Reino Unido, capitalizando un sentimiento anti-Tory (en alusión al Partido Conservador británico) que tuvo su máxima expresión en las elecciones generales de 1997, cuando los conservadores, liderados entonces por Major, fueron incapaces de conseguir un solo diputado para Westminster.

A partir de ese momento Escocia se benefició de los planes de reforma política capitaneados por el Gobierno laborista de Tony Blair cuya máxima expresión fue el restablecimiento, vía referéndum, del Parlamento (1997). Pero a partir de 2003, se inició un proceso de distanciamiento entre los escoceses y las políticas que desde Londres se estaban llevando a cabo.

El funcionamiento de la institución parlamentaria no ha dado los frutos que de ella se esperaba, pues lejos de acercar el Gobierno al pueblo escocés no ha hecho sino reproducir los males y defectos que han caracterizado al Parlamento de Reino Unido (en especial, su excesivo burocratismo). Sin embargo, los escoceses no han negado su apoyo al Labour por ello, sino que han sido sucesos como la división entre Tony Blair y su posible sucesor, el actual ministro de Finanzas Gordon Brown, la intervención en Irak o la dubitativa política (por euroescéptica) hacia la Unión Europea lo que ha provocado en última instancia su derrota.

LA APUESTA UNIONISTA DEL LABOUR
Además, durante la reciente compaña electoral, el Laborismo tampoco ha sabido jugar sus bazas, enfatizando el catastrofista mensaje de que un voto por el Scottish National Party (SNP) supone un voto a favor de la ruptura del Reino Unido, tesis asociada históricamente al Partido Conservador y con la que éste sólo logró ser visto como un partido inglés, carente de una dimensión escocesa. El propio líder del SNP, Alex Salmond, denunció este fenómeno al mismo tiempo que definía el triunfo nacionalista en las elecciones: Escocia ha escogido la esperanza sobre el miedo.

Aún con todo ello, no podemos caer en el error de pensar que el Labour Party va a ser un partido sistemáticamente expulsado de las preferencias electorales escocesas en futuros procesos (como sucediera con los conservadores a partir de 1955) puesto que las políticas de centro-izquierda que defiende son muy del gusto del electorado escocés, un electorado que no sólo desconfía sino que es contrario a las supuestas bondades de una Escocia independiente. Lo que sí es innegable es que la derrota en el recinto laborista por excelencia supone una señal inequívoca del cambio político que se vislumbra para el Reino Unido en los próximos años.

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