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La Cumbre de la UE vuelve a burlar a los ciudadanos

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La reciente Cumbre de la Unión Europea en Bruselas se ha logrado clausurar con un tratado simplificado, decidido en una reunión de jefes de Estado y de Gobierno en la que se obvia una vez más la consulta popular a los ciudadanos.




LA MESA DE LA CUMBRE EN BRUSELAS para acabar con el impasse del fenecido tratado constitucional cojeaba antes de que llegaran los 27 comensales. Los intentos previos de calzarla por parte de la presidencia alemana no dieron los resultados apetecidos y la vajilla comenzó a temblar cuando polacos y británicos amenazaron en los postres con reabrir el melón institucional.

Aún así, los jefes de Estado y de Gobierno se dispusieron a probar la descomunal cena preparada por dos chefs muy diferentes: el primero deseaba mantener la sustancia de los alimentos constitucionales, mientras que el segundo apoyaba una deconstrucción en el que las texturas, sabores y aromas de la Constitución europea casi desaparecían.

UN TRATADO SIMPLIFICADO
España, Alemania, Italia y Francia, Luxemburgo, Bélgica y Hungría partidarias de la cocina con sustancia, renunciaron a algunos de sus ingredientes en favor de los que preferían una gastronomía europea desestructurada. La cena fue larga y se sirvieron dos platos que tuvieron una pesada digestión: la mejora del sistema de toma de decisiones y una política exterior que permita a la UE tener una voz fuerte en el mundo.

A los polacos no les gustó el primero y, el segundo, no fue del agrado de los ingleses. Por eso, Merkel, con ayuda de la cocina mediterránea, sobre todo del pequeño gran chef Sarkozy, preparó un menú para los próximos meses con el fin de contentar a unos y a otros. Tras los postres, se calmaron los ánimos y la intervención de madrugada de Zapatero, Blair y Juncker, ayudó a los presentes a no echar por la borda el gran trabajo de la maitre alemana.

El resultado final fue una comida de fusión representada por un tratado simplificado que recoge algunas de las innovaciones constitucionales: votación por doble mayoría para los acuerdos por mayoría cualificada que entrará en vigor en 2014, creación de la figura de un Alto Representante para Asuntos Exteriores y Política de Seguridad, una presidencia del Consejo más estable (dos años y medio), aumento del poder de los parlamentos nacionales, supresión del veto en 51 materias y una Carta de Derechos Fundamentales vinculante.

Sin embargo, el tratado pierde el simbólico apellido de constitucional y desaparecen del texto el himno, la bandera y el Euro.

¿Y LA CONSULTA POPULAR?

Los detalles de la nueva carta se discutirán en la Conferencia Intergubernamental de julio y se desarrollará en los próximos meses, pero se puede vislumbrar una UE sin brújula que avanzará a varias velocidades –al igual que ocurre con el Euro o Schengen– en la que cada Estado decidirá hasta dónde quiere llegar, como las señales que ya ha enviado Sarkozy de crear una Unión Mediterránea o la cooperación que pueden establecer entre sí las repúblicas bálticas.

Mientras tanto, los ciudadanos no parecen ansiosos por probar el resultado de esta high cuisine tan alejada de los gustos del europeo medio que, una vez más, ve como se alejan del menú los platos que se votaron durante los distintos referendum. Franceses y españoles no están por la labor de someter a consulta popular el nuevo tratado de reforma, y así se burla una vez más la intervención de los ciudadanos en la construcción europea. Sin embargo, Irlanda, Dinamarca y, quizás, Holanda y Reino Unido sí que lo hagan, lo que nublaría el futuro de esté menú reformado.

Y es que una carta ciudadana requiere de una consulta popular a todos los comensales europeos al unísono. Luego vendrán las quejas de que no vamos a las urnas en las elecciones al Parlamento Europeo de 2009 y de que la culpa es, una vez más, de la mala política de comunicación de las instituciones europeas. Más democracia, menos tecnocracia y un rumbo ciudadano es lo que necesita la Unión Europea del futuro.