El nuevo gobierno de Argentina tiene por delante el reto y la oportunidad de conducir la transición hacia un nuevo sistema político, atraer inversiones, contener la inflación, dirimir la puja distributiva y mejorar la calidad institucional. La pregunta no es quién ganará las elecciones, sino por cuánto y de qué manera resolverá estos desafíos. Sepa a continuación por qué.

ARGENTINA 2007 ES UN LABORATORIO para politólogos y una muestra cabal de cómo fortalezas y debilidades van de la mano en una democracia sudamericana que ha ofrecido los mejores y los peores ejemplos de logros y frustraciones en su ya casi cuarto siglo de vida, el más prolongado período de vigencia ininterrumpida de los derechos civiles y políticos que haya registrado este país en su historia.

A lo largo de este año se han ido sucediendo veinticuatro elecciones provinciales de renovación de gobernadores y legisladores, en un cronograma escalonado que culminará el 28 de octubre con el premio mayor: la elección presidencial, del gobernador de la provincia de Buenos Aires, el principal distrito, y de los diputados y senadores que terminarán de conformar el próximo Congreso. Todos ellos, presidente y vicepresidente, gobernadores y legisladores electos, asumirán sus cargos el 10 de diciembre próximo.

“Los presidentes duran menos o más de lo que deberían; o llegan tarde o llegan temprano, nunca a horario”

No es la norma: estos comicios deberían haber sido más o menos simultáneos y cercanos a las fechas de recambio. Pero la excepción es la norma en Argentina. Y esto es todavía un efecto reverberación y secuela de la crisis de finales de 2001, que se llevó puesto un presidente (Fernando de la Rúa) dos años antes de tiempo. Quien lo sucedió (Eduardo Duhalde) tampoco llegó a cumplir los términos de su mandato constitucional: convocó a elecciones para abril de 2003 y entregó el gobierno al ganador, Néstor Kirchner, en la fecha patria del 25 de mayo. Kirchner, como ya lo había hecho Carlos Menem en 1989 al suceder antes de tiempo a Raúl Alfonsín, tomó esos primeros meses de gobierno a beneficio de inventario, y consideró que su mandato se iniciaba el 10 de diciembre, fecha en la que deben asumir las autoridades nacionales y provinciales, porque así lo hicieron desde la recuperación de la democracia en 1983.

EL CAPITAL ELECTORAL DE CRISTINA

Así es que, para ponerse en regla con lo que la Constitución manda, Néstor Kirchner habrá gobernado seis meses más de lo que la Constitución le indica: cuatro años, ni un día más ni un día menos. Así es en Argentina, país de la impuntualidad: los presidentes duran menos o más de lo que deberían; o llegan tarde o llegan temprano, nunca a horario. Es cierto que Kirchner también podría haberse presentado a la reelección y la hubiera logrado, como Menem en 1995, de justo derecho, habida cuenta de la fortaleza con la que concluye su período, con una imagen favorable superior al 50 por ciento.

Pero Néstor Kirchner eligió otra manera de continuar y ungió a su esposa, la senadora Cristina Kirchner, para sucederlo. Ella recoge como capital electoral propio los logros de gestión de su marido y las torpezas de una oposición fragmentada y a la defensiva. Los cuatro años de crecimiento sostenido a tasas asiáticas por encima del 8 por ciento, la recuperación del crédito y el salario, el descenso de la desocupación y la pobreza, el aumento del consumo; el superávit fiscal y externo, la reconstrucción de la autoridad presidencial y del prestigio de la Corte Suprema fueron suficientes para que los serios traspiés, omisiones y manchas oscuras de esta administración no entorpezcan una consagración electoral que puede llegar a ser plebiscitaria.

Lo demás son toques del glamour personal de CK (como se llaman popularmente a la señora Kirchner en Argentina), inteligencia que todos le reconocen e incluso, la cuota de misterio y silencio que sabe manejar cuando se trata de guardar distancias o eludir definiciones.

LAS PIEZAS DEL ROMPECABEZAS

El ex ministro de Economía de este Gobierno, Roberto Lavagna, autor de uno de sus principales logros, la refinanciación de la deuda pública y salida del default, aspira a un distante segundo lugar encabezando el lote de la oposición. Va como candidato de una coalición entre el peronismo no kirchnerista y la diezmada Unión Cívica Radical. Se trata, así, de una expresión remanente del bipartidismo que supo dominar la escena política nacional hasta el colapso del 2001. Corren detrás, Elisa Carrió, líder de la Coalición Cívica, y Ricardo López Murphy, del partido Recrear, dos expresiones que recogen por izquierda y por derecha los votos que iban antes al radicalismo, de allí provienen ambos.

Otros dos gobernadores reelectos, el peronista Alberto Rodríguez Sáa y el neo-menemista Jorge Sobisch compiten como candidatos presidenciales por los votos peronistas y conservadores que quedaron en los márgenes. Así ha quedado también el federalismo argentino combinado con la fragmentación del sistema político: un tablero de piezas dispersas, un rompecabezas con las fichas fuera de lugar o un archipiélago afectado por erosiones insulares y ascenso de los mares.

La crisis de los viejos partidos nacionales (el peronismo y el radicalismo) sumada a la persistencia de la política caudillesca, el abuso del clientelismo y el carácter fuertemente centralista y a la vez descentralizado (dependencia financiera, autonomía administrativa) de la relación entre la nación y las provincias, hizo que cada distrito reflejara localmente los alineamientos nacionales y que éstos, a su vez, deban apoyarse en los resultados territoriales de cada instancia electoral.

“El ganador de estas elecciones presidenciales en la Argentina, las sextas desde 1983, parece cantado: será ella, la primera mujer presidente elegida por el voto popular”

El resultado es que en la mayoría de los casos ganaron los candidatos afines o cercanos al gobierno de Kirchner, con excepción de aquellos en los que existió una fuerte impronta localista en la elección: los triunfos del empresario futbolístico Mauricio Macri en la Capital Federal, de la farmacéutica Fabiana Ríos en Tierra del Fuego, del médico y ex intendente Hermes Binner en Santa Fe (primer gobernador socialista de la historia argentina) representan un recambio generacional en la dirigencia para observar y seguir con atención. En dos provincias, Córdoba y el Chaco, se produjeron las mayores sorpresas: empates que dieron escasísimas ventajas al gobierno en el primer caso y a la oposición en el segundo caso, y que despertaron denuncias de fraude que comenzaron a extenderse en otras partes del país. Entre unos y otros se coloca el ex motonauta y actual vicepresidente Daniel Scioli, principal referente que ganará la provincia de Buenos Aires, donde vive el 40 por ciento de la población del país, como soporte electoral decisivo del kirchnerismo y, a la vez, figura con aspiraciones propias.

UNA FÓRMULA ORIGINAL: EL MATRIMONIALISMO

Así las cosas, el ganador de estas elecciones presidenciales en la Argentina, las sextas desde 1983, parece cantado: será ella, la primera mujer presidente elegida por el voto popular (lo había sido Isabel Perón en 1974 pero como vicepresidenta de Juan Domingo Perón y sucesora tras la muerte del líder). La pregunta, entonces, no es quién gana sino por cuánto y de qué modo.

Encumbrada al vértice de una pirámide cuyas bases y ladrillos carecen de cemento, a no ser que se tenga por tal los recursos que le deja el superávit, tendrá por delante el gran desafío de conducir la transición hacia un nuevo sistema político, atraer inversiones, contener la inflación, dirimir la puja distributiva y mejorar la calidad institucional. Mucho para una sola persona.

“El círculo vicioso del presidencialismo argentino parece proseguir incólume: encuentra la resolución a sus defectos y problemas haciendo de la necesidad virtud”

A falta de respuesta sobre qué tipo de sistema de partidos surgirá de esta composición de fuerzas –uno de partido dominante, bipartidista o bipolar (en el caso de dos grandes coaliciones de centroizquierda y centroderecha), multipartidista fragmentado– será el tiempo de una fórmula original: el matrimonialismo. ¿Representará esta sucesión democrática y a la vez cuasi monárquico-plebiscitaria la confirmación y reforzamiento del tipo de presidencialismo de emergencia sagrado en los inicios de la década pasada? ¿O tal vez el inicio de un presidencialismo atenuado, condicionado por la existencia de un liderazgo compartido y dual, en el que habrá un presidente oficial (Cristina) y otro oficioso (Néstor) al que habrá que seguir los pasos y miradas ante cada decisión presidencial? Y si tal cosa ocurre ¿marcará el inicio de una nueva crisis política hacia fines de esta década, como ocurrió en cada fin de década pasada, en los ochenta con Alfonsín y en los noventa con Menem, o la transición, tal vez, hacia una nueva alternancia en el poder?

El círculo vicioso del presidencialismo argentino (de una u otra forma) parece proseguir incólume: encuentra la resolución a sus defectos y problemas (la concentración de poder en el Ejecutivo, la falta de instancias mediadoras intermedias, la rigidez para responder a eventuales crisis de gobierno, la eficacia decisoria como casi exclusiva condición de legitimidad, la debilidad de los partidos políticos) haciendo de la necesidad virtud; esto es, potenciando esos atributos hasta que agotan sus capacidades. Un ciclo de crisis-recomposición-crisis que, de todos modos, va encontrando sus momentos de aprendizaje e innovación. En esa encrucijada se encuentra la Argentina.