alfonsin.jpgA 25 años de la recuperación de la democracia en Argentina, hay motivos para celebrar, pero también razones para asumir un necesario inconformismo y evaluar con mirada crítica una realidad que exige respuestas distintas y plantea asignaturas pendientes, dice el autor.

(Desde Buenos Aires) POR UN DÍA, AL MENOS, ARGENTINA se dio una jornada de respiro para celebrar y honrar a la democracia, y no sólo para transitar sobre ella como si fuera una casa a la que se puede descuidar sin fin y en la que se riñe y tironea de manera constante.

Eso fue este 30 de octubre de 2008, un día de merecida celebración y auto-reconocimiento para la sociedad, en la fecha en la que se cumplieron veinticinco años de las elecciones de 1983 que le devolvieron al país los derechos y garantías constitucionales que habían sido menoscabadas y mancilladas durante las décadas precedentes.

RAÚL ALFONSÍN, ARTÍFICE DE LA TRANSICIÓN

Este recuerdo tuvo un homenaje central a quien se ha convertido en una suerte de prócer en vida para argentinos y latinoamericanos, más allá de las diferencias políticas y partidarias: el ex presidente Raúl Alfonsín, artífice principal de la transición iniciada en 1983, que fue quien impulsó y logró los primeros juicios a los ex dictadores por violaciones a los derechos humanos, el informe Nunca Más, la paz definitiva con Chile, los primeros acuerdos de integración con Brasil y grupos regionales de gestión de paz, la reforma constitucional que consagró la supremacía de los pactos y convenciones internacionales de derechos humanos, el divorcio vincular, “La presidencia ha sido el principal motor en el que descansó no solamente la marcha y suerte de los gobiernos sino también del conjunto del sistema político” la subordinación de las fuerzas armadas al poder civil, entre otras iniciativas progresistas que fueron abriendo el camino para la consolidación de las democracias en todo el continente.

La democracia argentina atraviesa su primer cuarto de siglo de vigencia ininterrumpida y no lo hace sola sino en un concierto latinoamericano que resalta sus virtudes a contraluz de lo que fueron las experiencias regadas en sangre por militarismos, dictaduras, matanzas y expolios a repetición a lo largo de su historia.

El presidencialismo tradicional le dio forma a las nuevas democracias, pero también las propias características de la cultura política, la evolución del sistema de partidos y liderazgos y las experiencias de gobierno que, a lo largo de los últimos 25 años, atravesaron –en diferentes contextos y con diversa suerte– por comparables etapas de ascenso, estabilidad, turbulencias, crisis y recuperaciones parciales o transitorias.

UN LÍDER SURGIDO DEL RADICALISMO

Éste ha sido uno de los mayores condicionamientos. La presidencia (y los presidentes) ha sido el principal motor en el que descansó no solamente la marcha y suerte de los gobiernos sino también en gran medida del conjunto del sistema político. “El radicalismo renovado y el peronismo renovador constituyeron el remozado bipartidismo de los primeros años de la transición” Los apoyos electorales y su variabilidad en el tiempo son un indicador de esta constante y marcan los ciclos políticos con tanta intensidad como los propios períodos constitucionales.

Alfonsín ganó las elecciones del 30 de octubre de 1983 con el 51,7 por ciento frente al 40,2 por ciento de la fórmula del Partido Justicialista LuderBittel. Por primera vez, el peronismo perdía una elección presidencial y un líder surgido del radicalismo lograba conformar una coalición electoral mayoritaria.

Alfonsín trajo la renovación del radicalismo y de allí le tocó conducir la etapa refundacional como presidente y figura central del proceso político a partir de 1983.

PRIMERA ALTERNANCIA PACÍFICA DEL PODER

El radicalismo renovado y el peronismo renovador constituyeron, así, el remozado bipartidismo que acompañó los primeros años de la transición. La energía política del gobierno de Alfonsín tocó su techo en 1987, cuando llegó triunfante la renovación peronista liderada por Antonio Cafiero, José Manuel de la Sota y Carlos Menem, entre otros.

Las elecciones internas del Justicialismo en 1988 abrieron el cauce a una nueva coalición mayoritaria liderada por Menem, que cuestionó el modelo bipartidista con una fuerte impronta de liderazgo caudillista y movimientista.

El primer recambio de gobierno, de Alfonsín a Menem, el 8 de julio de 1989, fue traumático pero significó, al mismo tiempo, la primera alternancia pacífica en el poder entre presidentes surgidos de las dos principales fuerzas políticas, en toda la historia contemporánea de este país. La fórmula Menem-Duhalde obtuvo en las elecciones del 14 de mayo de 1989 un 47,5 por ciento de los votos frente al 32,5 por ciento de la UCR que llevó la fórmula Eduardo Angeloz-Juan Manuel Casella.

LOS NOVENTA

Al menemismo le tocó conducir la entrada en los noventa y fue –a su manera– la respuesta que dio Argentina a los desafíos de la crisis del Estado y la globalización; un modelo hiper-presidencialista y decisionista para encarar las reformas neoliberales que se propuso como una revolución conservadora-popular. Así llegó Menem a su reelección en 1995, habilitada por la reforma constitucional, con el 49,9 por ciento. Pero el segundo gobierno de Menem tocó su techo y empiezó a saturar sus energías hacia 1997.

Allí se prefiguró la Alianza entre la Unión Cívica Radical y el Frepaso, de la mano de la cual el país buscó salir de los años noventa y resolver el problema de la sucesión presidencial. Se produjo entonces la segunda alternancia desde la recuperación democrática, en 1999, con el triunfo de la fórmula integrada por Fernando De la Rúa y Carlos Chacho Alvarez. La Alianza obtuvo el 48,4 por ciento frente al PJ, que logró el 38,3 por ciento con Eduardo Duhalde y Ramón Palito Ortega.

EL NACIMIENTO DEL KIRCHNERISMO

El descalabro de esta corta experiencia de gobierno de coalición sobrevino a fines de 2001, tras sucesivos traspiés y renuncia de De la Rúa en medio de un estallido social. El período de Eduardo Duhalde 2002-2003, surgido de la Asamblea Legislativa completó el mandato inconcluso de De la Rúa en lo que constituyó la primera experiencia de gobierno presidencial con responsabilidad parlamentaria. “Como producto de aquella crisis originaria, el kirchnerismo se abrió camino sobre la fragmentación y difuminación política del peronismo y el radicalismo”

Las elecciones de 2003 también produjeron una novedad política: el peronismo marchó dividido en tres fórmulas y, bajo las reglas del balotaje (segunda vuelta), terminó consagrada la fórmula que obtuvo el segundo lugar, Néstor Kirchner-Daniel Scioli, con el 22,2 por ciento frente a la que encabeza el ex presidente Menem, que había obtenido el 24,5 por ciento de los votos. Ante la evidencia de una segura derrota en segunda vuelta, Menem desistió de llegar a esa instancia y cuestionó la legitimidad de origen del ganador. Así se inició el gobierno de Kirchner, tributario de aquella descomunal crisis de 2001 que barrió con el sistema de partidos precedente, y durante el cual se produjo una recuperación económica y recomposición social que le permitieron a Kirchner fortalecer el poder presidencial.

Como producto de aquella crisis originaria, el llamado kirchnerismo se abrió camino sobre la fragmentación y difuminación política del peronismo y el radicalismo. Corrió sólo, sin una oposición política a la altura de los desafíos de la época, y logró refrendar el apoyo popular en las urnas. Así fue como habilitó el camino para la sucesión matrimonial, otra rara avis de las democracias contemporáneas, cuando fue electa Cristina Fernández de Kirchner en 2007, con el 45 por ciento de los votos frente al 23 por ciento de Elisa Carrió, una dirigente que provenía del radicalismo.

TAREAS POR ACOMETER

La democracia recuperó su vitalidad, pero –como en los primeros años de Alfonsín y los primeros años de Menem–, dependiendo una vez más, de la fuerza política del Presidente. La democracia argentina, como hemos observado, de Alfonsín a los Kirchner, ha sido un sistema de un solo motor.

“La baja calidad institucional y la dificultad para definir consensos perdurables y efectivos forman parte de los mayores déficits de la democracia argentina” Presidencialismo puro, atenuado tímidamente por la reforma constitucional de 1994, con rasgos de hiper-presidencialismo durante el gobierno de Carlos Menem y evidenciando sus deficiencias clásicas durante el período interrumpido de Fernando de la Rúa (legitimidad dual, rigidez del mandato, sobrecarga de tensiones sobre el presidente, lógica del ganador único o suma cero, parálisis y crisis de gobernabilidad)

Entre las asignaturas pendientes, queda en evidencia entonces la de construir un sistema político que contenga dinámicas de competencia, cooperación y conflicto autónomas respecto de la competencia electoral; que, a diferencia de las lógicas de concentración unitaria y vertical del poder, favorezca las lógicas de descentralización horizontal y mayor equilibrio entre los poderes; que incentive la deliberación como parte del proceso de decisión política; que contemple reservas de capacidades para activar más de un polo de poder en caso de crisis política o institucional.

EVALUAR CON MIRADA CRÍTICA

La persistencia de conductas excluyentes y orientaciones erráticas, tanto en los gobiernos como en las oposiciones, impidió que las continuidades, la seguridad jurídica, la previsibilidad y las políticas de Estado destinadas a mantenerse más allá de los cambios de gobierno prevalecieran más ampliamente sobre el corto plazo, la incertidumbre y la emergencia permanente. La baja calidad institucional, que afecta tanto al Estado como al sistema representativo, y la dificultad para definir consensos perdurables y efectivos forman parte de los mayores déficits de la democracia argentina. Como señaló Alfonsín en su emotivo mensaje recordatorio, hay motivos para celebrar, pero también razones suficientes para asumir un genuino y necesario inconformismo, y evaluar con mirada crítica una realidad que exige respuestas distintas y una disponibilidad compartida para asumir las responsabilidades de la hora.

No se puede lograr que una nación crezca y se desarrolle cuando se destruye un día lo que se ha hecho el día anterior. O cuando el éxito o fracaso de la política o la economía dependen casi exclusivamente de los aciertos o desaciertos de un presidente votado cada cuatro años.

Tal vez el pasado 30 de octubre de 2008 y su refrescante evocación del rencuentro de 1983 con un nuevo comienzo, auspicie también otro nuevo comienzo y revitalice las energías de la democracia argentina, que acaba de cumplir sus primeros veinticinco años.