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El desenlace de la reciente crisis entre Colombia, Venezuela y Ecuador, más allá del alivio que produce la neutralización del riesgo de una confrontación militar, pone en evidencia una sorprendente falta de seriedad en las acciones de los gobiernos de la región, afirma el autor, para quien estos hechos reafirman el grave déficit de cultura democrática que afecta aún a buena parte de los políticos latinoamericanos.

(Desde Montevideo) TODOS ESTAMOS ALIVIADOS AL CONOCER que la grave crisis desatada entre los países andinos ha sido superada o, al menos, que los riesgos de una confrontación bélica se hayan diluido.

El conflicto, motivado por la incursión del ejército colombiano en territorio ecuatoriano para desarticular un grupo de las FARC que estaba instalado en dicho territorio, amenazaba convertirse en una crisis de enormes proporciones con riesgo de guerra. “El presidente Chávez trató al presidente Uribe de criminal, mafioso, además de lacayo del imperio

El inefable presidente de Venezuela, Hugo Chávez, sin tener arte ni parte en el episodio, aumentó sin embargo la intensidad del conflicto al insultar al presidente de Colombia, Álvaro Uribe, y al movilizar sus tropas hacia la frontera con ese país. Por su parte, Ecuador hizo lo mismo, y unos días después se sumó Nicaragua a esta escalada de confrontación en la que la palabra guerra resonó amenazante durante esos días.

LOS HECHOS

Ecuador, Venezuela y Nicaragua acusaban al gobierno de Bogotá de actuar como mandadero del gobierno de Estados Unidos para desatar una lucha contra los países latinoamericanos con gobiernos populares.

“Los que pocos días atrás se trataban como enemigos, insultándose sin medida, ahora se confundían en apretados abrazos, atribuyendo todo al carácter caribeño” Por su parte, el gobierno de Colombia hacía públicos numerosos documentos que, de acuerdo a su versión, probaban un inaceptable apoyo expreso de los gobiernos de Venezuela y Ecuador al grupo terrorista de las FARC. En definitiva, se señalaba que los gobiernos vecinos estaban conspirando para hacer caer al gobierno legítimo en Colombia.

Estos hechos estuvieron acompañados de retiros de embajadores y ruptura de relaciones diplomáticas. El presidente Hugo Chávez trató al presidente Uribe de criminal, mafioso, además de lacayo del imperio.

La Organización de los Estados Americanos se movilizó y puso en marcha sus mecanismos de mediación. Con el objetivo de acercar a las partes, Brasil buscó atemperar los ánimos y se buscó febrilmente un entendimiento. Las acciones impulsadas por los diferentes gobiernos de la región eran de tal gravedad que hacía difícil y ardua su solución.

¿SOLUCIÓN?

Pues bien, en medio de estas graves circunstancias, en forma sorpresiva e inesperada, durante la Cumbre del Grupo de Río en Santo Domingo, los mandatarios de los países en conflicto comenzaron a abrazarse repentinamente ante el asombro y la perplejidad de todos los asistentes y de la opinión pública mundial. “Estos hechos llevan a que el resto del mundo mire con sorna y subestimación a nuestro continente”

Los que pocos días atrás se trataban como enemigos, acusándose de gravísimas acciones e insultándose sin medida, ahora se confundían en apretados abrazos, acompañados de comentarios jocosos y atribuyendo todo al carácter caribeño.

Este desenlace, más allá del alivio que nos produce por la neutralización del riesgo de una confrontación militar, pone en evidencia nuevamente una sorprendente falta de seriedad en las acciones de los gobiernos de la región. “El mensaje de inestabilidad institucional y de imprevisibilidad de las acciones de estos gobiernos, ahuyenta los capitales y reduce la potencialidad para el desarrollo” Estos hechos afectan sustancialmente la credibilidad de estos gobernantes, generan una preocupante sensación de inestabilidad y ponen de manifiesto la inmadurez de nuestras democracias.

Es muy preocupante que los gobiernos de estos países puedan pasar, sin solución de continuidad, de las gravísimas acusaciones y sus consiguientes acciones de confrontación a un viraje repentino sin explicación que convierte la virulencia en abrazos y sonrisas.

En todo caso, estos hechos no hacen otra cosa que reafirmar el grave déficit de cultura democrática que afecta a una buena parte de los políticos y gobernantes latinoamericanos. Afecta también la credibilidad de estos países en el concierto mundial y, lamentablemente, lleva a que el resto del mundo mire con cierta sorna y subestimación a nuestro continente.

NADA DE QUÉ ALEGRARSE

El episodio no es de poca importancia. Pone de manifiesto la falta de equilibrio de los gobernantes para enfrentar situaciones muy serias y graves y expresa una preocupante inmadurez política. “El desenlace de la crisis reafirma los peores prejuicios sobre nuestra idiosincrasia latinoamericana y sobre nuestra condición subdesarrollada”

A su vez, estos hechos no sólo representan una afectación de la imagen de los gobiernos latinoamericanos, sino que también repercute en la capacidad que estos países y la región poseen para captar inversiones y para convertirse en socios comerciales de otras regiones del mundo. El mensaje de inestabilidad institucional y de imprevisibilidad sobre las acciones que estos gobiernos llevan adelante, es una señal inequívoca que ahuyenta los capitales y reduce la potencialidad para el desarrollo de nuestros países.

Este final de opereta con presidentes que luego de insultarse, agredirse, acusarse y estar a punto de atacarse con violencia, sin que nada haya cambiado, se abrazan a las risas delante de las cámaras de televisión del mundo entero como si fueran los mejores amigos, lejos de enviar una señal favorable para América Latina, reafirma en la opinión del mundo los peores preconceptos y prejuicios sobre nuestra idiosincrasia latinoamericana y sobre nuestra condición subdesarrollada.

Todo el episodio, desde el principio al fin, ha sido un enorme paso atrás en la afirmación y consolidación de una nueva imagen más estable y más democrática de nuestro continente. No hay, por tanto, nada de qué alegrarse.