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Francia y Alemania, ¿una pareja en crisis?

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La llegada de Sarkozy al Elíseo ha provocado algunos cambios en la política exterior francesa: un acercamiento a Estados Unidos, una mayor sintonía con el Reino Unido y mayor autonomía del tándem con Alemania. La transformación puede tener consecuencias a largo plazo para la cohesión interna de la Unión Europea, dice el autor.

(Desde Madrid) LA LLEGADA DE NICOLAS SARKOZY al Elíseo parece haber provocado algunos cambios en la política exterior francesa. En primer lugar, un acercamiento a Estados Unidos. En segundo término, una mayor sintonía con el Reino Unido y, como consecuencia de todo ello, una política exterior más autónoma del tándem en el que solía acompañarse con Alemania. Esa política exterior menos condicionada a un entendimiento con Berlín deja a Alemania más libre también en su toma de decisiones. El objetivo, no deseado por el Gobierno alemán, puede tener consecuencias a largo plazo para la cohesión interna de la Unión Europea.

Con cada nuevo presidente francés las relaciones bilaterales con Alemania sufren generalmente de un cierto periodo de frialdad. Así ocurrió con los últimos jefes de Estado franceses: Giscard d’Estaing [1], Mitterrand [2] y Chirac [3] y sus coetáneos Schmidt [4], Kohl [5] y Schroeder [6]. La cuestión ahora es que, según analistas y diplomáticos, el periodo está durando demasiado tiempo. Un hecho del que ha llegado a dar cuenta el diario italiano La Repubblica, al afirmar que no se había visto jamás un periodo tal de glaciación entre Francia y Alemania.

HORROR POR BERLÍN

“Se ha llegado a comentar cierta impericia diplomática de Sarkozy, al tratar a colegas extranjeros con los que no estaba de acuerdo igual que lo hace a la oposición en el Parlamento” Detrás de esta falta de calidez en unas relaciones hasta ahora estrechas parece haber motivos personales y, por supuesto, políticos. En lo personal, pesaría la supuesta falta de sintonía con la cultura alemana y lo alemán del actual inquilino del Elíseo, influido seguramente por la directa animadversión hacia lo germánico de su abuelo materno: un judío sefardí de Salónica (Grecia), convertido en Francia al catolicismo. El pasado diciembre y en una charla con estudiantes en la Universidad argelina de Mentouri, en Constantine, Sarkozy reconocía que su abuelo materno (el doctor Benedict Mallah) le había confesado su odio hacia los alemanes, lo que hacía, dijo el actual presidente francés, que en nuestra casa nunca se llamara a los alemanes por su nombre. La escritora Yasmina Reza [7] cita, en ese sentido, una conversación suya con Sarkozy para ilustrar su poca inclinación personal por Alemania. Sobre si Sarkozy se sentía mejor en Sevilla que en Oslo, el actual presidente francés matizó a Reza que no sólo en Oslo, sino en Berlín. Me horroriza Berlín, pero también Frankfurt, añadió a la escritora el actual inquilino del Elíseo.

“La falta de sintonía del eje París-Berlín se tradujo en la anulación, el pasado invierno, por parte de Francia, de dos citas importantes” La personalidad del presidente francés puede haber jugado también en contra del mayor acercamiento personal de los líderes de los dos países. En el entorno de Sarkozy se ha llegado a comentar cierta impericia diplomática del presidente francés, al llegar a tratar a colegas extranjeros con los que no estaba de acuerdo de la misma manera que lo hace a la oposición en el Parlamento. Un caso muy sonado, en ese sentido, fue la disputa que mantuvo con el ministro de Finanzas alemán, Peer Steinbrück, que llegó a corregir al presidente francés en una reunión del Ecofin (ministros de Finanzas europeos), con el consiguiente enfado de Nicolas Sarkozy. El mandatario francés pidió a la canciller alemana, Angela Merkel, que recriminara públicamente a su ministro, lo que Merkel no hizo.

Esa aparente falta de sintonía y de debilitamiento del eje París-Berlín se tradujo en la anulación el pasado invierno, por parte de Francia, de dos citas importantes con su vecino del otro lado del Rin. Una de las reuniones canceladas fue un encuentro habitual y regular entre los Gobiernos de los dos países, retrasado hasta el próximo 9 de junio. La otra reunión, la que tenían previsto mantener los ministros de Finanzas de ambos países, Christiane Lagarde y Peer Steinbrück, quedó, directamente, cancelada.

GAULLISMO EXTERIOR

“Sarkozy pretende establecer excepciones a los compromisos que él mismo adquirió de impedir déficit públicos en la zona euro por encima del 3 por ciento del PIB de cada país” En el cambio de humor entre París y Berlín ha tenido que ver también, y en mayor medida, las consideraciones en política exterior que el nuevo presidente francés ha llevado al Eliseo y al Quai d’Orsay (sede del Ministerio de Asuntos Exteriores francés). Los planteamientos de Sarkozy (que podrían ser calificados de un cierto neogaullismo) han chocado con los defendidos por el Gobierno alemán en algunas cuestiones clave de la política exterior común y europea. Uno de ellos es el papel desempeñado por el Banco Central Europeo, regulador del euro, la moneda común. Francia ha pedido una mayor relajación en los tipos de interés, para evitar un fortalecimiento de la moneda que se está dejando notar en la menor competitividad de las exportaciones francesas. Una consecuencia que no se sufre en Alemania, donde las exportaciones no se han resentido de los efectos de una moneda fuerte (sino al contrario), tal vez por el valor tecnológico de las ventas germanas en el exterior.

Otro de los puntos de colisión en el ámbito económico es la cuestión del déficit público francés. “Alemania apuesta por basar la Estrategia de Lisboa en la innovación tecnológica. Francia, por mantener y aumentar el tamaño de sus conglomerados económicos mediante medidas proteccionistas” Los trece miembros de la zona euro acordaron el año pasado equilibrar sus balances para 2010. Aunque Sarkozy asumió ese compromiso, también ha hecho hincapié en que sólo podrá cumplir ese objetivo si el crecimiento económico francés es más alto de lo que viene siéndolo en los últimos años. Es decir, pretende establecer excepciones a los compromisos que él mismo adquirió de impedir déficit públicos en la zona euro por encima del 3 por ciento del PIB de cada país.

Las discrepancias también se han producido en otros campos, como el de la política nuclear. Francia ha ofrecido a países del norte de África como Libia y Argelia la construcción de centrales nucleares, lo que ha provocado inquietud en Alemania por el riesgo que supone de proliferación nuclear en una zona tan sensible para Europa. También ha habido desencuentros en lo que se conoce como Estrategia de Lisboa, o política europea de fomento del crecimiento económico y el empleo. Alemania apuesta por basar esa estrategia en la innovación tecnológica y en nuevos sectores como las telecomunicaciones. Francia, por el contrario, en mantener y aumentar el tamaño de sus grandes conglomerados económicos mediante medidas proteccionistas.

HEGEMONÍA MEDITERRÁNEA

“Para Berlín, el proyecto de Unión Mediterránea se interpretaba como el deseo francés por ejercer su hegemonía como potencia protectora del Norte de África” El mayor desencuentro, sin embargo, se ha producido en la política mediterránea que Sarkozy quería establecer como inauguración de su próxima presidencia europea, en el segundo semestre de 2008. Desde el Eliseo se ha lanzado un proyecto llamado Unión Mediterránea, nacido del espíritu fértil y algo euroescéptico del consejero áulico Henri Guaino, que pretendía vincular a los países ribereños, tanto europeos como norteafricanos y de Oriente Próximo. Contó, en principio, con el apoyo a regañadientes de España y de Italia, que no pudieron evitar la presión francesa para que respaldaran el proyecto. Chocó, sin embargo, y desde el principio, con la oposición de Alemania, que no quería verse fuera de un proyecto que suponía una división de hecho de la Unión Europea, en la que la mitad de los países se quedaban ausentes de una zona tan importante desde muchos puntos de vista para el conjunto del continente.

Visto desde Berlín, el proyecto de Unión Mediterránea se interpretaba como el deseo francés por ejercer su hegemonía como potencia protectora del Norte de África, para dejar, en cambio, a Alemania que haga lo mismo en Europa del Este. “La mayor frialdad en las relaciones a un lado y otro del Rin parecen haber tenido una tercera consecuencia: el acercamiento de Francia y el Reino Unido” Se trataría, desde el punto de vista francés, de contrarrestar la creación de facto de una Mitteleuropa [8], tras el ingreso en la Unión de los países del centro de Europa a partir de 2004, lo que ha beneficiado a Alemania en términos económicos.

En definitiva, pelear por el liderazgo futuro de la Unión Europea en base a la importancia de cada país en según qué zonas de influencia. Moverse en esos parámetros (como antes de la paz de Versalles) implica para Alemania volver a caminar por una senda de incierto futuro y de probadas nefastas consecuencias. La canciller alemana presionó a Sarkozy para que dicha Unión Mediterránea no siguiera adelante, sino que la colaboración con el Mediterráneo utilizara los cauces ya establecidos por la Unión Europea en la Conferencia de Barcelona y, en su caso, se incrementaran. La paralización del proyecto inicial francés ha supuesto, en ese sentido, una victoria de la diplomacia alemana, que ha hecho ver a Sarkozy los riesgos que implicaba su iniciativa para la división de Europa.

HERMANDAD FRANCO-BRITÁNICA

“La nueva colaboración entre Londres y París va a tener un aspecto destacado en el uso civil de la energía nuclear, con la construcción de centrales en el Reino Unido con tecnología francesa” La mayor frialdad en las relaciones a un lado y otro del Rin parecen haber tenido una tercera consecuencia, la del acercamiento de Francia y el Reino Unido. La reciente visita de Estado del presidente francés a Londres ha puesto en evidencia esa nueva querencia de la diplomacia francesa por su vecino del otro lado del Canal. En un solemne discurso en el Parlamento de Westminster, reunidas en sesión conjunta las cámaras de los Lores y de los Comunes, Sarkozy ha querido subrayar sus deseos para crear una hermandad franco-británica, según sus propias palabras.

El primer ministro británico, Gordon Brown, no ha tenido sino parabienes para esa iniciativa francesa, por cuanto incide en el debilitamiento del eje París-Berlín del que siempre han recelado los británicos.

Históricamente, desde Londres se ha intentado disminuir la potencia del tándem franco-alemán, “Mediante la diplomacia inglesa, Sarkozy pretende acercarse a Estados Unidos para restablecer unas relaciones tocadas tras la oposición de Chirac a la invasión de Irak en 2003”bien (como ahora) reforzando las relaciones bilaterales con cada uno de esos países para convertir la pareja en un trío, o bien promoviendo la ampliación de la Unión Europea para diluir en ella la influencia de franceses y alemanes.

La nueva colaboración reforzada entre Londres y París va a tener un aspecto destacado en el uso civil de la energía nuclear, con la construcción de nuevas centrales en el Reino Unido con tecnología francesa. La posición más fuerte que Sarkozy quiere dar a Francia en el ámbito internacional pasa también por colaborar con el Reino Unido en materia de Defensa, en tanto en cuanto es con Francia, la otra potencia nuclear dentro de la Unión Europea y el otro país de la Unión que se sienta de forma permanente en el Consejo de Seguridad. Mediante esa diplomacia inglesa, Sarkozy pretende también, en última instancia, acercarse a Estados Unidos, para restablecer de forma definitiva unas relaciones con Washington tocadas tras la oposición del anterior presidente Chirac a la invasión estadounidense de Irak en 2003.

INTERDEPENDENCIA

¿Quiere todo ello decir que se puede hablar del final del eje París-Berlín y de la locomotora europea tantas veces comentada como vanguardia de la unidad del continente? A pesar de la frialdad del momento, no.

Tanto por lo imbricado de las relaciones económicas y comerciales (los intercambios entre Francia y Alemania y viceversa son los mayores entre dos países europeos), como por la necesidad de una coordinación política no parece adecuado poner fin a esa relación especial entre los dos países. Francia necesita a Alemania para ser fuerte en el mundo por medio de la Unión Europea y al revés y de esa necesidad mutua son conscientes las esferas políticas de los dos países.

No hay que negar, sin embargo, que ha habido mejores momentos en las relaciones bilaterales entre los dos países.