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40 años sin paz duradera

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Dan Bavly realiza una mirada retrospectiva de la Guerra de los Seis Días, el conflicto bélico que enfrentó a Israel con una coalición de países formada por Egipto, Jordania, Irak y Siria, hace exactamente 40 años. El autor, un protagonista de la historia, cree que se ha perdido la oportunidad real de concretar la paz.


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INCLUSO HOY, VOLVIENDO LA MIRADA ATRÁS, la mayoría de la gente está de acuerdo en que la Guerra de los Seis Días [3](5 al 10 de junio de 1967) fue uno de los acontecimientos más espectaculares del siglo XX. Sin embargo, con el paso de los años, ha aumentado la decepción ante el fracaso del liderazgo para aprovechar la oportunidad ofrecida y avanzar con igual determinación en el esfuerzo de promover la paz y un acuerdo duradero.

Quiero aprovechar ahora, en el aniversario de tan importante momento de la historia, para describir cómo estuve personalmente involucrado en el sueño de construir la paz; voy a describir también la oportunidad perdida que ha contribuido desde entonces al deterioro de la situación, con escasas esperanzas de paz a la vista.

LA PAZ CON LOS PALESTINOS
Un colega y gran amigo, David Kimche (veterano del Mossad [4]), y yo, ambos oficiales de reserva en el Ejército israelí, conocimos líderes y personajes notorios entre los palestinos que vivían en Jerusalén y en Cisjordania, incluso antes de que las hostilidades llegaran al final. Todos ellos, disgustados por los acontecimientos y en estado de shock, pero aún así con gran entusiasmo, exigieron el establecimiento de un Estado independiente del Reino Hachemita de Jordania capaz de firmar inmediatamente un tratado de paz con Israel.

Al día siguiente del final de la guerra nos encontramos con el ministro de Defensa, el diputado Moshe Dayan [5], y antiguo jefe de personal, el General Zvi Tsur [6], y le contamos nuestras impresiones de las reuniones que habíamos tenido los dos últimos días con los líderes árabes.

Dos días después, en colaboración con otros dos oficiales israelíes, esbozamos y avanzamos un memorándum de cuatro páginas detallando al entonces primer ministro Levi Eshkol [7] y a parte de sus colegas cómo Israel podría establecer una paz segura con los palestinos.

[8] UNA CARRERA CONTRA RELOJ
No estábamos solos. Había otros miembros del lado israelí que habían exigido al gobierno que acogiera la oportunidad, en un esfuerzo por construir la paz.

Aunque la posibilidad de construir la paz nunca fue discutida en ninguna reunión del gabinete israelí, en conversaciones personales, sin embargo, los líderes israelíes no excluyeron, recién terminada la guerra, la posibilidad de negociar la paz con los palestinos. Pronto fue evidente, de todos modos, que si tal proceso debía ser iniciado, requeriría paciencia y tiempo más allá del plazo originalmente calculado por el liderazgo palestino o por los oficiales israelíes. Mientras la Organización para la Liberación de Palestina [9] (OLP) se convirtió en una molesta organización terrorista fuera de los territorios controlados por el Ejército israelí, el grado de hostilidad activa hacia el interior de Israel era insignificante.

LOS MODERADOS Y LOS NO TANTO
Lo que los moderados no advirtieron era que el tiempo corría en su contra. Los partidarios de un tratado de paz no reconocían que mientras teorizaban sobre cómo progresar y garantizar la seguridad de la nación, otra parte de Israel, un grupo reducido pero potente como un lobby, se organizaba y aunaba rápidamente fuerzas para que todo el territorio ocupado en Cisjordania y la Franja de Gaza fuera incorporado a Israel. Para hacerlo, fue presentado con gran ímpetu un extenso programa de asentamientos que exigiría y permitiría a los judíos israelíes asentarse en estas zonas.

Durante la mayor parte de los últimos 40 años, la ocupación de Cisjordania fue percibida como algo de naturaleza temporal. Al principio, pocos entendieron que bajo esta apariencia, los colonos (hoy en torno a 250.000) estaban decididos a convertir la ocupación temporal en su propiedad. Para los judíos radicales, el programa de asentamiento resultó un éxito y a principios de los ochenta, la expropiación de tierras, el número de nuevos asentamientos y el creciente número de colonos se convirtió en una amenaza para la población palestina.

CARENCIA DE DERECHOS
Con el paso del tiempo, se alejaron las evidencias de que el gobierno israelí reconocería a los aldeanos locales árabes, por no mencionar la carencia de sus derechos civiles. Y ni hablar de los cerca de 130 asentamientos que se han ido estableciendo con el correr de los años en una auténtica confiscación de tierras.

En éstas y en otras acciones, las autoridades israelíes impusieron en los territorios ocupados una regla de separación, en la que se aplican dos códigos de leyes distintos que dependían de la nacionalidad de los individuos, para justificar numerosas violaciones (falta de alojamiento, dificultades para ganarse la vida y carencia de libertades de movimiento): una forma de discriminación que no sólo humilla a los oprimidos, sino que demuestra también señales de debilidad moral de los líderes israelíes. The Economist lo describió como una locura autodestructiva [10].

ATENTADOS SUICIDAS Y TERRORISMO
Sólo a finales de los años 80 los palestinos empezaron a mostrar resistencia al régimen israelí, y después pasaron a los atentados suicidas y otros actos de terrorismo; no es de sorprender que hoy la enemistad entre los dos pueblos es más fuerte que nunca. Cada vez más, conforme transcurre el tiempo, los israelíes moderados ven con pesimismo la posibilidad de alcanzar la paz.

Como los israelíes, los palestinos no han sido capaces de generar un liderazgo comprometido con la causa de la paz. Si bien entre ellos ha habido algunos admiradores de Mahatma Gandhi y de Nelson Mandela, les han faltado líderes que les guiaran por el camino del poder derivado de la resistencia pasiva.

LOS ACUERDOS DE OSLO
Salvo los Acuerdos de Oslo de 1993, no ha existido prácticamente ningun indicio de que las autoridades israelíes hayan pensado en explotar el acontecimiento extraordinario de 1967 para llegar a una paz segura y duradera.

Retrospectivamente, hay muchos escépticos –citando la continuación de la política de asentamientos y del robo de tierras– que ponían en duda la convicción de los dos partidos en llevar a cabo los objetivos de Oslo y el éxito de los mismos. Conforme aumentaban las hostilidades, se incrementaban también las políticas. Ahora, Hamás es más radical que la OLP, y la amenaza de una radicalización mas extrema es una probabilidad. La opinión pública israelí ha compartido esta enemistad.

OPORTUNIDADES PÉRDIDAS
Probablemente de forma más descuidada, tras la guerra de 1967, pero de manera continuada a lo largo de los años, Israel ha dejado pasar oportunidades para establecer la paz con sus vecinos palestinos. Al hacerlo, Israel ha contribuido a la muerte de miles de personas.

Durante las elecciones de primavera de 2006, ninguna de las plataformas de los partidos principales sugirió ni siquiera que, de ser elegido, iría a buscar el camino hacia la paz. Prefiriendo el uso de fuerza –en lugar de buscar una solución satisfactoria– la mayoría de los israelíes no parece darse cuenta de que el tiempo no juega a nuestro favor, y tampoco hemos aumentado nuestra fuerza. Al contrario, la continuación de la confrontación con nuestros vecinos ha reducido la determinación de nuestros jóvenes y reducido las capacidades militares de nuestros altos mandos del ejército.

APRENDER A CONVIVIR
La mayor parte de los que buscan un arreglo a la situación actual creen que puede alcanzarse si Israel levanta los asentamientos para volver a las fronteras del alto el fuego de 1967. Otros creen que esto ya no es viable, que el momento de una solución de Estados para dos pueblos ya ha pasado.

En el tenso ambiente de hoy, parece un sueño lejano, pero la solución más probable tendrá que pasar por que israelíes y palestinos, se despierten un día y acepten el hecho de que deben aprender a vivir juntos, en un Estado único democrático y multinacional que incorpore todas las tierra desde el Jordán al Mediterráneo. Posiblemente ésta sea la única alternativa, pero se ha de contar con que ello exija un aprendizaje y un tiempo antes de que ambos pueblos la consientan.

Tras la Guerra de los Seis Días, muchos entre nosotros esperábamos que Israel lograra la paz y que se mostrara como ejemplo de un Estado justo.

Desafortunadamente, cuarenta años después, estamos aún más lejos de lograr ese objetivo. Es triste pensar que, ahora que Israel precisa la paz desesperadamente y más que nunca, lograr esa paz parece un sueño más lejano de lo que a uno le gustaría esperar.