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Los obstáculos del museo de la memoria en Perú

MUSEO DE LA MEMORIA Yuyanapaq 2Perú se encuentra ahora en la tesitura de mirar y enfrentar su pasado reciente con valor y grandeza o tratar de echar tierra sobre las voces que no quieren que queden en el cómplice olvido la tragedia del terrorismo y de los eufemísticamente llamados “excesos” de las fuerzas de seguridad del Estado. El debate sobre la construcción del museo de la memoria ha puesto sobre el tapete la necesidad de no cerrar heridas en falso.

El informe de la Comisión de la Verdad

El año pasado la canciller alemana, Angela Merkel, realizó una visita oficial a Perú. Allí dijo que el Gobierno Alemán ayudaría a financiar un museo que reflejase lo narrado por la Comisión de la Verdad y la Reconciliación (CVR) en un documento sobrecogedor.

El problema es, precisamente, el contenido del texto de la CVR, un documento que obliga a los peruanos a conocer no sólo los detalles de las atrocidades del terrorismo de Sendero Luminoso (SL) y del Movimiento Revolucionario Túpac Amaru (MRTA) sino también los de la de la barbarie de la represión.

El informe de la CVR llega a la conclusión de que por lo menos 69.000 personas fueron asesinadas entre 1980 y 2000 principalmente por el salvajismo de SL y del MRTA pero también por la sinrazón de miembros de las fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado que participaron en operaciones de asesinato sistemáticas amparadas u orquestadas por el Gobierno de Alberto Fujimori tal como, por otro lado, viene quedando demostrado en los juicios que se siguen en Perú contra el ex presidente y sus seguidores.

El texto es un exhaustivo relato con testimonios e informes de toda índole cuyo objeto es desentrañar lo ocurrido. En las páginas de sus nueve volúmenes se narran, por ejemplo, las matanzas del tristemente célebre Grupo Colina que, integrado por militares, asesinó a hombres, mujeres y niños. Por supuesto también se da cuenta de las salvajes matanzas cometidas por SL y el MRTA.

El afán de objetividad e imparcialidad de la CVR motivó que muchos peruanos, algunos interesadamente y sin duda otros muchos con auténtico convencimiento, acusaran a la CVR de “equidistancia” entre “malos” y “buenos”. Y eso a pesar de que hoy muchos de los responsables de las atrocidades, de uno y otro bando, están siendo procesados por la propia Justicia Peruana, empezando por el propio Fujimori y su lugarteniente Vladimiro Montesinos – lo que convierte a Perú en un ejemplo para el mundo-.

La Comisión, con algunos de los materiales recopilados durante su trabajo –fotos, películas, cuadros sinópticos, etc.-, organizó una exposición titulada -en quechua- “Yuyanapaq” (Para recordar), con el aplauso de la mayor parte de la población que sí valora el trabajo de la CVR. Esta exposición sería la base del museo mentado por Merkel a cuyo regreso a Alemania se materializó su promesa; el Gobierno Alemán ofreció dos millones de dólares para el citado museo de la memoria.

Rechazo y (aparente) rectificación

Pero a principios de este año ministros del Gobierno Peruano dijeron al respecto que el Perú “no necesita museos”, porque, en su opinión, el país tiene necesidades mucho más acuciantes que enfrentar. A los pocos días Mario Vargas Llosa, en un artículo, respondió: “Los peruanos necesitamos un museo de la memoria para combatir esas actitudes intolerantes, ciegas y obtusas que desatan la violencia política. Para que lo ocurrido en los años ochenta y noventa no se vuelva a repetir. Para aprender de una manera vívida a dónde conducen la sinrazón delirante de los ideólogos marxistas y maoístas y, asimismo, los métodos fascistas con que Montesinos y Fujimori los combatieron convencidos de que todo vale para lograr el objetivo aunque ello signifique sacrificar a decenas de miles de inocentes”. “Los museos”, señaló Vargas Llosa, “son tan necesarios para los países como las escuelas y los hospitales. Ellos educan tanto y a veces más que las aulas y sobre todo de una manera más sutil, privada y permanente que como lo hacen los maestros. Ellos también curan, no los cuerpos, pero sí las mentes, de la tiniebla que es la ignorancia, el prejuicio, la superstición”.

Tras la difusión de las palabras de Vargas Llosa, el Gobierno Peruano anunció que se haría el susodicho museo de la memoria. El presidente Alan García pidió al escritor que liderase una comisión para tal fin. La comisión se constituyó integrada por personalidades de prestigio como Salomón Lerner Febres- presidente de la CVR-, monseñor Luis Bambarén, Enrique Bernales, Fernando de Szyszlo, Frederick Cooper y Juan Manuel Ossio. Personas, asimismo, situadas en diferentes sectores del espectro ideológico.

Obstáculos

Pero pronto empezaron a aparecer nuevos nubarrones en el horizonte. Lerner fue amenazado de muerte y algunos medios de comunicación emprendieron una campaña contra el proyecto del museo. Al punto de que el propio Vargas Llosa ha tenido que salir nuevamente a la palestra para denunciar que la creación del museo se enfrenta a “toda clase de obstáculos” puestos allí “de manera interesada” por parte “de los sectores más recalcitrantes” en Perú. En una entrevista con la agencia France Press el escritor señaló que los sectores que estuvieron vinculados a las matanzas “no quieren que se documente algo que preferirían que el Perú olvide”. El proyecto, recalcó, causa “mucha polémica en el Perú porque hay una idea equivocada de que va a ser un museo partidista, sesgado, a favor de las tesis revolucionarias, lo que es un disparate absolutamente monumental”.

A la espera del posicionamiento gubernamental

Ante la situación no falta quien reclama un posicionamiento público y contundente por parte del presidente Alan García que deslinde compromisos con los miembros de su entorno que se oponen al proyecto. Un posicionamiento para que, por fin, se pueda avanzar en la creación de un museo que, posiblemente, no será el antídoto seguro contra la violencia pero que por lo menos ayudará a aliviar la pesada carga que arrastran miles de familias peruanas víctimas de la barbarie y que llevan su sufrimiento muchas veces en silencio y casi siempre con el estigma del rechazo porque algunos de sus compatriotas prefieren, precisamente, no tener memoria y mirar para otro lado.