jaslasombradelpoderNo se trata sólo de saber en qué medida afecta la crisis profunda de la prensa escrita al funcionamiento del sistema democrático; lo esencial es que la prensa recupere su principio jeffersoniano de garantía de la democracia.

(Desde Madrid) HACE UNOS TRES MESES escribí en Safe Democracy sobre la crisis de los periódicos donde analizaba sumariamente el estado de shock en que se hallaba sumido el mundo de la prensa en papel, especialmente en Estados Unidos.

En las semanas que han transcurrido desde entonces, se ha ido generalizando y profundizando la crisis. El diario El País, en el suplemento dominical, se sumaba al debate, ofreciendo diagnósticos, opiniones y propuestas para salir del marasmo.

“La sensación es que el consenso sobre la importancia de la prensa para la estabilidad y la salud de la democracia en Estados Unidos va poco más allá de su mera formulación teórica. O retórica. O moralista”

En el debate hay varios asuntos recurrentes: crisis económica, impacto de Internet, cambio de tendencia en las preferencias informativas del público, destinos vinculados del periodismo y la democracia. De los primeros nos ocupamos en comentarios anteriores. Vamos a detenernos ahora en el último asunto: en qué medida la crisis aguda de la prensa escrita puede deteriorar, y en qué grado, el funcionamiento del sistema democrático.

POLÍTICOS PREOCUPADOS

Para empezar, hay que constatar la preocupación entre ciertos sectores de la clase política. El senador por Massachussets, John Kerry, candidato demócrata a la presidencia de Estados Unidos en 2004, ha organizado y liderado unas audiencias en un subcomité parlamentario bajo este inequívoco título: “Una nueva Era para los periódicos, diversidad de voces, competición e Internet”.

“Ahora el “monstruo” se llama Internet y la reacción de los medios escritos y audiovisuales sigue el mismo patrón de pasividad, cortedad de miras y negacionismo de la realidad”

Kerry contempla muy de cerca el espectro de una comunidad sin periódicos. El Boston Globe, el periódico de referencia de su ciudad y de su estado y vástago del New York Times, vive bajo seria amenaza de desaparición.

Por esta instancia del Senado han pasado periodistas, políticos, empresarios y otros personajes relacionados de una u otra forma con la herencia de Gutemberg. La sensación es que el consenso sobre la importancia de la prensa para la estabilidad y la salud de la democracia en Estados Unidos va poco más allá de su mera formulación teórica. O retórica. O moralista. En cuanto se entra en detalles, tanto el diagnóstico sobre las causas de la crisis como en las propuestas de terapias y de alternativas de futuro, prima la divergencia, la discordia y hasta la recriminación, el pesimismo y cierto ambiente de desesperación.

FALTA DE ADAPTABILIDAD

Un destacado articulista del New York Times, Frank Rich, aportó sus opiniones al debate en una columna dominical dominada por un tono ácido. En su comentario ofrece sabrosos ejemplos de la falta de adaptabilidad que desde los cincuenta, han exhibido los empresarios de los medios de comunicación y del espectáculo ante la aparición de nuevos soportes y tendencias. Ahora el “monstruo” se llama Internet y la reacción de los medios escritos y audiovisuales sigue el mismo patrón de pasividad, cortedad de miras y negacionismo de la realidad.

“Frank Rich se opone vehementemente a las ayudas públicas a la prensa y asegura que el futuro del periodismo pasa por que alguien, y no precisamente el gobierno, pague para sostenerlo”

Puntualizado y admitido esto, Rich asegura, por el contrario, que la blogosfera y demás criaturas digitales y subproductos del llamado “periodismo ciudadano” nunca podrán reemplazar la seriedad, profundidad y conocimientos del periodista profesional de calidad.

Desde la izquierda intelectual y profesional, recomiendo vivamente una larga reflexión conjunta de John Nichols y Robert Mc Chesney en el semanario The Nation, titulada “La muerte y la vida de los grandes periódicos norteamericanos”.

LA RESPONSABILIDAD CORPORATIVA

Nichols y Chesney abordan un asunto que habitualmente es dejado de lado por la mayoría de analistas y que también fue eludido en el, por lo demás, interesante artículo de John Carlin para El País. Se trata de la responsabilidad de las grandes corporaciones en la gestación de la crisis sistémica de la prensa. La crisis –sostienen ambos analistas– es muy anterior a las tribulaciones económicas de los últimos tiempos, y tampoco cabría exagerar el efecto devastador de Internet sobre el predicamento del diario impreso. Para ellos, las bases de la catástrofe se pusieron durante los ochenta y los noventa. Resulta sugerente su tesis de que, en realidad, la llamada crisis de la prensa se gestó, incubó, desarrolló y ha estallado de forma paralela e indisociable de la crisis del modelo neoliberal del capitalismo anglosajón. “La debilidad del periodismo ha sido magnificada en la era del control corporativo”, afirman.

“Habría que preguntarse cuantas maneras subrepticias de financiación de la prensa han venido conviviendo en las últimas décadas, bajo un aparente sistema liberal de libre empresa”

Nichols y Chesney se atreven a sugerir algo que resulta un auténtico tabú en Estados Unidos: “sólo el gobierno puede implementar políticas y subsidios fiscales que proporcionen un marco institucional a un periodismo de calidad”. Esta propuesta es combatida desde una pluralidad de frentes (políticos, corporativos, mediáticos, intelectuales y universitarios), por considerar que una de las bases en que se sustenta el periodismo –la independencia del poder político– puede verse socavada. Menos escrúpulos se erigen contra las amenazas que para la independencia representan los grandes poderes económicos y, más precisamente, su vinculación con intereses políticos e institucionales.

Frank Rich, en su mencionada columna del New York Times, se opone vehementemente a las ayudas públicas a la prensa y asegura que el futuro del periodismo pasa por que alguien, y no precisamente el gobierno, pague para sostenerlo.

ESTADOS GENERALES DE LA PRENSA

En Europa, hay un reciente ejemplo de intervensionismo gubernamental en la crisis de los periódicos. El presidente de la República francesa, Nicolás Sarkozy lanzó en octubre de 2008 una iniciativa con el pomposo nombre de “Estados Generales de la prensa”, para propiciar una reflexión conjunta del sector, la clase política, los agentes económicos y sociales y los propios profesionales.

Sarkozy quiso protagonizar las conclusiones comprometiendo dinero del erario público (600 millones de euros en tres años) para ayudar a la sostenibilidad principalmente de los diarios escritos. Una medida que levantó polémica, pero que seguramente no tendrá efectos demasiados eficaces en la consecución de sus pretendidos propósitos.

“Me resultan más convincentes los análisis críticos sobre las responsabilidades de la prensa en la pasividad ante la construcción del pensamiento único,  la degradación de la clase política, y las complicidades entre grandes intereses corporativos y mediáticos”

Hace unos días, desde las páginas del prestigioso diario francés Le Monde, Frédéric Filloux, editor de la división internacional del grupo Schibsted, blogero y notable polemista en la materia de la que se trata, criticaba con dureza al presidente francés por considerar que “subvencionar masivamente a la prensa le hacía flaco servicio”. Filloux opina que con esta medida se premia “la incapacidad del sector para generar beneficios” y, peor aún, se desincentiva la reestructuración del sector que, a su juicio, constituye su necesidad más imperiosa en este momento. “La actual generación de patrones de prensa sostienen la idea de un sistema subvencionado, auxiliado, más que una asunción real de responsabilidades”, sanciona Filloux.

EL ASUNTO DE LA FINANCIACIÓN

Habría que preguntarse cuantas maneras subrepticias de financiación de la prensa han venido conviviendo en las últimas décadas, bajo un aparente sistema liberal de libre empresa. La gestión de la publicidad institucional, las ayudas al papel, por no hablar de ciertas connivencias en las estrategias políticas y mediáticas contaminan el debate sobre el jeffersoniano principio de la prensa como garantía del sistema democrático.

Me resultan más convincentes los análisis críticos sobre las responsabilidades de la prensa en la pasividad ante la construcción del pensamiento único, el deterioro del sistema representativo, la degradación de la clase política, la gestación de la crisis económica, y las complicidades entre grandes intereses corporativos y mediáticos antes que proclamas grandilocuentes sobre los riesgos a los que se enfrenta la democracia si no somos capaces de detener el declive de la prensa.