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«Empate hegemónico» en Bolivia

lapazmarcha1.jpgMás de cien clanes familiares controlan 25 millones de hectáreas en Bolivia, cinco veces el territorio en manos de los campesinos. Este dato se traduce en un empate hegemónico, en el que las fuerzas políticas de hoy (mayorías históricamente postergadas) y las fuerzas económicas (minoría étnica dominante) no confluyen, impidiendo a cada grupo dirigir el país como quisiera. He aquí la responsabilidad de Evo Morales, que deberá asegurar el consenso para alcanzar una Constitución aceptada por todos los sectores, que garantice la unidad nacional y el principio de autoridad.

EL NOTABLE SOCIÓLOGO ARGENTINO Juan Carlos Portantiero [1] (1934-2007) definió como empate hegemónico aquella situación política en que cada uno de los grupos tiene suficiente energía para vetar los proyectos elaborados por los otros, pero ninguno logra reunir las fuerzas necesarias para dirigir el país como le agradaría. Una situación de empate, en definitiva, podría resumirse como la fase de no correspondencia entre dominación económica y hegemonía política. “la Constitución que aprobó el oficialismo, sin la presencia de la oposición, define al país como un Estado plurinacional, comunitario, democrático e intercultural

El empate hegemónico, según Portantiero (el más destacado intérprete argentino, por cierto, de la obra de Antonio Gramsci [2]), tiene lugar en contextos de crisis orgánica, es decir, situaciones de mantenimiento crónico del conflicto que no se resuelven como nueva hegemonía por parte de la fracción capitalista predominante ni como crisis revolucionaria para las clases dominadas.

Pese a que el ejercicio consistente en la extrapolación de categorías no resulta siempre el más sencillo (especialmente en contextos históricos disímiles), parecería ser que el caso boliviano se aproxima con bastante precisión al cuadro de situación descrito por Portantiero.

BOLIVIA HOY

Próximamente se discutirá en Bolivia la Constitución que aprobó el oficialismo sin la presencia de la oposición, y que define al país como un Estado plurinacional, comunitario, democrático e intercultural. Se consagran en la nueva Carta Magna (entre otras fórmulas innovadoras) diversos modos de propiedad colectiva junto a la propiedad privada y el autogobierno de las autonomías indígenas.

Con el objetivo de contrarrestar este proyecto (al que acusan de estadista, indigenista y autoritario), los prefectos y líderes cívicos de Santa Cruz, Tarija, Beni y Pando validaron la decisión de aprobar en referendos populares sus respectivos estatutos autonómicos. Desde el gobierno se critica el carácter secesionista del proyecto de estos departamentos, que junto con Cochabamba, representan el 70 por ciento del territorio y el 80 por ciento del Producto Interior Bruto (PIB) boliviano. “Casos como el boliviano, en los que la economía se halla en manos de una minoría étnica pujante, suelen derivar en crisis políticas de dimensiones insospechadas”

Los asuntos centrales que están en discusión en el enfrentamiento de Evo Morales con los gobernadores son: la naturaleza unitaria o plurinacional del Estado; el carácter de la participación de los pueblos indígenas en los sistemas político y económico; el orden territorial, la autonomía indígena y/o regional, y el alcance de la descentralización; la nueva organización institucional, incluidas la reelección presidencial y la representación política de los grupos étnicos en el Congreso; la relación entre las fuerzas armadas y la policía nacional; y la redistribución de la renta que generan los hidrocarburos como principal riqueza del país.

Ahora bien, ¿cuál es el proceso que está detrás de la crisis de hegemonía en el país andino? O, en otras palabras, ¿contamos con herramientas analíticas que nos permitan explicar el empate hegemónico que domina la vida política boliviana? La prestigiosa académica Amy Chua [3], profesora de Derecho en la Universidad de Yale, nos ofrece una respuesta interesante al abordar la interacción histórica entre minorías dominantes en la economía y mayorías postergadas que, en un momento determinado, acceden al poder político.

LA DESIGUALDAD COMO PUNTO DE PARTIDA

Según un informe PNUD, más de 100 poderosos clanes familiares detentan en Bolivia aproximadamente 25 millones de hectáreas. Esta cifra representa cinco veces la cantidad de tierra que poseen dos millones de empobrecidos campesinos e indígenas bolivianos.

La creciente desigualdad en el país andino nos remite al análisis de Amy Chua en World on Fire: How Exporting Free Market Democracy Breeds Ethnic Hatred and Global Instability (Doubleday, 2003). Chua (hija de un matrimonio de la minoría china dominante en la economía de Filipinas) busca explicar por qué la combinación de libre mercado y democracia electoral no conduce irremediablemente a la estabilidad política de los países. Casos como el boliviano (en los que la economía se halla en manos de una minoría étnica pujante) suelen derivar en crisis políticas de dimensiones insospechadas.

ESCENARIOS POSIBLES DE CRISIS

El conflicto hace mella cuando la minoría étnica dominante en la economía pierde las riendas de la política nacional (ya sea porque es derrotada electoralmente o, en los casos en que no controla directamente el poder político, porque se desvanece su alianza con los grupos en el gobierno), que pasa a manos de las mayorías históricamente postergadas. “Para que la situación de empate hegemónico no recale en uno de los escenarios de crisis descritos por Chua, se requiere de una visión aguda y del abandono de las mezquindades en el proceso de construcción política” El resultado es la inestabilidad política, con tres escenarios posibles:

1) confiscación o nacionalización de las propiedades de la minoría dominante;

2) reacciones autoritarias de las minorías (por ejemplo, apoyo o financiación a golpes de Estado para frenar el avance de las mayorías autóctonas); ó

3) violencia (a veces al extremo de la limpieza étnica) de las mayorías postergadas contra las minorías.

Un cuarto elemento, susceptible de atravesar cualquiera de los tres escenarios anteriores, es la secesión territorial del país.

La historia, según Chua, nos ofrece una enorme cantidad de casos en que minorías étnicas controlan el sistema económico, mientras que otros grupos manejan los hilos del poder político, con una posibilidad siempre latente de crisis bajo alguno de los cuatro escenarios mencionados. La situación de las minorías chinas en Indonesia, Filipinas, Malasia o Tailandia, la de las indias en Kenia, Tanzania o Uganda, la de las blancas en el sur de África (Zimbabwe, Sudáfrica y Namibia) y en América Latina (Bolivia, Ecuador y Guatemala), la de las croatas en la ex Yugoslavia, o la de las judías en la ex Unión Soviética, son ejemplos interesantes que cita la autora.

EL DESAFÍO INMEDIATO

Bolivia deberá alcanzar, en poco tiempo más, una Constitución que, aceptada por todos los sectores, garantice la unidad nacional y el principio de autoridad. De la capacidad para generar consensos que demuestre el gobierno del presidente Morales dependerá no sólo su proyecto revolucionario, sino también la contención de un etnonacionalismo de consecuencias impredecibles.

En suma, para que la situación de empate hegemónico no recale en uno de los escenarios de crisis descritos por Chua, se requiere de una visión aguda y del abandono de las mezquindades en el proceso de construcción política.