unasur.jpgLa integración que demanda América Latina es aquélla que genere desarrollo económico, social y humano, con infraestructura que permita el libre tránsito de bienes y personas, pero, alejada de nacionalismos mediáticos. Por ello, hay que fortalecer a la CAN y al Mercosur como bloques, más allá de las reuniones esporádicas promotoras de falsas esperanzas, dice el autor.

(Desde Bogotá) HABLAR DE INTEGRACIÓN EN SURAMÉRICA no es hablar únicamente de UNASUR, pues son dos los esquemas de integración actualmente vigentes en Suramérica: la Comunidad Andina (CAN) y el Mercado Común del Sur, Mercosur.

Ambos bloques no han logrado, hasta la fecha, un significativo avance en la profundización de sus respectivos procesos de integración, dada la escasa voluntad política de los gobiernos regionales para otorgarle a dichos bloques la supranacionalidad requerida para tales fines, pues la integración en Suramérica no ha dejado de ser una política de gobernantes de turno.

ENTRE MODELOS DE DESARROLLO Y POPULISMO DEL SIGLO XXI

Actualmente la CAN se encuentra en crisis, debido a los recientes enfrentamientos por la reforma al régimen de propiedad intelectual, que fueron propuestos por Perú para poder ajustar su legislación en aras de implementar el tratado de libre que suscribió con Estados Unidos. “Más allá de unas cuantas cumbres presidenciales, en el momento de implementar lo acordado es donde la integración andina se ha estancado”

Bolivia, no sólo no aceptó nunca la propuesta peruana, respaldada por Colombia y Ecuador, sino que además llegó a pedir la salida del actual Secretario General de la CAN, por un concepto jurídico respecto a los procedimientos de votación para la adopción de la reforma.

Lo que se deriva de todo este enfrentamiento, más allá de los pobres argumentos del gobierno boliviano, es que la región andina está presenciando una lucha en la que, por un lado, están los países que tratan de mantener modelos de desarrollo que abogan por un regionalismo abierto, que permita profundizar el comercio internacional, más allá de las fronteras andinas, y, por el otro, el discurso neopopulista del siglo XXI en el que se quiere imponer un proteccionismo irracional.

“Sería ilógico y necio negar los beneficios que puede traer para los países andinos un proceso de integración fuerte” Estos problemas, muy similares a los argumentados por el gobierno de Venezuela al denunciar el Acuerdo de Cartagena para salirse del bloque subregional en 2006, son de génesis. Una mirada a los más de 38 años de integración andina, nos demuestran que la CAN no ha avanzado seriamente en sus objetivos y no ha establecido mecanismos certeros para hacerlo.

Más allá de unas cuantas cumbres presidenciales, que terminan siendo un saludo a la bandera, en el momento de implementar lo allí acordado en cada uno de los países miembros es donde la integración andina se ha estancado. Y, no sólo se ha estancado, sino que ha empezado a retroceder por que los gobiernos no han querido fortalecer los órganos supranacionales y hacer más democrático el proceso de integración, porque la CAN actualmente sólo está sirviendo para adelantar las negociaciones con la Unión Europea, en las cuales los países con modelos de desarrollo más abierto han tenido que cargar con el lastre de los países cuyo modelo de desarrollo obedece al socialismo del siglo XXI promulgado y promovido por Chávez.

EN BUSCA DE UNA NUEVA ORIENTACIÓN

Sería ilógico y necio negar los beneficios que puede traer para los países andinos un proceso de integración fuerte, mediante el cual se puede construir un futuro incluyente y democrático de los pueblos andinos, para que estos encuentren respuesta a los retos y problemas tan comunes como la pobreza, el analfabetismo, la delincuencia transnacional, la seguridad regional, la seguridad ciudadana, la seguridad alimentaria, entre otros.

Si actualmente, la CAN contará con un Parlamento Andino y un Tribunal de Justicia sólidos y respetados, con funciones acatadas por los gobiernos, si la integración respondiera a una política de Estado y no de gobierno, “El presidente Correa ha demostrado su poca vocación integracionista, al seguir atacando al gobierno colombiano a través de su diplomacia de micrófono” y si el funcionamiento institucional fuera el resultado de consensos y compromisos serios, seguramente existirían debates entorno a modelos de desarrollo, pero su solución sería más global y generalizada a la luz del bienestar común, no de los presidentes de turno, sino de los pueblos.

La CAN es un escenario para promover políticas comunitarias que atiendan el desarrollo humano, la superación de la pobreza, la generación de empleo, la seguridad, la educación, la responsabilidad social empresarial, el apoyo a las micro y pequeñas empresas; pero esto se logra, además de un compromiso político por consolidar instituciones supranacionales fuertes, que cuenten con un presupuesto comunitario y un control democrático, con mayor inversión por la integración física y energética, profundización del mercado comunitario y el arancel externo común. En donde empresarios y trabajadores encuentren un espacio en el que o a través del cual, promuevan el desarrollo de sus países en condiciones de equidad e inclusión.

La presidencia pro témpore de la CAN, ejercida actualmente por presidente ecuatoriano Rafael Correa, ha citado al próximo Consejo Presidencial Andino que se llevará a cabo en la ciudad de Guayaquil, el próximo 14 de octubre. “Lo único rescatable de UNASUR es la demostrada vocación democrática, el liderazgo y la encomiable labor de la presidenta Bachelet” Dicha cumbre buscará según lo afirmado por Correa, dar una nueva orientación al proceso de integración frente a las realidades cambiantes que nos presenta el siglo XXI.

Ojalá esa nueva realidad del siglo XXI no esté relacionada con el proyecto socialista del Siglo XXI del presidente Correa, quien entre otras cosas, ha demostrado su poca vocación integracionista, al seguir atacando al gobierno colombiano a través de su diplomacia de micrófono.

Esperemos que la cita de los presidentes andinos, a la que no asistirá Colombia, no termine en demagogia socialista, una foto y un acta con infinidad de directrices, de las que en un año no se tendrá ni un 10 por ciento de cumplimiento en aquellos aspectos trascendentales para los pueblos andinos y la integración en sí misma.

UNASUR, ¿CORRUPCIÓN INTELECTUAL?

El Diccionario de la Lengua de la Real Academia Española, establece que corrupción en las organizaciones es la práctica consistente en la utilización de las funciones y medios de aquéllas en provecho, económico o de otra índole, de sus gestores. La corrupción intelectual la podríamos definir como aquella práctica a través de discursos, posiciones o declaraciones, a través de las cuales se generan falsas expectativas en torno a algo para sacar un provecho individual o de acuerdo a las ambiciones particulares.

“La UNASUR deberá enfocarse en impulsar la materialización del IIRSA y demás iniciativas de integración física y energética que demanda Suramérica para poder hablar de procesos de integración” En esta tipología de corrupción intelectual podríamos enmarcar a la UNASUR.

Vale la pena aclarar que tal vez lo único rescatable hasta la fecha de UNASUR es la demostrada vocación democrática, el liderazgo y la encomiable labor de la presidenta Bachelet, quien haciendo buen uso de este naciente bloque de integración contribuyó a mantener la democracia y evitar una posible guerra civil en Bolivia.

Pero más allá de las labores de la presidenta Bachelet, lo cierto es que UNASUR no es más que un instrumento que se creó para servir a los petrodólares del régimen revolucionario suramericano. Efectivamente, hago referencia al gobierno venezolano, que no tardó en promover su proyecto suramericano dada su incapacidad de insertarse en el Mercosur, luego de su salida de la Comunidad Andina.

Y no es que la iniciativa de avanzar en una integración de América del Sur per se sea mala o deba ser satanizada. El problema radica en que el Tratado Constitutivo de UNASUR además de ser una suma de todo lo que no se ha logrado ni en la CAN o el Mercosur por falta de voluntad política de los mismos mandatarios que suscribieron el Tratado de UNASUR, con salvedades como Chile, que no es miembro pleno de ninguno de los bloques, es el retroceso a los procesos de integración y la creación de una nueva institucional o burocracia supranacional, en cabeza de un Secretario General, que dependerá de órganos eminentemente intergubernamentales.

EL EJEMPLO DE BACHELET

La UNASUR deberá continuar haciendo buen uso de la diplomacia presidencial promovida por la presidenta Bachelet, enfocándose en los próximos años a impulsar la materialización del IIRSA y demás iniciativas de integración física y energética que demanda Suramérica para poder hablar de procesos de integración. Todo lo demás, no es más que demagogia y retórica populista que durará hasta cuando el barril de petróleo siga financiando la revolución socialista del siglo XXI.

La integración que demanda Suramérica es aquélla que en condiciones democráticas nacionales y supranacionales, genere desarrollo económico, social y humano, con infraestructura que permita el libre tránsito de bienes y personas, pero, alejada de nacionalismos mediáticos.

América del Sur necesita que se fortalezca a la Comunidad Andina y al Mercosur, como bloques regionales, no como reuniones de mandatarios que se juntan de vez en cuando para promover falsas esperanzas, en pro de regímenes totalitarios aliados con países terroristas.

La institucionalidad para avanzar en una integración del continente ya existe, y los retos actuales de la globalización, la crisis financiera mundial, la pobreza, el narcotráfico y el terrorismo, no dan lugar al ensayo y error de lo que puede ser la oportunidad de desarrollo en la región a través de la integración.