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La anarquía importada en Irak

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Funcionarios en Washington, Londres y París han afirmado que, para el común de los iraquíes, la situación de la seguridad ha mejorado gracias al incremento de las tropas de Estados Unidos. Sin embargo, los iraquíes continúan sufriendo, con miles de muertos, millones de heridos, y muchos más millones de desplazados. ¿Qué condujo a está anárquica situación y cómo puede contenerse?

(Desde Londres) MUCHOS DE QUIENES TOMAN LAS DECISIONES en Paris, Londres y Washington D.C. adivierten que el incremento en el número de tropas estadounidenses ha mejorado la situación de la seguridad de los iraquíes. Cierto, los atentados terroristas de los últimos meses y el número de víctimas iraquíes han disminuido en comparación con el mismo período en los últimos cinco años.

Pero los iraquíes siguen muriendo, si bien a un ritmo más lento que anteriormente. Los cálculos conservadores señalan un número de muertes civiles entre 82.000 y 90.000 (Iraq Body Count [1]). Otras estimaciones indican unas cifras mucho mayores: entre 650.000 (Lancet [2]) y 1,2 millones (Opinion Research Business [3]). Además, aproximadamente 2 millones de iraquíes han sido mutilados y heridos, y más de 2,2 millones se han refugiado en otros países, principalmente Siria, Jordania e Irán.

Una rápida deducción matemática revela que desde la invasión un tercio de la población total iraquí ha sido asesinada, mutilada o forzada a escapar de su patria.

AUSENCIA DE SEGURIDAD ESTRUCTURAL

“En una situación donde el Estado es incapaz de ejercer su monopolio de la violencia, las afiliaciones étnicas y tribales se convierten en las principales fuentes de seguridad e identificación” Incluso para el más ciego resultaría evidente que no existe un equilibrio viable en el país. Irak continúa sumida en la anarquía; sobre todo porque el ejército y la policía no tienen ni el alcance ni la autoridad institucional para garantizar la seguridad de la población. En medio de esta anárquica situación que se origina en una ocupación incompetentemente manejada y enferma desde su misma concepción, un cuasi-Estado se ha establecido por sí mismo bajo el liderazgo de Nuri al-Maliki [4]. Es un cuasi-Estado porque el gobierno de al-Maliki lucha para imponer su soberanía más allá de la Zona Verde, cuya desconexión del resto de Bagdad mediante muros fortificados e hileras e hileras de alambre simboliza el aislamiento del liderazgo del país.

La soberanía del Estado iraquí está constreñida porque no puede ejercer su monopolio de la violencia a lo largo y ancho del país; es incapaz de garantizar su propia seguridad. Ello se manifiesta por su respaldo a una presencia continuada de las tropas estadounidenses, por supuesto. Pero también se reflejó en la reciente invasión a las áreas kurdas del Norte de Irak por el ejército turco para persuadir a los rebeldes del Partido de los Trabajadores de Kurdistán (PKK [5]). El simple hecho de que el Estado iraquí no pudiera evitar una invasión directa de una fuerza exterior indica su incapacidad para asegurar sus fronteras.

Esta carencia de seguridad estructural y la ausencia de instituciones estatales efectivas han exacerbado las divisiones étnicas. “La milicia Mahdi ha fortalecido sus capacidades políticas y militares para posicionarse a sí mismo en el centro de la política iraquí tras la ocupación” En una situación anárquica tal, donde el Estado es incapaz de ejercer su monopolio de la violencia, las afiliaciones étnicas y tribales se convierten en las principales fuentes de seguridad e identificación. Así que una conceptual guerra de atrición se torna inevitable explicando por qué todos los postores están comprometidos con ella: los grupos chiíes próximos a Irán, incluyendo la milicia Mahdi liderada por Moqtada al-Sadr [6]; algunos de los grupos suníes aliados a Al-Qaeda y parcialmente financiados por simpatizantes en Arabia Saudí; y vestigios de la dictadura baazista que han acaparado a partidos tipo al-Qaeda para luchar contra las milicias chií, los grupos moderados suníes, los líderes tribales, las facciones kurdas, y el propio gobierno de Nuri al-Maliki.

Debería notarse que al-Qaeda en Irak y los fieles baazistas han sido seriamente debilitados, apuntados por el ejército de Estados Unidos. Moqtada al-Sadr está jugando un inteligente juego en este sentido, anticipando que el acuerdo de alto el fuego con las Fuerzas de la Coalición (cuya presencia ha sido recientemente prolongada) aumentarán la presión sobre al-Qaeda en Irak y los fieles baazistas. Mientras tanto, la milicia Mahdi ha fortalecido sus capacidades políticas y militares para posicionarse a sí mismo en el centro de la política iraquí tras la ocupación.

JUGANDO CON LA BAZA ANTI-IRANÍ

La anárquica situación en Irak es consecuencia directa de la guerra y de la incapacidad tanto del gobierno de al-Maliki y como de la Administración de George W. Bush para promover unas estructuras de seguridad viables en el país que fuesen lo bastante fuerte para extender la soberanía del Estado más allá de la Zona Verde. “La mayor parte de los iraquíes sigue a favor de una retirada de las tropas estadounidenses. En este sentido, Estados Unidos ya ha perdido la guerra” A la luz de estos hechos, sólo los apoyos más fervientes de la invasión continúan negando que la guerra de Irak ha sido un desastre de históricas proporciones, tanto en términos del inefable terror que ha desencadenado sobre la población iraquí (en Falluja, en Abu Ghraib, en Haditha), como en términos de la agenda de la política exterior de Estados Unidos en la región y más allá.

Deberían darse cuenta de que la mayor parte de los iraquíes continúa a favor de una retirada total de las tropas estadounidenses. En este sentido, Estados Unidos ya ha perdido la guerra. Es también indicativo que el actual gobierno iraquí (así como el de Hamid Karzai [7] en Kabul por lo mismo) han estrechado lazos con Irán. Es su reciente visita a Bagdad, el presidente Ahmadinejad firmó una docena de acuerdos con los sectores políticos, culturales y económicos. Resulta más bien irónico el que se nos haya dicho que éste sería un peligroso desarrollo, que los iraquíes deberían desconfiar de los iraníes; que los persas siempre han traicionado a los árabes; que sería mejor reavivar el mito de la enemistad endémica entre persas y árabes; que ello favorecería a la balanza de poder en la región. “Cuanto más demonice Estados Unidos a Irán, mayor oportunidad otorgará al Estado iraní para capitalizar su oposición a la política exterior estadounidense en la región” Sin mucha diferencia respecto a Sadam Hussein, el presidente Bush y el vicepresidente Cheney han jugado repetidamente con la baza iraní para conducir a los Estados regionales de acuerdo con su agenda de política exterior y desviar la atención de la ocupación israelí. Sin embargo, en esta estrategia política, les ha salido, más bien, el tiro por la culata, sobre todo porque la opinión pública árabe y musulmana es reticente a comercializar con los sentimientos anti-israelíes.

Efectivamente, cuanto más demonice Estados Unidos a Irán, más oportunidad otorgará al Estado iraní para capitalizar su oposición a la política exterior estadounidense en la región. ¿Quién duda de que en el caso de confrontación de Estados Unidos e Israel contra la República Islámica, al final se movilizaría fácilmente a los musulmanes y a la opinión pública internacional a favor de ésta? A quienes lo hagan, resultará difícil explicar por qué Mahmoud Ahmadinejad tiene más respaldos en Caracas, El Cairo, Estambul, Damasco, Beirut y La Habana que los que tiene en Teherán, Isfahan y Shiraz.

En mi opinión, intentar prender fuego a Irán por la funesta situación en Irak puede servir al propósito de vender, a una reticente comunidad internacional, unas mayores sanciones a Teherán. El incremento en el número de tropas puede haber pacificado ciertos sectores de Bagdad, pero no existe una voluntad política concertada tras ella” Pero ello no dirige las causas que originan la anarquía en Irak y que se derivan de la incorregible decisión de invadir al país sin el mandato explícito de Naciones Unidas y sin una estrategia viable de posguerra para gestionar la ocupación. La anarquía en Irak se ha importado; se ha originado en la incompetencia de las administraciones de George W. Bush y Tony Blair. Resulta increíblemente hipócrita incendiar los Estados regionales para intentar contener el derrame de la guerra tras haber invadido el país sin un mandato internacional específico. Las ciudades y ciudadanos turcos han sido bombardeados repetidamente por el PKK, e Irán luchó durante ochos años en una guerra contra Sadam Hussein en un tiempo en el que era el querido de los gobiernos de Reagan y Thatcher. Ambos Estados deberían considerar esta cuestión a favor de su propio interés nacional para contener las amenazas a la seguridad que emanan de esta anárquica situación apenas en el umbral de su puerta.

SIN ESTRATEGIA DE FUTURO PARA EL PAÍS

Sin embargo, la administración Bush se muestra intransigentemente ajena a estos parámetros regionales. “El Estado iraquí solo extenderá su soberanía cuando su legitimidad sea aceptada por la mayoría de los distritos políticos importantes” Y empeora las cosas el que no exista una estrategia futura para el país. El incremento en el número de tropas puede haber pacificado ciertos sectores de Bagdad, pero no existe una voluntad política concertada tras ella. Aliviar el dilema de la seguridad del cuasi-Estado iraquí y extender su soberanía requiere abordar la tarea desde dos aproximaciones estratificadas; Jano encaró, en otras palabras, un lado dirigiendo la situación de la seguridad interna, y el otro encarando a la región.

El Estado iraquí solo extenderá su soberanía en una situación en la que su legitimidad sea aceptada por la mayoría de los distritos políticos importantes en el país. Actualmente, éste no es el caso. Los kurdos han extendido su autonomía en el Norte de Irak, ejemplificado por sus intentos de negociar acuerdos petrolíferos directamente con las compañías internacionales. Los grupos suníes apuntan a la naturaleza sectaria del gobierno de Nuri al-Maliki que es dominado principalmente por los partidos chiíes. “Se necesita una campaña diplomática global liderada por Naciones Unidas, la UE y Estados Unidos que traiga a la mesa de negociaciones a los principales poderes regionales” Sólo una campaña a favor de la reconciliación nacional bajo la supervisión de las Naciones Unidas podría ligar a las facciones alineadas con los procesos políticos y darles un cetro compartido en futuro del país; sobre todo porque, con semejante contexto, los iraquíes podrían renegociar lo que significa ser iraquí en primer lugar.

La segunda vía precisa dirigir la dimensión regional del conflicto. Existen muchos postores que son excluidos en la ecuación sobre la seguridad. Paradójicamente, Arabia Saudí, el fiel aliado de Estados Unidos en el Golfo Pérsico, actualmente no dispone siquiera de Embajada en Bagdad, mientras que Irán, el gran enemigo del establishment neoconservador en Washington, ha mantenido diversas negociaciones con Estados Unidos sobre la situación de la seguridad en Irak.

Lo que se necesita es una campaña diplomática global liderada por las Naciones Unidas, la Unión Europea y Estados Unidos que traiga a la mesa de negociaciones a los principales poderes regionales como Turquía, Irán, Arabia Saudí y Siria. Ello ampliaría el poder negociador internacional del cuasi-Estado iraquí y aumentaría su legitimidad el los más amplios mundos árabes. De forma ideal, ello procuraría la construcción del mínimo denominador común de seguridad en el que todos los participantes del conflicto pueden convenir: la prevención de la desintegración del Estado nación iraquí en tres belicosas entidades.

EL ÚNICO OBJETIVO, ESCAPAR SIN HUMILLACIÓN

Todo iraquí tendría el total derecho de tacharme de idealizado filósofo de diván. “El último propósito de las actuales deliberaciones es escapar del fango sin ser humillados; establecer un contexto en el que la guerra sea vendida como una victoria” Soy consciente de que la realidad sobre el terreno para los millones de iraquíes directamente afectados por esta atroz guerra se antoja más bien diferente de la de mi oficina, en el campus de la prestigiosa Escuela de Estudios Orientales y Africanos (SOAS [8]) en Londres. Pero agregaría que la mayor parte de los funcionarios que toman las decisiones en el Departamento Estatal de Foggy Bottom, en Washington D.C., cuyo ampliamente vendido trabajo ha entregado la libertad y la democracia al pueblo iraquí, están incluso aún más lejos de las realidades del país, y, ay, incluso, cada vez más.

Quienes deciden en Estados Unidos, republicanos y demócratas, han aprendido algo del desastre en Irak: las políticas exteriores no han de tener un significado, sólo un propósito. Tanto si es el incremento de efectivos policiales, como la promesa de retirar las tropas estadounidenses, el último propósito de las actuales deliberaciones es escapar del fango sin quedar humillados; establecer un contexto en el que la guerra sea vendida como una victoria (Bush utilizó este término tres veces en su reciente declaración con motivo del quinto aniversario de la invasión). Nadie, ay, salvo unos pocos intelectuales iraquíes, deliberan seriamente sobre una iniciativa diplomática osada en línea con lo dicho unos párrafos atrás.

Mientras tanto, Irak, como Estado-nación y como idea, permanece suspendida. A menos que haya un esfuerzo internacional concertado para vigorizarla de nuevo, la anárquica cultura política que define al país continuará engendrando su propia dinámica destructiva. Fue, precisamente, durante períodos políticos turbulentos (mucho menos anárquicos que el iraquí), en los que surgieron los Hitlers, Stalins y Saddams de este mundo. Estoy convencido que, sólo mediante un esfuerzo radical por cambiar la actual situación, podrá preservarse la posibilidad de un futuro en el que narrar la historia de Irak no sea reflejo de una lealtad sectaria o de una vulgar fidelidad ideológica.