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Trabas y contradicciones de la UE hacia Rusia

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Atendiendo al estado de las relaciones entre la Unión Europea y Rusia, no puede deducirse una mejora de las mismas a corto plazo. ¿Es responsabilidad sólo de Moscú, como generalmente se afirma? A continuación, a qué juegan los 27.



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NUNCA SE SUBRAYARÁ LO SUFICIENTE que, a la hora de analizar las cada vez más enmarañadas relaciones de la Unión Europea con Rusia, conviene guardar las distancias ante cualquier suerte de idealización de las actitudes y prestaciones de la primera. Y conviene hacerlo tanto más cuanto que el grueso de los medios de comunicación occidentales parece haber asumido acríticamente que los dos agentes en confrontación presentan perfiles connotados: a la honestidad y mesura de la UE se opondrían el juego sucio y los intereses obscenos de la Federación Rusa.

A la hora de perfilar, en serio, el juego de la Unión Europea, cuatro son al menos los elementos que corresponde sopesar. Como al poco se verá, dibujan de su lado posiciones no precisamente edificantes.

MANIOBRAS EUROPEAS
El primero de ellos lo aporta una franca e histórica sumisión a Estados Unidos. Qué triste es hoy que la UE en los hechos acate sin más el grueso de los fundamentos de una política, la norteamericana, que en relación con Rusia se asienta ante todo en el designio de aprovechar la provisional debilidad de Moscú para evitar que en el este del continente europeo reaparezca una potencia de peso real. Así las cosas, no consta que la UE haya mostrado mayor disonancia con respecto, por ejemplo, a la trama que rodea al escudo antimisiles estadounidense.

Un segundo dato de relieve lo configura la dramática ausencia de un proyecto estratégico del lado de la UE. Las divisiones que siguen atenazando a los Estados miembros hacen que aquélla a duras penas acierte a perfilar políticas comunes en ámbitos relevantes. Los mismos analistas que tantas veces se han preguntado por el presunto chantaje energético que Rusia estaría ejerciendo sobre la UE deberían interrogarse por la tranquila aceptación de esta última en lo que se refiere al contenido del juego que Estados Unidos, con visible egoísmo, despliega en el Oriente Próximo, tanto más cuanto que ese juego puede ser a la larga muy pernicioso, en el propio terreno energético, para Bruselas.

[3] Digamos, en tercer lugar, que las ampliaciones que la UE ha verificado en 2004 y 2007 constituyen un obstáculo más en la relación de ésta con Rusia: no se olvide que han beneficiado a un puñado de países que mantienen una relación histórica muy tensa con Moscú, de tal suerte que es difícil acoger, por un lado, a esos países y pretender, por el otro, que la Unión mejore al tiempo sus relaciones con Rusia. Era de cajón que estados como Polonia o las repúblicas del Báltico iban a hacer lo que estaba de su mano para obstaculizar una por lo demás improbable normalización plena de las relaciones entre Bruselas y el Kremlin. No se olvide al respecto, por lo demás, que aunque los nuevos miembros de la Unión tienen sobre el papel una capacidad de influencia reducida, su proximidad geográfica a Rusia les otorga capacidades nada despreciables.

¿INTERESES SOBRE LOS PRINCIPIOS?
Agreguemos, en fin, lo que al cabo se antoja lo más importante: hay que liberarse cuanto antes de la cándida imagen que viene a sugerir que la Unión Europea es un agente internacional impoluto que prima con claridad los principios sobre los intereses. Por desgracia sobran los ejemplos, contundentes, que invitan a arribar a la conclusión contraria. Y ello es así hasta el punto de que puede afirmarse que la sumisión de Bruselas para con Washington en una clave fundamental responde al designio de mantener para la UE una posición de privilegio planetario cual es la que corresponde a los países del Norte desarrollado.

Qué llamativo resulta, en suma, que los desencuentros de la Unión con Moscú no nazcan (eludamos al respecto cualquier ingenuidad) del designio firme de la primera en lo que atañe a contestar el delicado registro que, en materia de derechos humanos, se está perfilando en Rusia.