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La desigualdad de género en el mundo laboral es un hecho lamentablemente bien asentado en nuestras sociedades. La crisis económica global la está agudizando.

(Desde Madrid) TRANSCURRIDA LA ÚLTIMA reivindicación de la mujer en el calendario –una cuestionable celebración que irónicamente será susceptible de festejarse el día que desaparezca del almanaque–, qué mejor momento que el presente para recordar ciertos aspectos que nos siguen ubicando, a la mitad de la población del mundo, del lado menos favorable.

Tomemos el asunto desde la más rabiosa actualidad: la crisis económica global.

Efectivamente, si la situación de la mujer, en términos generales, ha sido más precaria laboralmente respecto a los hombres en tiempos de bonanza económica… con la crisis esta precariedad va en aumento.

NUEVOS OBSTÁCULOS

De acuerdo con el informe de la Organización Internacional del Trabajo (OIT), Global Employment Trends for Women 2009, la coyuntura económica global podría incrementar el número de mujeres desempleadas en 22 millones en 2009. Evidentemente, las proyecciones del mercado laboral para el presente año auguran un deterioro a nivel mundial tanto para mujeres como para hombres, pero sigue siendo mayor el impacto negativo sobre la situación laboral de ellas. “La OIT anuncia en su informe que la tasa de empleo vulnerable femenino para 2009 podría oscilar entre el 50,5 y el 54,7 por ciento” Las estimaciones prevén que la tasa de desempleo femenino mundial se posicione en torno al 7,4 por ciento, en tanto la de ellos no superará el 7,0 por ciento.

Durante 2008, de las 3.000 millones de personas empleadas a lo largo y ancho del mundo, 1.200 eran mujeres (el 40,4 por ciento).

No sólo el desempleo será levemente mayor entre ellas, también la vulnerabilidad laboral será mayor: la OIT anuncia en su informe que la tasa de empleo vulnerable femenino para 2009 podría oscilar entre el 50,5 y el 54,7 por ciento, en tanto que ellos podrían enfrentarse en el mismo período a una vulnerabilidad laboral de entre el 47,2 y el 51,8 por ciento. Con todo, aún siendo levemente mayor la precariedad de ellas, la realidad está empujando a una mayor cantidad de hombres hacia empleos vulnerables.

DISMINUCIÓN DE LA BRECHA DE GÉNERO

Si se analiza el informe por regiones, el deterioro del mercado laboral se cebará con mayor ahínco entre las mujeres de América Latina y el Caribe, “En las economías desarrolladas, por la naturaleza de la mano de obra de los sectores económicos, la crisis se cebó más con ellos” en tanto se prevé que el impacto de género en términos de desempleo sea menos negativo en Asia Oriental, en las economías desarrolladas y en la región del Sudeste europeo no circunscrito a la Unión Europea y los países CEI. Esto se debe a que la brecha de género es menor desde la perspectiva de oportunidades de trabajo.

De hecho, en los países desarrollados se genera una circunstancia que no deja de ser lamentable: según datos de la Organización Internacional del Trabajo, la brecha de género en nuestros países se vio reducida durante 2008. Simplemente, en nuestras economías, por la naturaleza de la mano de obra de los distintos sectores económicos, la crisis se cebó más con ellos. “En América Latina, a la hora de destruir empleo se tiende a pensar que se hace menos daño si las despedidas son ellas”

La razones son las mismas que explican la desigualdad histórica. En los países desarrollados, dos tercios (si no más, añade el informe) de los empleos relacionados con lo sectores de la minería, manufactura, energía, construcción y transporte los ostentan hombres; y tales sectores son los que más han sufrido el impacto de la crisis económica. Mientras que dos tercios de los empleos públicos relacionados con educación, salud y servicios sociales, unos campos probablemente menos perjudicados por la crisis, al menos en el corto plazo, son ocupados por mujeres.

PEOR PARA LAS MUJERES LATINOAMERICANAS

En el caso de América Latina y el Caribe –y el continente africano, desde luego, donde la situación general, en términos de oportunidades laborales es pésima–, el mayor impacto sobre ellas responde además a aspectos culturales. En estas sociedades sigue pesando la idea de que el cabeza de familia y sustento económico del hogar es el hombre, por lo que a la hora de destruir empleo se tiende a pensar que se hace menos daño si las despedidas son ellas, en base a la idea de que su fuerza de trabajo es secundaria y los ingresos femeninos son complementarios a los del jefe de la casa. En América Latina las mujeres perciben de media el 72 por ciento del salario de ellos.

Paralelamente, en muchos casos el mantenimiento de la familia (o el instinto de supervivencia femenino, si se quiere), lleva a muchas mujeres a aceptar trabajos informales o mal retribuidos, principalmente en el sector doméstico (el 14 por ciento de las mujeres activas laboralmente en América Latina ejercen en el servicio doméstico). Y si a ello le sumamos la sobrecarga de trabajo para las mujeres latinoamericanas socava aún más las alternativas de prosperidad, pues el cuidado familiar sigue siendo cosa de ellas

EL IMPACTO DE LA CRISIS DE ALIMENTOS

No sólo la crisis económica mundial afecta en mayor medida a ellas. También lo hacía meses atrás la crisis alimentaria, cuyo impacto era mayor entre las mujeres de los países en desarrollo.

“Sólo las mujeres rurales producen la mitad de los alimentos del mundo y en torno al 70 por ciento de los alimentos en la mayor parte de los países en vías de desarrollo” Como recoge una información de la Asociación para los Derechos de la Mujer y el Desarrollo (AWID, en sus siglas originales), la crisis alimentaria supone un recordatorio más de la feminización de la pobreza: en las economías en desarrollo, aun siendo las productoras de la mayor parte de los alimentos, el acceso a los recursos de la tierra es menor entre ellas, cebándose el hambre asimismo con los estómagos femeninos (en torno al 70 por ciento de las personas pobres son mujeres y niñas). La precariedad laboral de las mujeres es mucho más grave en los países pobres, lo que no hace sino perpetuar la condición de pobreza. De igual modo, la condición cultural y/o jurídica de las mujeres en estos países, inferior al hombre en muchos casos, determina que no puedan ser propietarias de las tierras que, sin embargo, sí trabajan con ahínco.

Sólo las mujeres rurales producen la mitad de los alimentos del mundo y en torno al 70 por ciento de los alimentos en la mayor parte de los países en vías de desarrollo, pero ello no impide que reciban menos del 10 por ciento de los créditos concedidos a la agricultura.

Ante este panorama, tímidamente abordado, y el actual contexto económico que prevé un empeoramiento de la situación de la mujer en el mundo en general, casi parece imposible que la palabra crisis no sea un vocablo femenino. Efectivamente: es crisis… y es mujer.

LA NECESIDAD DE REDEFINIR LAS PAUTAS

La desigualdad de género en el mundo laboral, como bien sabemos, es un hecho lamentablemente bien asentado en nuestras sociedades.“Si no buscamos la igualdad en el seno familiar, difícilmente podremos hallarla en la estructura social” La crisis económica global la está agudizando, ya que conlleva mayor desempleo femenino, menor control sobre la propiedad y los recursos, mayor concentración en empleos informales y vulnerables, salarios inferiores y menor protección social, en términos generales.

Sin embargo, también suele afirmarse que las coyunturas críticas pueden favorecer una redefinición de las pautas. Desde luego, ello implica voluntad, esfuerzo y corresponsabilidad para promover empleos sostenibles y de calidad, garantizar y extender la protección social y favorecer la implicación de las mujeres en los procesos de tomas de decisiones.

Naturalmente, cualquier análisis sobre el tema, cualquier reivindicación en el calendario, cualquier manifestación de denuncia… será en vano sin el compromiso y la voluntad colectiva. Perseguir y procurar la igualdad no es un camino que ataña sólo a las mujeres. Precisa la colaboración de toda la ciudadanía, de las instituciones, de normativas, de sectores económicos, y también del terreno más privado: la familia.

Empecemos por asumir todos, hombres y mujeres, nuestra responsabilidad.