ambulante.jpgVendedores ambulantes, trabajadores por cuenta propia, obreros especializados, técnicos, microempresarios, pensionados y aun profesionales universitarios, se ven enfrentados a una realidad paradójica y desesperanzadora en América Latina. Ven que sus esfuerzos los mantienen atados a una situación de penuria de vida de la cual no pueden escapar.

(Desde Santiago de Chile) AMÉRICA LATINA Y EL CARIBE (ALC) podrían verse como una región continente de personas que mayoritariamente transitan, en el curso de sus vidas, entre ser pobres, estar al filo de la pobreza o en vías de empobrecimiento. Dicho así suena desesperanzador pero la verdad es que, dadas las actuales condiciones de inseguridad humana, muy pocos de nosotros podría decir que ha superado para siempre el riesgo de empobrecimiento. La mayoría de nosotros vivimos acercándonos más o menos a algún tipo de pobreza, y aún muchos entrando y saliendo abiertamente de ella en un círculo agobiante. Esta pobreza fronteriza, parece extenderse por sus dos lados, y más aún sobre la cota del ingreso mínimo de sobrevivencia. Muchas más personas en ALC hoy son pobres por factores distintos a los del ingreso.

Nos decía Alicia, al definir con sus palabras esta modalidad de pobreza fronteriza, que se está al borde de la pobreza porque cada mes una tiene que arreglárselas con el dinero que tiene, y tiene que decidir cual factura va a pagar o dónde va a abonar un poco aquí y un poco allá; sin poder nunca darse el gusto de tener todas las cuentas al día. Una siente que está condenada a vivir al tres y al cuatro, y que el hambre y el frío también nos tocan. (La Historia de Alicia Cárdenas)

“Personas que no eran pobres por razones de ingreso, llegaron a serlo abruptamente, como consecuencia de los impactos de la economía mundial globalizada” La palabra frontera indica que estamos frente a una línea que nos delimita y distingue; frente a una demarcación que nos pone requisitos para traspasarla. Toda frontera tiene así dos partes, y sólo se entiende la una por la otra. El segmento fronterizo de pobres que han superado el ingreso mínimo de sobrevivencia, parece estar extendiéndose abrumadoramente para incluir a sectores sociales que nunca fueron considerados como pobres, y menos aún soñaron considerarse a sí mismos como tales. Por muchas razones, las personas parecen estar perdiendo capacidades para sobrellevar una vida autónoma y socialmente viable. El temor parece constante y creciente, en los estratos de menores ingresos en nuestras sociedades. Vendedores ambulantes, trabajadores por cuenta propia, obreros especializados, técnicos, microempresarios, pensionados y aún profesionales universitarios, se ven enfrentados a una realidad paradójica y desesperanzadora. Ven que sus esfuerzos los mantienen atados a una situación de penuria de vida de la cual no pueden escapar. Por su parte, el pasado mes de mayo, el Banco Interamericano del desarrollo, nos alertaba con la escalofriante realidad de que un incremento del 30 por ciento en seis de los alimentos básicos, como la harina, el maíz, la carne, los frijoles y el arroz, causaría que al menos unos 26 millones de nuevas personas pasen a formar parte de los pobres de ingreso. Esto significa que personas que no eran pobres por razones de ingreso, llegaron a serlo abruptamente, como consecuencia de los impactos de la economía mundial globalizada.

UNA VIDA EN SUSPENSO

Los requerimientos asistenciales, y la escasez de recursos públicos, nos han mantenido tan ocupados de los pobres de ingreso que no hemos advertido, suficientemente, la acumulación de personas por encima de la línea de la pobreza que viven una situación creciente de inseguridad humana “La resignación a los relativismos nos ha llevado a pensar que estamos mejor que África donde la mayoría nace en vía de empobrecimiento y suele morir, muchas veces prontamente, sin salir de esta ruta fatal” y continúan privados de las condiciones sociales y económicas que les permitan desarrollarse como personas, y hacer uso de libertades efectivas. La mayoría de los países que han tenido éxito en mejorar sus indicadores de pobreza, como Costa Rica, Chile o Uruguay, lo que han hecho bien, pero no como para dar por concluida la faena, es transferir pobres hacia una pobreza fronteriza inmediata, por sobre la línea de pobreza; formando allí un estanco de fragilidad humana. Quizá, en esos casos, nos hemos anticipando a cantar victoria; ante un problema que parece hacerse más complejo y difícil de enfrentar en los próximos años. Es necesario entonces advertir sobre ello, y volver la mirada en América Latina y el Caribe hacia este creciente grupo humano de pobres fronterizos.

La resignación a los relativismos, nos ha llevado a pensar que estamos mejor que África donde, claro, la mayoría nace en vía de empobrecimiento y suele morir, muchas veces prontamente, sin salir de esta ruta fatal. La precarización del empleo, la desvalorización del conocimiento, considerado obsoleto por los mercados, y la reducción del valor real de las pensiones, junto a otros factores, envía cada día a más personas en ALC a una frontera de pobreza que se consolida penosamente.

La pobreza, en sus diversas formas y grados, nos acerca a una vida en suspenso y de hecho representa, hasta cierto punto, una muerte provisional de las posibilidades de construir una identidad de nosotros, que nos otorgue capacidades, desde nuestras propias potencialidades, de ser personas activas y responsables de nuestro propio destino. Arrojados en la pobreza, sólo nos queda la sobrevivencia sin futuro, desplegada en un interminable respirar que se nos hace insoportable, porque no acaba con nosotros.

DEMOCRACIA Y DEMOCRATIZACIÓN

La pobreza se arrastra y se carga. “Quizá los pobres fronterizos sean una clase que aún no sabe que lo es, y que aún no concibe que la articulación de su agenciamiento individual podría constituirse en acción colectiva” La economía real no necesariamente carga con la pobreza, ya que las economías pueden crecer aún existiendo millones de pobres. Son los pobres quienes sufren a diario las consecuencias. La llegada de la democracia, que duda cabe, trajo en los noventa un aire de alivio de las opresiones. Pero, muy a pesar de quienes nos consideramos sus promotores, la democracia por sí sola no ha podido cumplir las expectativas de los ciudadanos y, sin proponérselo, ha desatado desalientos, repuesto frustraciones antiguas y abierto otras nuevas. La democracia no ha podido dar paso a las necesarias democratizaciones. Las bienvenidas modernizaciones, por su parte, se han distribuido desigualmente, y cada vez que se han masificado parecen servir de puente a nuevas fuentes de conflictos perseverantes: entre el Estado y una ciudadanía discontinua, entre las empresas y el Estado, y entre ellos y una sociedad civil carente de fuerza política. A la base de todo ello, están los conflictos entre el sistema tecno-económico y el medio ambiente natural, así como el impacto de los mercados globalizados. En este contexto, la pobreza se transforma y renueva, y lo que se hace crónico ya no siempre son los pobres entre los pobres, sino los que no dejan de ser pobres del todo, y los que van y vienen de la pobreza, o que no pueden asegurar que han dejado de serlo. Este nuevo grupo creciente de pobres fronterizos, ahora integrado por pobres educados, para quienes no hay demanda laboral, vive días de apogeo y expansión en ALC (y, posiblemente en otras realidades territoriales).

Por cierto, que estos emergentes pobres fronterizo están lejos de conformar una clase social, en el sentido que le atribuirían los sociólogos. Para empezar, lo más probable es que ni siquiera tengan conciencia de su propia existencia, y por tanto no existirían para sí, para reconocerse, para encontrase con semejantes, y menos aún para reivindicarse socialmente. Quizá los pobres fronterizos sean una clase que aún no sabe que lo es, y que aún no concibe que la articulación de su agenciamiento individual podría constituirse en acción colectiva. Por ahora, estos pobres fronterizos no representarán una amenaza para la gobernabilidad en la región pero, desde luego, eso tan solo es un asunto de tiempo. Se esperaría que los partidos políticos representativos, den vuelta su mirada hacia estos pobres fronterizos, y que nuestra sociedad civil interrumpa su comprensible prioridad hacia la mayor urgencia, para destinarles recursos y esfuerzos. Cabe concluir, que los pobres fronterizos seguirán incrementándose, y lamentándose de su infausta realidad hasta que…, bueno, hasta que quizá lleguen a la mayoría de edad; al tiempo de llegar a ser una mayoría relativa de todos los habitantes de América Latina y el Caribe. ¿Llegaremos a ser un continente de pobres fronterizos?

Para desaliento de los que anhelamos ponerle fin, la pobreza se transforma y renueva. Hay que lidiar, entonces, con estas nuevas realidades de empobrecimiento, fortaleciendo las democracias pero, sobre todo, y sin duda, expandiendo las condiciones para la realización de las libertades efectivas. Las personas no solamente tienen derecho a decir y decidir lo que quieren hacer con sus vidas, sino que ello es una condición necesaria de la sustentabilidad social de nuestra especie. La democracia debe correr el riesgo de la libertad, ya que éste parece ser el único camino abierto para terminar con todas las formas de pobreza, injusticia e inseguridad humanas; asegurando con ello sociedades en las que podamos convivir en paz, y con el nivel de decencia y dignidad propios de una única y diversa Humanidad.