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Marruecos tarda en aplicar las últimas elecciones

[1] El partido con más escaños y el partido con más votos dicen que quieren representar a algo así como la democracia cristiana europea. El Rey de Marruecos y su nuevo primer ministro deberían arriesgarse a cambiar la coalición gubernamental y a incorporar a los islamistas moderados.

ADEMÁS: Radiografía de las dos Marruecos [2], por José Catalán Deus

EL REY DE MARRUECOS, Mohamed VI, ha designado en uso de sus prerrogativas reales como nuevo primer ministro a Abbas El Fassi, secretario general del partido Istiqlal [3], ganador en las elecciones del pasado 7 de septiembre.

Esta vez la designación premia al partido que obtuvo más escaños, al contrario que en las pasadas elecciones, en las que el Rey (que puede nombrar a quien quiera independientemente de los resultados electorales), eligió a un independiente de su absoluta confianza. Sin embargo, al haber sido finalmente los islamistas moderados del Partido Justicia y Desarrollo [4] (PJD) los más votados, está obligado a reflejarlo en la composición del gobierno si no quiere desprestigiarlos frente a los radicales que han boicoteado las elecciones con enorme éxito.

El Fassi, de 66 años de edad, era ministro de Estado del anterior Gobierno del hasta ahora primer ministro Driss Jettou [5], y será ahora encargado de presentar al rey la propuesta de composición del nuevo equipo de ministros. Según la Constitución de Marruecos, el rey nombra al primer ministro, y a propuesta de éste, nombra a los otros miembros del Gobierno, reservándose a su absoluta voluntad los ministerios principales, como Exterior, Interior y Economía.

Con 52 escaños, su partido (el Istiqlal), creado en 1944, ha resultado vencedor en las pasadas legislativas por delante de los islamistas del Partido Justicia y Desarrollo, con 46 asientos y el Movimiento Popular, con 41.

Istiqlal es la columna de la monarquía alauita, un partido casi institucional que controla el poder a escala local y que tiene por ideología un nacionalismo bastante exaltado en determinadas circunstancias. No es precisamente muy amigo de España, que digamos, aunque el líder del Partido Popular (PP), Mariano Rajoy, lo llamara inmediatamente por teléfono. El Fassi y Rajoy se entrevistaron en Madrid el pasado 12 de julio, y el Istiqlal, aunque pocos lo sepan y resulte sorpredente, forma parte de la Internacional Demócrata Cristiana (IDC). Para el PP, se trata de un partido hermano, y Rajoy desea a El Fassi los mejores deseos de éxito en su labor al frente del nuevo Gobierno marroquí, que está seguro permitirá desarrollar las mejores relaciones entre los dos países.

El Fassi se ha comprometido ritualmente a formar un Gobierno a la altura de los desafíos a los que se enfrenta Marruecos. A su salida de la audiencia con el rey, El Fassi indicó que mañana mismo iniciará las consultas con el resto de partidos. Su Majestad me dio consejos y orientaciones que yo respetaré al pie de la letra para que Marruecos se dote de un Gobierno a la altura de los desafíos y para que el reino pueda solucionar las cuestiones que se plantean, principalmente en el plano social, añadió según la agencia oficial MAP.

¿Cuáles son esos consejos y orientaciones? ¿Propondrán al PJD incorporarse a las tareas gubernamentales? Una nueva marginación del partido más votado puede terminar de demostrar a todos que no merece la pena votar. Una incorporación a carteras sociales secundarias puede fortalecer a su ala pragmática, ayudar contra la corrupción y reducir injusticias insostenibles.

Pero lo mejor a menudo es imposible. El Fassi se había declarado tras las elecciones partidario de mantener los actuales pactos con los socialistas y otras fuerzas que habían asegurado el pasado gobierno de coalición.

Sin embargo, el Rey haría bien en valorar una decisión un poco más arriesgada. El descalabro en las urnas de los socialistas y el ascenso de los islamistas del PDJ, que fueron el partido más votado, aunque obtuviera más escaños Istiqlal, podría aconsejar introducir a éstos en el gobierno en tareas secundarias, para incorporarlos al Sistema, y convencer a las masas islamistas de que votar y participar puede ser bueno a la larga. De esta forma, las fuerzas laicas y de izquierdas pasarían a la oposición leal, y el nuevo gobierno marroquí tendría una orientación conservadora, como la democracia cristiana europea del siglo pasado, y ejercería un islamismo nacionalista similar al del presidente turco Erdogan.

UN POLÍTICO DE TODA LA VIDA

El nuevo primer ministro marroquí es abogado de profesión, nació en 1940 en Berkane (noreste del país), y entre 1990 y 1994 fue embajador de su país en Francia, un puesto significativo; en 1998 fue elegido por unanimidad secretario general del Partido Istiqlal. En el año 2000, fue nombrado ministro de Empleo, Formación Profesional y del Desarrollo Social y de la Solidaridad y, desde 2002, era ministro de Estado sin cartera. Lleva en la política oficial desde los 18 años y ha sido ministro en las últimas tres décadas.

El Fassi comenzó su carrera política como presidente de la Unión General de Estudiantes de Marruecos en 1961, y en 1971 accedió al cargo de secretario general de la Liga Marroquí de Derechos Humanos. En 1974, fue nombrado miembro del Comité Ejecutivo del Partido Istiqlal y entre 1977 y 1981 fue ministro de Vivienda y Distribución del Territorio; de 1985 a 1990 ejerció el cargo de ministro de Artesanía y Asuntos Sociales y posteriormente fue enviado a Túnez como embajador.

FRACASO DE PARTICIPACIÓN

El dato más llamativo fue la abstención (63 por ciento del censo), a la que hay que añadir 4,7 millones de adultos que ni siquiera están censados. Además, un 19 por ciento de los sufragios fueron nulos y blancos. En varias ciudades sólo un 10 por ciento de los ciudadanos en edad de votar respaldó con su voto a un partido. El Marruecos urbano, joven y más formado es el que más dio la espalda a las urnas, pese a la fuerte campaña propagandística a favor de la participación y al llamamiento del rey Mohamed VI.

Los islamistas fueron los más votados en las legislativas de Marruecos del 7 de septiembre, y su ventaja fue mayor en las grandes ciudades, según los resultados definitivos del Ministerio del Interior ocho días después del cierre de las urnas. Los islamistas dominaron en los suburbios de Casablanca Hay Asan y Ain Chock, donde rebasaron el 30 por ciento, y en Tánger. Allí donde venció el PJD es también donde la participación fue menor (27 por ciento en Casablanca, y 22 por ciento en Tánger) y donde hubo más voto blanco o nulo (28 por ciento en Casablanca, y 32 por ciento en Tánger).

El Partido de la Justicia y del Desarrollo (PJD, islamista) obtuvo, sin embargo, seis escaños menos (46 contra 52) que sus rivales nacionalistas del Istiqlal, porque el sistema electoral prima a las circunscripciones rurales.

El PJD ganó holgadamente en Casablanca (una ciudad de casi cinco millones) y en Tánger, Meknes, Rabat, Salé y Tetuán. En Agadir quedó rezagado a una segunda posición y sólo perdió en Marraquech, donde mayor es la presencia extranjera.

La cuestión a destacar es que el retraso en la publicación de los resultados electorales ha permitido desactivar el impacto de la victoria del PJD y que pase casi desapercibido fuera de Marruecos. Evitar titulares adversos es hoy uno de los principales objetivos de cualquier gobierno que se precie. El ministro del Interior saliente ha hecho un último favor al régimen marroquí.

Pero lo cierto es que en Marruecos tres cuartas partes de los votantes han boicoteado las elecciones, que el partido más votado es el islamista aparentemente moderado, y que sólo la institucionalidad del partido oficial Istiqlal ha permitido rebañar votos en las zonas rurales para conseguir una magra mayoría en la Cámara. La transición marroquí tiene un difícil camino por delante. Si se consiguiera que el Istiqlal abra los arcanos del poder al PJD, y que ambos juntos puedan gobernar con una oposición laica colaboradora, la ecuación podría rentar cinco buenos años.