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América Latina: ¿valió la pena la independencia?

200 años de emancipación parcial y deficitaria [1]

Por Javier del Rey Morató (para Safe Democracy)

A partir del próximo año, se sucederán las celebraciones por el bicentenario de la independencia de las repúblicas hispanoamericanas. No obstante, ciertas realidades sugieren más bien una terca y empecinada dependencia.


[2] Javier del Rey Morató es profesor de Comunicación Política y Teoría General de la Información en la Universidad Complutense de Madrid.

Es Licenciado en Ciencias de la Información por la Universidad de Navarra y Doctor en Ciencias de la Información por la Universidad Complutense de Madrid. Ha dictado cursos y seminarios en América Latina y es autor de numerosos artículos científicos y libros sobre comunicación y política.

FELIPE GONZÁLEZ [3] ha sido nombrado embajador plenipotenciario y extraordinario para la celebración del bicentenario de la independencia de las repúblicas hispanoamericanas, y la noticia me sugiere este artículo.

La incómoda pregunta del título pertenece a un artículo de Carlos Fuentes (Centenarios, EL PAÍS, Madrid, 30/06/07 [4]), en el que su autor cuestiona la independencia, se pregunta si valió la pena, hace la crítica del desmembramiento territorial, de la profusión de constituciones, y de la exclusión del indio y del negro.

Fuentes habla de la creación de Estados virtuales, divorciados de las sociedades reales, de la confusión sistemática entre lo real y lo posible, del desacomodo entre la nación real y la nación legal, de una independencia sin rumbo, y de unas constituciones que no se sabe si han sido creadas para los ángeles o para los hombres.

Y decimos que es una pregunta incómoda por lo que conlleva: algo se hizo mal. Porque, ¿nos imaginamos a los norteamericanos interrogarse si valió la pena la independencia?

LA EMANCIPACIÓN INCOMPLETA
Entre los norteamericanos la pregunta es inconcebible, impertinente, fantasiosa. Pero en América Latina la pregunta es heurísticamente relevante, pues sugiere que hay que corregir el rumbo. Y es que –como decía Borges– si el pasado es inmodificable, no así la imagen que nos hacemos de él. Y acaso conviene construir una imagen distinta de un pasado que muchos consideran gravemente deficitario, origen de un presente no menos insatisfactorio.

Para empezar, nada nos impide decidir que aquella independencia no fue tal: nosotros preferimos hablar de emancipación. Y de emancipación parcial. Porque hubo dos reinos europeos medievales implicados en la conquista, colonización y evangelización, y los hispanoamericanos de la primera hora sólo consiguieron la emancipación política de uno de los reinos: el de España.

Pero siguieron siendo súbditos incondicionales del otro reino medieval: los Estados Pontificios. No ocurrió así en la América del Norte, en la que los sacerdotes no tenían ningún poder político ni aspiraban a conquistarlo. La lectura de Alexis de Tocqueville es aleccionadora. Y de gran actualidad.

EL IMPERIO ROMANO EN SUELO AMERICANO
Por eso en Norteamérica religión y modernidad no están reñidas, como sí lo están en América Latina. La causa no está en las creencias católicas, sino en su dimensión política: a la Iglesia se le llena la boca con que su reino no es de este mundo, pero ejecuta todas las maniobras posibles para que –como en la novela de Alejo Carpentier–, su reino sea de este mundo.

Los Estados Pontificios fundaron –con el inestimable auxilio del rey español– un nuevo Imperio Romano en tierras americanas, en el que aplicaron un poder medieval, totalitario. Lo hicieron bien: más de diez siglos de experiencia en el ejercicio de un poder omnímodo avalaban aquella operación.

Y es que, como dice Fernando Pessoa, la Iglesia Católica no se deriva, no desciende del Imperio Romano. La Iglesia Católica es el Imperio Romano. En el colegio nos engañaron. El Imperio Romano no cayó, sólo cambió de manos: se convirtió en Iglesia.

Como la experiencia es un grado, el nuevo Imperio Romano impuesto en la América española tuvo éxito: duró tres siglos, y todavía existe, metamorfoseado, al menos en lo que tiene que ver con la influencia del otro reino medieval implicado en la conquista.

Eso explica muchas cosas: entre otras, la réplica de Evo Morales, Hugo Chávez y Julio María Sanguinetti [5] a las palabras que pronunció Benedicto XVI en el curso de su reciente visita a Brasil. Y también explica la desafección de muchos católicos, que se pasan a iglesias protestantes, en las que encuentran un mayor compromiso de los sacerdotes, y unas actitudes que toman distancia del poder, para centrarse en algo tan legítimo como son los sentimientos religiosos, que no se nos ocurriría cuestionar.

Otra cosa es el poder político de la Iglesia, cuya legitimidad queda hábilmente desmontada por Baruch Spinoza, lectura aconsejable en estas vísperas de conmemorar un episodio que, más que una independencia, parece una terca y empecinada dependencia.

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