g20Está por verse cómo se llevarán a la práctica los acuerdos alcanzados por el G-20. Lo más relevante es el cambio de óptica: el mundo no puede ser gobernado por un puñado de países occidentales. Es prematuro hablar de un “nuevo orden internacional”, pero hay indicios de que algo cambió.

(Desde Santiago de Chile) GORDON BROWN, el primer ministro británico, proclamó que nos encontramos en el inicio de “un nuevo orden internacional”. Estaba en el aire que el mundo no podía seguir gobernado por las mismas estructuras creadas luego de la Segunda Guerra Mundial.

Los cambios suelen ocurrir a causa de las guerras o las grandes crisis. Es entonces cuando queda al descubierto el poder efectivo de los Estados. Porque a fin de cuentas el orden internacional suele, en el largo plazo, reflejar la correlación de fuerzas entre las naciones. La crisis, en desarrollo, ha forzado a los países a subirse a la pesa y ello ha mostrado desequilibrios tan notables como el que Bélgica tenga, en el Fondo Monetario Internacional (FMI), los mismos derechos de voto que China.

EL FIN DEL UNILATERALISMO

¿Qué quedó en claro en la reunión del G-20 en Londres? Primero, que Estados Unidos no podía mantener la postura unilateralista que caracterizó al gobierno del presidente George W Bush. Como lo señaló su sucesor, Barack Obama, Washington es la primera potencia económica y militar del mundo. Eso nadie lo duda. Pero de allí a poder dirigir en forma inconsulta al resto de las naciones hay una gran distancia.

La Unión Europea que, en su conjunto, tiene una gran gravitación no ha cuajado aún como una entidad política unificada. Ante muchas de las situaciones complejas hay más de un punto de vista. Esto refleja las complejas realidades de los países que la integran. La reunión del G-20 fue expresiva: Gran Bretaña, hombro con hombro, junto a Estados Unidos abogaron por mayores estímulos económicos para salir de la crisis. Al final consiguieron un paquetazo con muchos ceros: más de un billón de dólares. Francia y Alemania, exigieron más control sobre el desbocado sector financiero. Pidieron que se fiscalicen los fondos de riesgo y se termine con los paraísos fiscales, así llamados pues su banca mantiene a raya a los inspectores fiscales tras las pistas de evasiones tributarias. La vieja Europa, o la continental dirían los ingleses, consiguió un acuerdo en principio para que los estados no sean burlados en la forma en que ha ocurrido hasta ahora. Dicho sea de paso se publicó una lista de países transgresores y otros en un área gris que no llegan a vulnerar las normas propuestas pero que conviene mantener bajo la lupa: allí está Chile junto a Guatemala, Luxemburgo y Suiza que tiene más de un cuarto de los capitales llamados offshore, que en este contexto viene a ser fuera de alcance. Las tareas fiscalizadoras recaerán en el recién formado Consejo de Estabilidad Financiera.

LULA, EL MÁS POPULAR DEL MUNDO

En lo que toca a China ya tenía, de hecho, un estatus de potencia. Pero Beijing no muestra mayor apetito por liderar un gran diseño de política internacional. Prefiere mantenerse como una nación emergente confinada a la estricta defensa de sus intereses nacionales. Los comunistas chinos están más preocupados con su proyecto de “desarrollo armónico” al interior del país. Dicho esto es útil apreciar que los chinos tienen plena conciencia de su gravitación internacional. Una prueba: consiguieron que Hong Kong y Macao fueran excluidos de la lista de paraísos fiscales.

Pero quizás el país que más cosechó en la reunión fue Brasil. Luiz Inacio Lula da Silva, el decano de los mandatarios por lo años en el gobierno, proyectó su carismática personalidad. Ello le valió que Obama dijera de él: “Ese es el hombre. Me encanta ese hombre. Es el político más popular del mundo”. Antes de la reunión del G-20 Lula pasó por París para reunirse con el Presidente Nicolas Sarkozy y de allí siguió a Londres con su comitiva, pero lo hizo en tren. Este gesto le valió aplausos por su “conciencia ambiental” al dejar en tierra al avión presidencial. Poco importa que el “aerolula”, como le dicen a su avión, voló vacío más tarde para recogerlo.

ALGO CAMBIÓ EN LONDRES

Las imágenes provenientes de Londres eran elocuentes: Lula estaba en el centro de atención de todos y emergió como una suerte de líder de los países emergentes. Los brasileños, junto a Argentina, India y otros, han hecho campaña para cambiar los dos grandes organismos encargados de regular la economía mundial: el FMI y el Banco Mundial. Hasta ahora el primero es siempre dirigido por un europeo y el segundo por un estadounidense. Hay acuerdo que esto ya no será así a partir de 2011 cuando Estados Unidos debe perder su exclusivo derecho a veto en ambas instituciones.

Está por verse como serán llevados a la práctica los acuerdos alcanzados por el G-20. Es frecuente que los estados comprometan grandes recursos durante las conferencias que más tarde no son aportados por sus ministerios de Hacienda. Sarkozy habló del fin de los paraísos fiscales mientras que Brown matizó señalando que es el comienzo del fin. Pero lo más relevante es el cambio en la óptica para lograr una gobernabilidad global.

La voluntad de mayor inclusión es un paso importante para lograr la indispensable legitimidad. El mundo no puede gobernarlo un puñado de países occidentales. Es una tarea que alcanza también a otras latitudes. Los problemas climáticos o financieros afectan a todos y por lo tanto todos deben contribuir a la solución. Es prematuro hablar de un nuevo orden internacional pero hay indicios que algo cambió en la reunión de los G-20.