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Elecciones argentinas en un clima alterado

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Sepa por qué el gobierno de Argentina aparece rodeado de un cúmulo de obstáculos y es electoralmente vulnerable, aunque los sondeos auguran un nuevo ciclo presidencial, encabezado por Cristina Fernández de Kirchner.

ADEMÁS: Cristina, bocanada de aire fresco para Argentina [2], por Maximiliano Borches
PLUS: Los Kirchner confirmarán la tendencia [3], por Fabián Bosoer

TAL COMO SE PUEDE ESPERAR en cualquier víspera electoral, la disputa política argentina ha incorporado un grado de dramatismo. ¿Estamos ante la inminencia de cambios drásticos en la escena?

El gobierno de Néstor Kirchner condujo una salida de la mayor crisis contemporánea del país en forma sorprendentemente rápida y casi completamente pacífica. En más de un sentido, el país parece haber dejado atrás la grave crisis económica que arrastró las grandes conmociones sociales y el descalabro institucional de hace un lustro. Cinco años de crecimiento superior al 8 por ciento, una importante recuperación en los indicadores sociales más críticos, sumados a una política audaz en el impulso a la recomposición de la Corte Suprema de Justicia y la reapertura de los juicios a los responsables del terrorismo de Estado a partir de 1976, cimentaron un alto nivel de popularidad del presidente durante toda su gestión.

Sin embargo, el año de las elecciones presidenciales es el más difícil para el elenco gobernante. No solamente por el mencionado dramatismo que la oposición política y algunos medios de comunicación política procuran dar a algunos conflictos, sino también por la puesta en primer plano de nuevos y viejos problemas de la administración.

AFRONTAR NUEVOS PROBLEMAS

A las dificultades de la provisión energética, que en los días más fríos del año provocaron restricciones a una importante cantidad de empresas productivas y las presiones inflacionarias en la economía se sumaron en las últimas semanas algunas fundadas sospechas de corrupción sobre funcionarios gubernamentales, hasta provocar la renuncia de la ministra de Economía, [4] Felisa Micelli. Un episodio confuso y sospechoso en el que un empresario venezolano intentaba ingresar un maletín con más de 800.000 dólares en el aeropuerto de Ezeiza (a 35 kilómetros de Buenos Aires) agregó más nubes a este borrascoso invierno del gobierno electoral. La victoria electoral en junio último del político empresario Mauricio Macri, al frente de una coalición opositora de centroderecha, es la expresión política más gráfica y más aguda de un nuevo paisaje político en Argentina.

La oposición parece haber abandonado el relato según el cual Argentina ha entrado en un régimen hegemónico: claramente los gobiernos de esas características no acostumbran a perder elecciones; más aún ni siquiera a convocarlas, salvo como ritual autoconsagratorio. El hecho es que el kirchnerismo perdió en las elecciones constituyentes de la provincia de Misiones el año pasado y este año, además de la trascendente derrota de su candidato en el distrito capital, sufrió una derrota de menor importancia política pero mucho impacto simbólico en la pequeña provincia de Tierra del Fuego, en el extremo austral del país. El gobierno aparece así rodeado de obstáculos y electoralmente vulnerable.

En ese contexto, y contrariando lo esperable, el presidente Kirchner se abstiene de ir por su reelección y decide lanzar la candidatura de su esposa, la senadora nacional Cristina Kirchner. Se trata de una clara señal del reconocimiento de la apertura de una nueva etapa política.

Más allá del ruido opositor, no estamos ante un gesto de patrimonialismo o nepotismo: la actual primera dama es una dirigente política de amplia experiencia y reconocido nivel político. Claro está que las maneras de la nominación de la senadora son una cifra del vaciamiento de los partidos políticos en Argentina, después del tembladeral de 2001; pero, en materia de procedimientos, las cosas no son demasiado diferentes en el territorio opositor.

El gobierno procura renovar su imagen, ante la evidencia del agotamiento de formas y estilos que fueron funcionales en la etapa de acumulación fácil pero aparecen contraproducentes ante los nuevos desafíos de un país que siente terminado el ciclo de emergencia política. Además, Néstor Kirchner es una reserva para futuras lides electorales, si las circunstancias lo permiten y aconsejan.

LA POLÍTICA, UN CAMPO MINADO

Como se ve, la atmósfera política ha cambiado en los últimos meses. Sin embargo, los sondeos electorales conocidos no alimentan demasiadas dudas: la candidata gubernamental aparece en todos ellos con una intención de voto que la ubica como clara triunfadora a mucha distancia de cualquiera de los otros candidatos y sin necesidad de segunda vuelta. Hay que recordar que el sistema electoral argentino reconoce como ganador a quien en el primer turno alcance el 45 por ciento de los votos o más del 40 por ciento y una distancia de más de 10 puntos porcentuales sobre su inmediato perseguidor.

Está claro que en esta situación no gravita solamente la popularidad del gobierno (sostenida aunque levemente disminuida en el último período), sino la dispersión y la falta de un liderazgo atractivo en la oposición. Justamente esas carencias motivaron en los últimos días una fuerte ofensiva para que el recientemente electo jefe de gobierno porteño, Mauricio Macri, se lanzara a la competencia electoral presidencial. Algo que parecería insólito en muchos otros países forma parte de lo plenamente admisible en la actual situación de la política en Argentina. Mucho más que un reparo ético, fue un simple ejercicio de cálculo de costos y beneficios el que finalmente convenció a Macri de la necesidad de abstenerse en octubre y concentrarse en la preparación de su gobierno en la Capital Federal.

Aparece probable, entonces, la apertura de un nuevo ciclo presidencial kirchnerista, encabezado ahora por Cristina Fernández. Sin embargo, la política argentina es, y probablemente siga siéndolo por un largo tiempo, un campo minado. Más que a los debates preelectorales, habrá que estar atento a lo que ocurra con la inflación y a las condiciones climáticas que pongan o no a prueba la capacidad energética del país.