El primer ministro deja un partido potencialmente ganador

Por Alfredo Crespo Alcázar (para Safe Democracy)

Alfredo Crespo Alcázar hace balance de la trayectoria de Tony Blair como primer ministro británico, y defiende la figura al líder laborista en medio de las críticas por su papel en la guerra de Irak. Según Crespo Alcázar, Blair no sólo ha dotado al laborismo del capital político que precisaba para salir su abocamiento, sino que ha transformado al país.

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Alfredo Crespo es politólogo y periodista especializado en el estudio de las relaciones Reino Unido/Unión Europea y nacionalismos periféricos británicos (Escocés y Galés). Está realizando su doctorado en la Universidad Complutense de Madrid y es coordinador académico y profesor del Curso de Información Internacional y Países del Sur de la misma universidad.

EN POCAS SEMANAS (EL 27 DE JUNIO) TENDRÁ LUGAR LA SUSTITUCIÓN DE TONY BLAIR como primer ministro británico por el número dos del partido, Gordon Brown. Durante los últimos cuatro años, a propósito de la guerra de Irak, muchas han sido las voces en el panorama nacional e internacional que se han alzado contra su gestión. Pero el peligro que conlleva esta situación es el de asociar su trayectoria política exclusivamente con esta cuestión. Por lo tanto, cualquier análisis que siga está orientación será tan sesgado e incompleto, como erróneo y falaz.

SINÓNIMO DE MODERNIZACIÓN
Retrospectivamente, con la llegada de Blair a la dirección del laborismo en 1994, se inicia una etapa de modernización que tiene como mejor exponente la eliminación de la intocable claúsula IV de la Constitución del Partido Laborista (redactada en 1918, en la que se declaraba el apoyo al socialismo en el campo económico) y la asunción de la sociedad civil como actor principal (y no el Estado), visión que le llevará a ganar tres elecciones generales consecutivas, algo hasta entonces sólo al alcance del Conservative Party bajo el liderazgo de Margaret Thatcher.

Para el logro de estos éxitos, Blair hizo gala del característico pragmatismo británico aceptando el marco económico del capitalismo, pero sin olvidar el compromiso social de laborismo. Dicho con otras palabras, Blair no sólo no eliminó la obra política y económica de sus antecesores tories, Thatcher y Major, sino que la adaptó a su partido. De la misma manera puso punto y final al centralismo de la vida política británica dotando de instituciones parlamentarias a Gales y Escocia. A nivel europeo aceptó la Carta Social Europea, aunque manteniendo guiños con el euroescepticismo lo que se hizo evidente con la negativa de Reino Unido a aceptar el Euro.

SPECIAL RELATIONSHIP
Sin embargo, conforme fueron avanzando sus años en Downing Street, el elemento que caracterizó su política fue la special relationship, esto es, la relación de Reino Unido con Estados Unidos, que alcanzó unos niveles de simbiosis propios de los años ochentas con el binomio Thatcher-Reagan. Para ello, Blair no dudó en ser el junior partner de Washington, compartiendo la visión de la democracia y, sobre todo, la forma en que deben ser afrontados los problemas mundiales, en especial la lucha contra el terrorismo global.

En efecto, si algún temor ha tenido Blair durante los últimos seis años es que Estados Unidos deje de lado los problemas globales y regrese a su plácido aislamiento.

En este sentido, una característica evidente a la hora de analizar la visión de Blair sobre Estados Unidos es su fidelidad, pues lejos de guiarse por criterios de oportunismo político y de cálculo electoral –cada vez eran más los británicos que denunciaban la estrecha relación de su país con la Administración Bush– siempre mantuvo inalterable su punto de vista.

EL CAPITAL POLÍTICO
En definitiva, Blair ha dotado al laborismo de un capital político que le convierte, en cualquier proceso electoral, en un ganador potencial, algo que antes de su llegada era una utopía, ya que el Labour Party estaba abocado a gobernar en Reino Unido casi a modo de concesión de sus rivales los conservadores, y siempre que éstos hubieran agotado su discurso (por ejemplo, en la época de Ted Heath) o entrado en división interna como en el post-Thatcherismo.

Y si Blair no tuvo reparo alguno en aceptar el legado tory (o, mejor dicho, el legado Thatcher), el actual candidato conservador, David Cameron, está haciendo lo propio adaptando a su partido a la realidad económica, política y social del Reino Unido post-Blair.

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