chavez-zelayaEl conflicto Hondureño refleja la ardua lucha entre los que defienden el modelo democrático liberal y los que abogan por el modelo populista de corte autoritario.

(Desde Madrid) LA RECIENTE INTERVENCIÓN del ejército en la vida política de Honduras, amparando lo que algunos han denominado como un “golpe de Estado”, tiene lecturas múltiples y, desde luego, no debe ajustarse a análisis simplistas y tergiversados. En primer lugar, no se pueden entender los sucesos acaecidos el 28 de junio, cuando el ex presidente Manuel Zelaya es destituido de su cargo y después expulsado en un avión, sin los antecedentes previos. El presidente Zelaya estaba actuando al margen de la Ley, no contaba con el apoyo de las instituciones y partidos hondureños, había tomado decisiones contrarias al ordenamiento legal y el país se encaminaba, sin ningún género de dudas, hacia un régimen autoritario de ribetes populistas y chapistas.

Pero vayamos por partes. El supuesto “golpe de Estado” se produce en un momento de total aislamiento por parte del presidente electo, que había incumplido sus compromisos electorales y políticos con su partido, el liberal, y en un momento de absoluto vacío institucional, pues tanta la Corte Suprema de Justicia, el Tribuna Electoral, el parlamento, las fuerzas armadas y los partidos políticos hondureños habían mostrado su total desacuerdo con el mandatario y con su deseo de realizar una consulta para reelegirse indefinidamente. Las aspiraciones de Zelaya tenían un regusto autoritario y caminaban hacia un contexto político muy parecido al que vive la Venezuela de hoy; los poderes institucionales, junto con las fuerzas sociales más vivas de Honduras, reaccionaron de una forma rauda y exitosa para conjurar el casi seguro riesgo de una dictadura de corte neocomunista.

“América Latina vive desde hace diez años inmersa en una lucha a muerte entre los que defienden los modelos democráticos de corte occidental para sus países o los que abogan por una suerte de caudillismo populista de ribetes autoritarios y con una clara apuesta, en lo económico, por la cubanización de sus maltrechas economías.”

PANORAMA INTERNACIONAL

El “golpe” no es un golpe de Estado como se ha dicho, técnicamente hablando, ya que no tenia la intención de aupar al poder a los militares y que, además, estaba dotado de una cierta legitimidad democrática (el parlamento nacional, una vez que Zelaya ha abandonado el país, le destituye por haber violado la Constitución y el ordenamiento jurídico). La soberanía nacional de los países reside en sus legislativos y el hondureño, que se sepa, ha destituido oficialmente al autodenominado (todavía) presidente Zelaya.

Aparte de estas consideraciones en clave interna hondureña, hay que reseñar el panorama internacional en que se ha producido lo que denomino como proceso de normalización política y constitucional. América Latina vive desde hace diez años inmersa en una lucha a muerte entre los que defienden los modelos democráticos de corte occidental para sus países o los que abogan por una suerte de caudillismo populista de ribetes autoritarios y con una clara apuesta, en lo económico, por la cubanización de sus maltrechas economías. Es lo que Chávez denomina el “socialismo del siglo XXI”, que hasta el día de hoy, que se conozca, no ha dado más resultados concretos que un Estado venezolano infuncional minado por la corrupción, el nepotismo y el despilfarro de los fondos procedentes de la bonanza petrolera, y que en otros Estados del continente -Bolivia, Ecuador y Nicaragua- se “ensaya” con resultados parecidos.

LA INFLUENCIA DE CHÁVEZ

La intromisión de Chávez en la vida política de otros países es un rasgo característico del proyecto hegemónico y totalitario que encarna el ex militar venezolano. Ex golpista y autoritario, Chávez apoyó, en su momento, al contrincante izquierdista y populista de Allan García en Perú, simpatiza sin ocultarlo con la organización terrorista colombiana FARC (homenajeada sin rubor y ensalzada por los partidarios del sátrapa de Caracas en las calles venezolanas), apoya a las organizaciones más izquierdistas de todo el continente y ha tejido, con la ayuda de Ecuador, la infuncional e increíble Alternativa Bolivariana para las Américas (ALBA), una suerte de Pacto de Varsovia bis que trata de aglutinar a las nuevas potencias neocomunistas de la región.

Honduras era parte del proyecto político estratégico de Chávez. Una vez consolidado el poder de Zelaya, pensaba, la cubanización del país, al estilo de lo que había pasado en Bolivia, Ecuador, Nicaragua y la misma Venezuela, estaría servida. Sin embargo esta vez se vio superado por los acontecimientos y la sociedad hondureña reaccionó con todos sus recursos políticos e institucionales contra las veleidades autoritarias y populistas de Zelaya. La opereta hondureña, animada y jaleada por personajes tan escasamente democráticos como el ecuatoriano Rafael Correa y el nicaragüense Daniel Ortega, terminó de la mejor manera posible: la destitución del presidente Zelaya y el retorno a la normalidad constitucional, por mal que les pese a algunos y aunque las formas no hayan sido, desde luego, muy cuidadosas.

“Los hondureños deben de cerrar esta crisis en clave democrática y poner fin a la pesadilla chavista, de la que se han librado, para el bien de todos los demócratas, hace ya casi tres semanas.”

LOS HONDUREÑOS

Luego está el asunto de la legitimidad internacional. La comunidad internacional, liderada por los Estados Unidos, la Unión Europea y la OEA, ha actuado con precipitación y sin analizar en profundidad los acontecimientos previos a lo que se ha denominado injustamente como “golpe de Estado”. Zelaya estaba actuando al margen de la legalidad, liderando un proyecto autoritario para el país e intentando realizar una consulta en contra de la Ley y la Constitución para entronizarse al estilo de Chávez. Los líderes de la OEA, acobardados y humillados por Chávez constantemente, han cedido vergonzosamente a los dictados de un personaje que no tiene ninguna legitimidad política ni moral para condenar el supuesto “golpe” hondureño.

Ahora, cuando las aguas parecen volver a la calma y las cosas se examinan con mayor profundidad, pese al craso error de nuestro canciller en llamar al embajador en Tegucigalpa, parece claro que el único escenario político que puede resolver esta crisis pasa por la convocatoria urgente de elecciones libres y sin intromisiones externas. También por la definitiva jubilación de Zelaya, que ha mostrado sus dotes para sembrar la discordia y el conflicto civil en la maltrecha sociedad hondureña y su incapacidad manifiesta para desenvolverse como presidente. Los hondureños deben de cerrar esta crisis en clave democrática y poner fin a la pesadilla chavista, de la que se han librado, para el bien de todos los demócratas, hace ya casi tres semanas.