angosodebatedelacionLa gravedad de la crisis económica en España revela el rechazo a adoptar cambios revolucionarios. Mientras el gobierno socialista está anclado en un intervencionismo de escasa efectividad, la derecha opositora es incapaz de ofrecer alternativas que permitan a España superar la recesión.

(Desde Madrid y Bogotá) LA GRAVEDAD DE LA CRISIS económica en España está revelando las carencias de nuestra sociedad: de un lado, la escasa capacidad autocrítica del país en general y el rechazo a adoptar cambios “revolucionarios” que permitan superar el actual momento; y, por otra parte, en lo político, un progresismo anclado en planteamientos decimonónicos que no da respuestas efectivas y una derecha rayano en lo rancia y arcaica, que no es la alternativa, sin la capacidad de ofrecer propuestas nuevas e innovadoras ante la actual coyuntura que permitan al país superar la recesión.

Resulta alarmante, cuando el país se va acercando a la crítica cifra de los cinco millones de parados y la destrucción de empresas avanza imparable, la escasa capacidad crítica de nuestros líderes políticos y económicos. Culpar de todos los males de la economía española a la crisis global es echar balones fuera y una forma poca realista de afrontar una coyuntura absolutamente desfavorable que tiene causas exógenas y endógenas. Es una forma simplista, infantil, casi pueril, de querer explicar las realidades más profundas que se esconden tras el comienzo de la agonía del agotado modelo español de crecimiento económico; más especulativo que productivo, todo hay que decirlo.

POLÍTICOS RESPONSABLES

Por citar tan sólo algunas carencias, hay que reseñar que nuestros responsables políticos, de todos los colores y partidos, son los “culpables” del actual caos que se padece en la educación española, una de las peores no ya del continente sino del mundo, tal como señalaba un informe realizado por tres expertos del Lisbon Council al analizar y radiografiar las principales universidades del mundo desarrollado. España se situaba en el último puesto, por cierto, y el informe era contundente: “Si quiere mejorar, España debe hacer más para modernizar su sistema educativo y acercarlo a los estándares europeos (a lo que ayudaría avanzar en los criterios de Bolonia)”.

Pero no sólo falla la educación, que es un desastre desde los tiempos del peor ministro del ramo de España con su famosa LOGSE, sino que España tiene unos indicadores pésimos en cuanto lo que es la formación de empresas, siendo uno de los países en los que más tiempo se tardan en crear –casi siete semanas–, y donde peor se trabaja y produce, según estudios de la mismísima OCDE.

EL GOBIERNO, ANCLADO EN RECETAS INTERVENCIONISTAS DE ESCASA EFECTIVIDAD

Mientras el escenario que va dibujando la crisis roza lo apocalíptico, con un escenario claro de cinco millones de parados en unos meses y el cierre de miles de empresas, el Gobierno, que hasta hace unos meses trataba de maquillar la magnitud del desastre que se avecinaba, presenta un cuadro de medidas efectistas, poco rigurosas y absolutamente alejadas de la realidad, mostrando un desconocimiento del mundo de la empresa rayano en la ignorancia total en materia económica. Pero también se echa en falta un mínimo de capacidad crítica para gestionar una situación como la que padecemos.

Si de veras pretenden incentivar el mundo económico deben intentar generar en la sociedad española una mentalidad mucho más emprendedora y menos funcionarial. El desarrollo de nuestro sistema autonómico, fruto de la Constitución de 1978, ha triplicado e incluso cuadriplicado nuestras administraciones en la mayor parte de nuestro territorio nacional. En lugar de promover la creación de empresas, con una mayora agilidad en la administración y políticas fiscales decididas y audaces, pretenden seguir aumentando ese ejército de tres millones de inoperantes funcionarios que pueblan ese decorado surrealista más propio del camarote de los hermanos Marx que de lo que debe ser una administración pública eficiente, ágil y, sobre todo, moderna. No se trata de hablar de personas, sino de juzgar un sistema que tradicionalmente no ha funcionado por diversos motivos que no vienen al caso, desde los tiempos que tan certeramente relatara Larra hasta ahora.

Es cierto que la mayor parte de los Estados del mundo, incluyendo a los Estados Unidos, han intervenido abiertamente en sus bancos y grandes empresas para salvarlas de una segura quiebra, pero no es menos cierto que la crisis económica de España tiene unas características bien distintas, ya que nuestro crecimiento de los últimos años estaba basado en el monocultivo del ladrillo y que, en general, nuestro sistema bancario goza de buena salud. Los problemas de la economía española atañen más a la competitividad, a su escasa proyección exterior si la comparamos con otras economías de nuestro entorno, a la rigidez de su mercado laboral y a sus altos costes laborales. El diagnóstico es distinto y las recetas, por tanto, también deben serlo.

LA DERECHA NO OFRECE ALTERNATIVAS

El problema de la derecha española, a estas alturas, es que el discurso que plantea carece de los anclajes propios de otros proyectos políticos de centro en Europa. El Partido Popular (PP) responde más a parámetros del viejo conservadurismo de los años ochenta que a un partido de centro moderno, tanto en sus planteamientos sociales –matrimonios gays, separación Iglesia-Estado, condena sin ningún género de dudas de los proyectos autoritarios del pasado, defensa de los valores cívicos y laicos en la Escuela, por citar tan sólo algunos notables déficits– como económicos.

Por ejemplo, cuando estuvieron en el Gobierno (1996-2004) desarrollaron una política continuista y conservadora, siguiendo los pasos de los anteriores ejecutivos socialistas y aprovechándose de una coyuntura de crecimiento económico que respondía más a factores externos que de índole interna. Nada de audaz, ni moderno, ni revolucionario, puro continuismo sin contenidos reformistas e innovadores. Aznar, como González antes, aprovecharon la bonanza económica internacional sin aportar nada nuevo bajo el sol.

Luego está la incapacidad estratégica del PP para responder a los desatinos y crasos errores del actual ejecutivo. Como ejemplo gráfico de esta escasa o nula capacidad de respuesta, baste tan sólo el ejemplo del reciente aviso de la retirada de las tropas españolas de Kosovo, un anuncio efectista de ribetes esperpénticos presentado a bombo y platillo por una ministra de defensa, Carme Chacón, que en otros país habría dimitido o habría sido cesada por la desafortunada forma de tomar acciones políticas sin haber contado con sus propios embajadores, sus aliados europeos y occidentales y el mismísimo ministro de Asuntos Exteriores de su desgastado Gobierno.

Un absoluto desastre que no se puede ocultar y que ha generado desconfianza en todo el mundo occidental hacia España y su mediática ministra. ¿Dónde estaba la oposición entonces? Pues de puente, como todo el país, que padece autismo colectivo ante la que está cayendo y sigue gastando sus dineros como si aquí no pasara nada (y sí pasa, claro que sí).

ESCENARIO ADVERSO Y PLAGADO DE RIESGOS

Así las cosas, y aún a riesgo de que me califiquen de agorero, en este escenario tan adverso es muy difícil que las cosas vayan a mejorar en los próximos meses; pues, como decía el genial Albert Einstein, “no pretendamos que las cosas cambien si siempre hacemos lo mismo”. Es más que seguro, que por este camino y sin hacer la necesaria autocrítica acerca de la forma con que trabajamos en España y cómo nos posicionamos a través de la misma en el mundo, las cosas no van a cambiar, sino a empeorar.

Quizá nos espera un destino mediocre, ser una nación de segundo orden en el mundo con una administración y un gobierno más parecido a los estándares italianos que a los británicos. Pero también, sin una reacción clara ante los problemas estructurales que padece el país, sin una respuesta con contenidos y propuestas “revolucionarias”, como flexibilizar el mercado laboral, bajar los impuestos, reducir los gastos sociales, “adelgazar” como sea la administración pública y apuntar a la competitividad en un mundo global, la coyuntura actual evolucionará en la peor de las direcciones posibles.

LOS COSTES DE LA INACCIÓN

Los “costes” de esta inacción, propia de aquellos que no quieren luchar por superar la crisis trabajando duro, serán más desempleo, un tejido empresarial reducido a su mínimo exponente, una bajada en nuestra nivel de renta con respecto a nuestros vecinos europeos y los nuevos mercados emergentes y altos costes sociales para las capas más desfavorecidas. Ese es el crudo escenario que nos aguarda si no estamos dispuestos a cambiar el rumbo.

Y termino citando, de nuevo, a Einstein: “Quien atribuye a la crisis sus fracasos y penurias, violenta su propio talento y respeta más a los problemas que a las soluciones(…). La verdadera crisis es la crisis de la incompetencia. El problema de las personas y los países es la pereza para encontrar salidas y soluciones”. ¿Tiene arreglo España o estamos abocados a aceptar que la situación actual no tiene remedio?