bankimoon.jpgEl estilo Ban Ki-moon debe experimentar un giro sustantivo, a fin de evitar que la ONU se convierta en la (fracasada) Liga de las Naciones del siglo XXI y deje de ser un taller de conversación cómodo para Washington, dice el autor.

(Desde Santiago de Chile) ME HE REFERIDO EN TRABAJOS ANTERIORES a la buena noticia que significó para el mundo, y sus esperanzas de escenarios de paz más estables, el surgimiento de la Organización de las Naciones Unidas (ONU), tras el fracaso de la Liga de las Naciones.

La Liga demostró con los hechos su incapacidad para evitar conflagraciones bélicas tanto dentro de las fronteras de sus miembros, como entre países. Con el fin de la Primera Guerra Mundial, el mundo quedó horrorizado por las armas y poderío empleados –para la época–, incluyendo armas químicas. De modo que a los cuarenta y dos signatarios que suscribieron su acta constitutiva en enero de 1919, les abrigaba una gran esperanza de poder por fin contener eventuales brotes de guerra.

Sin embargo, vino la Segunda Guerra Mundial y la Liga de las Naciones demostró su total incapacidad de prever y evitar conflictos de escala mundial. Con apenas menciones secundarias a esta fracasada instancia, nació en 1945 la ONU con el anhelo, una vez más, de buscar la paz como el centro de la convivencia internacional, incluso más allá de la soberanía de sus miembros constituyentes. Es decir, operar también como una suerte de supra-Estado con la característica central de la vocación por la paz planetaria.

UNA INSTANCIA ADICIONAL

“La existencia de la ONU ha operado como instancia adicional antes de desatarse o abortarse hipótesis de guerra” Nadie en su sano juicio podría rebatir el rol que la ONU ha jugado en sus más de sesenta años de existencia, hasta es posible preguntarse ¿cómo habría sido el actual escenario mundial sin la existencia del organismo? Las posturas serían diversas, pero su existencia, al menos, ha operado como una instancia adicional antes de desatarse o abortarse hipótesis de guerra, revueltas intestinas o hambrunas, en algún punto del globo.

Ahora bien, si aceptamos que la convivencia global sería más precaria sin la ONU, podríamos visualizar la emergencia de dimensiones de riesgo potencial, en el entramado geopolítico contemporáneo. Éste es un buen método, considerar la ONU como reactivo limitante de la reacción química mundial, y observar que reacciones se desencadenarían. Adicionalmente, aquellas naciones o líderes que aspiran a hegemonías egoístas o tramposas, que favorecen escenarios en que ellos no resulten chamuscados, serían catalizadores en este conjunto de ecuaciones estequiométricas.

“El que Ban Ki-moon no interrumpiera sus vacaciones ante el estallido en las provincias de Abjasia y Osetia del Sur es una grave señal” El reciente caso de la zona del Cáucaso, el conflicto Ruso-Georgiano, en cuanto su asociación con la ONU, parece haber demostrado una carencia sincrónica entre el papel del organismo y el liderazgo esperado de su Secretario General. Hay representantes de naciones miembro, a uno y otro lado del charco, que le representan su grave ausencia protagónica en este conflicto.

Según éstos, el hecho de que Ban Ki-moon no interrumpiera sus vacaciones ante el estallido en las provincias de Abjasia y Osetia del Sur es una grave señal, para lo que se espera de la organización y de su líder. Más grave aún, consideran que su falta de musculatura política, a la hora de referirse al escenario, lo desperfilan gravemente. Y, lo que es peor, pone en entredicho a la ONU frente a sus objetivos institucionales, respecto del eje central: evitar y combatir, oportuna y acertadamente, focos atentatorios a la paz.

FUNCIONAL A WASHINGTON

“Su estilo individualista encierra una amenaza latente, que las decisiones del organismo equivalgan a las decisiones de Secretario General, restando fortaleza al cuerpo colegiado” A Estados Unidos el estilo de Ki-moon le es muy cómodo, pues si hay alguien que pueda discrepar y vetar sus acciones hegemónicas en el mundo es el órgano supranacional, y con la debilidad de su Secretario General las barreras a esos actos se reducen sustantivamente. Aunque sus defensores expresan que su estilo es el de la diplomacia del silencio, esta explicación no lo releva del efecto que provoca en la ONU, en cuanto a la percepción de quienes trabajan en la sensibilización de los diseños estratégicos en el mapa político mundial.

Por otra parte, su estilo individualista, en que las decisiones las personaliza al punto en que los sesudos informes preparados por los expertos duermen, en muchos casos, el sueño de los justos y, a lo más, escucha u considera en una pequeña proporción las opiniones de su blindado círculo próximo, encierra una amenaza latente, cual es que las decisiones del organismo equivalgan a las decisiones de Secretario General, carcomiendo los fundamentos estructurales de la asamblea y restando fortaleza al cuerpo colegiado.

Todos estos elementos dan fuerza a la definición de George W. Busch del organismo: ONU es un taller de conversación. Sin duda que este escenario deja a Estados Unidos más grados de libertad que los que razonablemente debe tener, considerando el peso de su fuerza militar en el planeta.

Incluso, el apelativo de hombre invisible, que el diario español El País le otorgó a Ban, en un reciente reportaje, junto a lo aquí señalado, debieran incitar a los países miembros a redoblar los esfuerzos por no hacer de la Organización de las Naciones Unidas una Liga de las Naciones del tercer milenio.