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El «revuelo» de los satélites espía japoneses

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La posesión de cuatro satélites espías por parte de Japón está dando que hablar en Asia-Pacífico no sólo por la existencia de los mismos sino por la confluencia del (irresuelto) problema norcoreano, el esfuerzo estadounidense de crear un sistema antimisiles regional y el desarrollo chino de su propio programa espacial.


LA POSESIÓN DE CUATRO SATÉLITES ESPÍAS por parte de Japón ha comenzado a dar que hablar. Los satélites espías mencionados serían dos satélites equipados con radar y dos satélites ópticos que, conjuntamente, permitirían a Japón tener imágenes de todos los puntos de la tierra una vez al día.

Distintas informaciones apuntan que el país nipón además no habría registrado dichos satélites en Naciones Unidas a pesar de ser signatario desde 1983 de la Convención para el Registro de los Objetos Lanzados al Espacio Exterior (adoptada en 1974) ni habría proporcionado detalles acerca de sus órbitas o fotografías realizadas por ellos.

EXPECTACIÓN REGIONAL
Tal comportamiento puede parecer llamativo si se tiene en cuenta que, desde su acceso a la citada convención, Japón ha registrado en la ONU más de cien satélites, indicando la forma y altitud de sus órbitas así como su inclinación con relación al eje terrestre. Pero no lo es tanto en realidad si se tiene en cuenta que, como indican las propias fuentes japonesas, tanto Europa como Estados Unidos guardan también celosamente los datos de esa naturaleza con el fin de impedir que se conozca con certeza la capacidad de captación de imágenes de sus satélites.

Con todo, lo sorprendente no es la existencia de satélites espía japoneses sino la expectación que ha despertado la misma ahora –por mucho que precisamente este año se haya puesto en órbita el cuarto de estos satélites– habida cuenta de que un cohete H2A puso en órbita los dos primeros en 2003 desde el Centro del Espacio Tanegashima –en lo que Corea del Norte consideró como un acto hostil— como consecuencia del lanzamiento (en agosto 1998) del misil Taepodong I norcoreano que sobrevoló parte del archipiélago japonés y un tercero en 2006.

MÁS ELEMENTOS EN JUEGO
Así, todo haría pensar que son otros los elementos que confluyen en el momento actual y que dotan a la nada nueva existencia de los satélites de una dimensión –esta sí– mucho más novedosa. Entre tales elementos muy bien cabe incluir los esfuerzos estadounidenses para llevar a buen puerto su programa de creación de un sistema antimisiles en Asia-Pacífico; la voluntad de Australia de participar en dicho sistema así como el refuerzo de su cooperación en materia de seguridad tanto con Estados Unidos como con Japón (con quien firmó hace escasos meses un acuerdo bilateral de seguridad) llevando a distintos expertos a afirmar que ya no es el ayudante del Sheriff sólo en el sudeste sino también en el nordeste de Asia; la intención expresada por Japón de enviar observadores a los ejercicios conjuntos que realizarán Estados Unidos y Australia, la normalización militar japonesa, presidida por la transformación de la Agencia de Defensa en Ministerio, que muy bien podría ir acompañada entre otras cosas de una reestructuración de las estructuras de inteligencia japonesas que las hiciera más efectivas o, por qué no decirlo, los recelos que estas cuestiones suscitan en la República Popular China que, por otra parte, se haya desarrollando su propio programa espacial.

A todo ello se debe añadir, como es lógico, el todavía irresuelto problema norcoreano que, no obstante, no parece que por sí solo pueda explicar el actual interés por los satélites espía japoneses.