colpasodelaizquierdaSi la izquierda europea no es capaz de liderar la alternativa y ofrecer propuestas al caos actual y a la recesión económica, su espacio político será ocupado por nuevas formaciones de talante populista e incluso ultraderechista.

(Desde Madrid) DE LOS RESULTADOS DE LAS ÚLTIMAS elecciones europeas se puede extraer un resultado claro y nítido: los partidos socialdemócratas y los antiguos comunistas, reciclados en un sinfín de variopintas fuerzas, han sufrido una derrota rotunda y contundente en las urnas.

La izquierda tradicional, que se siente inmersa desde la caída del Muro de Berlín en una profunda crisis, no ha sido capaz de dar respuestas coherentes y responsables ante fenómenos tales como la inmigración descontrolada e ilegal, la destrucción de empleos y empresas”

En Francia y el Reino Unido, los socialdemócratas no han superado siquiera el 20 por ciento y las otras fuerzas de izquierda han obtenido resultados testimoniales. Mientras que en Alemania, Italia y España, con mejores resultados, los partidos de izquierda han quedado por detrás de las fuerzas de la derecha y la tendencia de las fuerzas de progreso es decreciente. Resultados parecidos para los partidos socialistas y de izquierda se observan en Austria, Bulgaria, Chipre, Dinamarca, Eslovaquia, Finlandia, Hungría, Polonia y Portugal, donde quedan muy lejos porcentualmente de las fuerzas de centroderecha y las nuevas formaciones populistas en alza.

PANORAMA DESOLADOR

A este panorama tan desolador para la izquierda se le viene a unir el ascenso de la ultraderecha en todo el continente, destacando su importante presencia en Austria, Bulgaria, Francia, Holanda, Hungría, Italia y Rumania. En el Reino Unido, además, por primera vez un partido ultra –el BNP– obtiene representación parlamentaria en Bruselas. Parece, por lo que se desprende de los resultados, que los europeos responden ante la crisis económica con un voto de castigo hacia unos partidos tradicionales carentes de reflejos y ausentes ante sus problemas.

“Luego está el progresismo de salón, la retórica hueca desgastada destinada a un público hastiado y cansado ante la crisis y la percepción de que sus representantes viven ajenos a sus problemas”

La izquierda tradicional, que se siente inmersa desde la caída del Muro de Berlín en una profunda crisis, no ha sido capaz de dar respuestas coherentes y responsables ante fenómenos tales como la inmigración descontrolada e ilegal que azota a todo el continente, la destrucción de empleos y empresas propiciada por la crisis económica, el constatable deterioro de los servicios públicos, la alarmante inseguridad en muchas ciudades europeas y la galopante corrupción que se observa en países como el Reino Unido, donde su clase política ha dado muestras de un nepotismo y el empleo indebido de los fondos parlamentarios de una forma escandalosa sin que nadie haya tenido el pudor de renunciar a sus escaños.

Luego está la escasa dimensión estratégica del discurso de la izquierda. Moviéndose en un terreno ideológico que bebe de la izquierda tradicional, los partidos socialdemócratas han acabado situando su discurso en el centro político, para ganar votos, y haciendo gestos a la derecha tradicional liberal, manteniendo sus políticas, para ir ganando, supuestamente, espacios electorales, tal como hizo el laborismo británico de Blair, con su controvertida “tercera vía”, en los años noventa. Pero, llegados a este punto, cabe la pena preguntarse: ¿para qué votar a la mala copia de la derecha si la auténtica funciona mucho mejor a la hora de desarrollar sus políticas y las ejecuta sin máscara y apenas mala conciencia?

VACÍO IDEOLÓGICO

Todo ello por no hablar de la “gauche divine”, de las Segolene Royal, Pajin y compañía española, personajes lanzados para el diseño espectacular y sin apenas contenidos ideológicos; mucho marketing, pocas propuestas programáticas y nulas respuestas a los desafíos de los ciudadanos. En definitiva, la consolidación de una clase política alejada de los ciudadanos y poco ceñida a sus intereses, tal como ha ocurrido en España, Francia, Italia y claramente en el Reino Unido, ha provocado ese súbito alejamiento del electorado de izquierda de las fuerzas que tradicionalmente les representaban, aumentando la abstención y beneficiándose con ello la derecha clásica y ahora la emergente extrema derecha.

“El Estado de Bienestar será insostenible en el corte plazo si no se atienden con urgencia los nuevos retos de un mundo en cambio, como el del crecimiento de una forma desmedida y sin control de la inmigración ilegal y la incorporación de nuevos sectores a los beneficios sociales”

Luego está el progresismo de salón, la retórica hueca desgastada destinada a un público hastiado y cansado ante la crisis y la percepción de que sus representantes viven ajenos a sus problemas. Como explicaba el analista Luis Prados, redactor jefe de la sección internacional del diario español El País, “tras 9 meses de recesión económica mundial y más de 20 millones de parados en el continente, la izquierda europea ha perdido casi un 30 por ciento de los escaños que tenía hace cinco años en Estrasburgo. Incapaz de articular un discurso coherente contra los excesos de un capitalismo sin reglas, refugiada en un pensamiento “progresista” inconsistente que ofrece radicalidades, pero ninguna reforma, y habiendo convertido la táctica en ideología, la izquierda camina hacia un papel subalterno e irrelevante”.

LAS COSAS MÁS CLARAS

Por el contrario, la derecha lo tiene todo mucho claro, su lenguaje es mucho más simple y radical y, además, no tiene problemas morales a la hora de aplicar sus políticas de ajuste duro y “daños colaterales” en lo social. También sus excesos retóricos populistas y radicales son recibidos por un público que jalea la “mano dura” y más seguridad a costa de perder derechos. Si se enriquecen en la política, la gente les suele perdonar con más facilidad y su electorado es mucho más condescendiente.

“Ayudaría a frenar la actual sangría no estaría mal que las formaciones de izquierda atendieran de alguna forma a la estética política, es decir, que determinados comportamientos, como el galopante nepotismo, la descarada corrupción y el amiguismo generalizado fueran erradicados”

Además, el manido discurso de la solidaridad con todos y la universalidad de los derechos sociales se ha estrellado, de golpe, con la dura realidad: el Estado de Bienestar será insostenible en el corte plazo si no se atienden con urgencia los nuevos retos de un mundo en cambio, como el del crecimiento de una forma desmedida y sin control de la inmigración ilegal y la incorporación de nuevos sectores a los beneficios sociales de nuestras agónicas administraciones.

La sanidad pública, obviamente saturada por su universalización sin medida, y la educación del mismo apellido, cada vez de peor calidad, son los síntomas evidentes de la descomposición de los Estados de Bienestar que hasta ahora conocíamos. Hay que decir las cosas claras y ser valientes, dejarse de andanadas baldías, contestando a las demandas de los ciudadanos y dando respuestas plausibles a los problemas. Las sociedades requieren de soluciones serias y responsables y no de discursos ceñidos al uso progre para agradar a un electorado que ya no es tan inmaduro, políticamente hablando, y mucho menos infantil. Menos retórica redundante, y más contenidos programáticos rigurosos. Hace falta otra forma de hacer política.

¿QUÉ HACER?

Entonces, y llegados a este punto, ¿qué hacer?, apelando a la necesidad objetiva de vertebrar y articular un auténtica alternativas de izquierdas en el momento actual. En primer lugar, si este asunto tiene arreglo, recuperar el pulso con la ciudadanía, bajar a la calle y enterarse de lo que realmente está pasando en nuestras sociedades, es una necesidad objetiva que no admite demora. La falta de sensibilidad con respecto a los problemas que plantea una política migratoria descontrolada y ajena al control de las administraciones, no olvidemos, fue la causa que aupó a la derecha italiana al Gobierno y que deslegitimó (¿quizá para siempre?) a la izquierda. El ascenso de la Liga del Norte en las últimas elecciones europeas es, a este respecto, revelador. La gente quiere respuestas y no naderías de corte progresista para engatusar a desinformados.

Como segundo factor que ayudaría a frenar la actual sangría no estaría mal que las formaciones de izquierda atendieran de alguna forma a la estética política, es decir, que determinados comportamientos, como el galopante nepotismo, la descarada corrupción y el amiguismo generalizado, por no hablar de los súbitos enriquecimientos de algunos líderes de izquierda cuando abandonan el Gobierno, fueran erradicados rotundamente. Hablo de estética, que no de ética, que es una cosa bien distinta.

“Si la izquierda europea no es capaz de liderar la alternativa y ofrecer propuestas al caos actual y a la recesión económica, las viejas formaciones de derecha tendrán el camino despejado para llegar al gobierno y desarrollar sus políticas sin problemas”

Y, finalmente, aunque esta sea una demanda más metafísica que ceñida a una realidad cada vez más alejada de los intereses ciudadanos, haría falta que la política desde la izquierda se entendiera más como un ejercicio temporal de servicio público hacia la sociedad que no, como ocurre actualmente, una forma de vivir y sobrevivir durante años. Ya en los años ochenta, Petra Kelly sugería que los líderes políticos verdes en el ejercicio de su responsabilidad estuvieran, como máximo, dos mandatos de cuatro años. Así, una vez terminado su mandato popular, volvieran a sus antiguas ocupaciones y no olvidaran sus orígenes, retomando el pulso con los ciudadanos de a pie. ¡Qué poéticas resultan ahora las aspiraciones de Kelly si uno examina el comportamiento de los verdes alemanes!

Termino: si la izquierda europea no es capaz de liderar la alternativa y ofrecer propuestas al caos actual y a la recesión económica, con sus consabidas consecuencias, su espacio político será ocupado por nuevas formaciones de talante populista e incluso ultraderechista, pero también las viejas formaciones de derecha tendrán el camino despejado para llegar al gobierno y desarrollar sus políticas sin problemas. Veremos qué pasa.