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Decir que el escenario es durísimo para España no tiene porque paralizarnos; debe servirnos para darnos cuenta de que debemos movilizarnos otra vez, sobre las bases de un modelo de desarrollo económico bien diferente. ¿Podrá España?

(Desde Madrid) EL LIMITADO PERO INTERESANTE eco despertado por el análisis del mismo título, reproducido y comentado en varias plataformas de debate y medios digitales, me ha animado a proseguir con el tema, pues como varios lectores han señalado puede y debe ser desarrollado, dado que probablemente aborda las cuestiones de fondo de las que depende la recuperación española de la actual crisis.

Tres ha sido las principales críticas, si descontamos las reacciones viscerales de quienes se sienten amenazados cuando se pone en duda sus creencias. La primera tiene que ver con la datación exacta del final de la transición. Desde el segundo gobierno de Felipe González en 1986 a los atentados del 11 de marzo de 2003, las propuestas son variadas. Es interesante detectar que para algunos es un término desconocido o confuso, a pesar de que la denominada transición española a la democracia que siguió al franquismo, “En esos lapsos de la memoria colectiva tan frecuentes, ya no interesaba constatar que el proceso estaba enfermo y hasta agonizante” ha sido uno de los procesos más comentado y loado de la política occidental de las últimas décadas.

Otros ignoran que nunca fue definitiva y oficialmente dado por finalizado. Se propuso que la alternancia en el poder de las dos grandes fuerzas políticas demostraría su consolidación definitiva, pero al terminar la etapa del Partido Popular (1996-2004) de la traumática forma que lo hizo, se dio por sobrentendido que algo grave había pasado que impedía dar por cerrado el proceso en las discretas celebraciones del trigésimo aniversario de las fechas claves del inicio de la transición, como el fallecimiento de Francisco Franco, el gobierno de Adolfo Suárez, la legalización del Partido Comunista y el refrendo ciudadano de la nueva Constitución.

POR QUÉ AHORA Y NO ANTES

En esos lapsos de la memoria colectiva tan frecuentes en este país, ya no interesaba constatar que el proceso estaba enfermo y hasta agonizante. No interesaba porque demostraba una crisis política y social, una crisis de rumbo colectivo y de impulso regenerador, de la que nadie quería enterarse. Y a esa crisis vital –si las naciones tienen vida y pulso propio, como pensaban Toynbee y Spengler–, a ese cansancio acre que se convirtió en actitud dominante hacia mediados de la anterior legislatura, cuando llegaba el momento de celebrar lo bien que nos había ido en las tres décadas de transición, se sumaron rápidamente los nubarrones amenazadores de una crisis económica que cuanto más se negaba más evidente se hacía. “… es testimonio las persistentes dudas sobre la institución monárquica, el clamor por retoques constitucionales, el colapso del Estado de las Autonomías, la falta de solidez del poder ejecutivo…”

La coincidencia del cansancio social, del desgaste institucional, de la ausencia de consensos para renovar el impulso, de la falta de metas y la carencia de guías, en definitiva, de una crisis político-social, su coincidencia -decimos– con la aparición súbita y grave de una crisis económica, es la que en mi opinión permite fechar ahora y no antes el brusco final de la transición española, el coitus interruptus de una transición que se quedaba agarrotada a poca distancia de la meta orgiástica o cuando menos, placentera.

La segunda crítica detectada en los comentarios a la primera parte de este análisis, tiene que ver con la ausencia de exposición de datos económicos que la sustenten, y la tercera, con su supuesto elevado pesimismo y su supuesta partidista reivindicación de lo positivo de la etapa de gobierno de José María Aznar. De ambas críticas, el análisis se defendía preventivamente; frente a una enumeración repetitiva de datos espectaculares que está en la cabeza de todos, se pretendía dar prioridad por una vez al análisis filosófico, a la denostada moralina; en cuanto al pesimismo, se reconocía cierto tono premeditado de provocación intelectual; en cuanto a escoramiento político, aseguramos que sólo nos mueve poner las cosas en su objetivo sitio. Pero es tal el partidismo feroz que domina las conciencias españolas que hasta en este sosegado foro circulan feos ejemplos de dogmatismo, de sectarismo y de enfermedades del intelecto propias del siglo pasado que debían y podían estar ya superadas.

PARA AHORRAR CIFRAS…

Establecemos, pues, que el brusco final de la transición española a la democracia ha tenido lugar recientemente por la confluencia de una seria crisis política y social con una fuerte crisis económica, dejando en suspenso un período de treinta años y poniendo en cuestión sus logros. “La descripción de este panorama complicado no tiene por objeto paralizar a la sociedad española, sinoconvencerla de que hay que movilizarse de nuevo” De la primera, es testimonio las persistentes dudas sobre la institución monárquica, el clamor por retoques constitucionales, el colapso del Estado de las Autonomías, la falta de solidez del poder ejecutivo, el desgaste estructural de los partidos políticos, la deriva del poder legislativo, el colapso del poder judicial, el galope desbocado de los libertinajes sobre la libertad responsable, el desprestigio del principio de autoridad, y la agonía del sistema educativo, por citar sólo algunos de los síntomas abundantemente detectados.

En cuanto a la crisis económica, reconocida oficialmente una severa recesión económica desde mediados de 2008 cuyo final se retrasa cada día que pasa; detectada una depresión en puertas que podría durar media década o una entera; derrumbados todos los indicadores de actividad productiva, así como el milagro trucado del consumo, la construcción y el turismo; disparados los indicadores del déficit estatal, el desempleo, de los agobios empresariales y del incumplimiento generalizado del pacto de confianza en que se basa la economía de libre mercado; dibujándose en el horizonte perspectivas preocupantes en cuanto a la normalización del crédito, la seguridad del sistema bancario, la pervivencia del modelo de inmigración, el futuro del sistema de pensiones y la quiebra del estatus de convivencia social presionado por los agobios políticos y económicos, nos ahorraremos de nuevo el aburrido rosario de cifras sensacionalistas para más adelante.

NO SE NECESITA TRIBUNOS

“El modelo económico de desarrollo insostenible basado en consumo, construcción, turismo, mano de obra barata, y chanchullos y chapuzas por doquier, debe enterrarse para siempre” La descripción de este panorama complicado no tiene por objeto paralizar individual y colectivamente a la sociedad española, sino por el contrario convencerla de que hay que movilizarse de nuevo. Estamos absolutamente seguros de que ha llegado el momento de la verdad. O los patrones de deterioro y decadencia se cortan, o no podrá hacerse en al menos una generación.

La grave situación permite rebobinar, detectar donde nos equivocamos, rehacer el camino. El modelo social de vale todo está acabado si es que en algún momento fue más que puro oportunismo general. El modelo económico de desarrollo insostenible basado en consumo, construcción, turismo, mano de obra barata, y chanchullos y chapuzas por doquier, debe enterrarse para siempre. Hay un programa más allá de los inmovilistas partidos políticos, de los sensacionalistas medios de comunicación, de los irresponsables predicadores de demagogias variadas, del individualismo feroz, del cinismo aberrante, de la hipocresía y la doblez generalizadas.

Todos sabemos en el fondo lo que está bien y lo que está mal, cómo hay que comportarse. No se necesita tribunos. Es un impulso que a veces aúna élites y eso que antes se llamaba masa y ahora opinión pública. Podemos y debemos detallarlo quizás en sucesivas entregas. Pero no se nos ocurre sinceramente otra propuesta.