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Uruguay y Honduras: caras opuestas de la democracia latinoamericana

porfirio y pepeEl progresismo en el Uruguay no sólo volvió a triunfar, sino que además se profundiza. La primera gran sorpresa, se llevó a cabo el pasado 28 de junio, cuando en las internas abiertas del gobernante partido Frente Amplio, se impuso José “Pepe” Mujica, un dirigente popular, ubicado –hasta el momento, al menos- a la “izquierda” del presidente Tabaré Vázquez, que en su larga vida política –ente otras cosas- sufrió catorce años de prisión –a pesar de haberse escapado en dos ocasiones- por haber militado en las filas del Movimiento de Liberación Nacional Tupamaros.

Cayó preso en 1970 y en 1985, finalmente, fue amnistiado. Pocos creían que el “Pepe” Mujica podía ganarle a su contrincante en las internas (y actual vice-presidente electo), Danilo Astori, ya que éste representaba la cara “más aceptable” del stablishment uruguayo. Sin embargo, un rotundo triunfo ubicó al actual presidente electo, en la “pole position” de la formula oficialista.

Lo que prima es la moderación

Sin embargo, el presidente electo uruguayo, entendió que la mesura y el consenso con todos los sectores de la vida política de su país, es el camino más seguro para impulsar un cambio verdadero en el pequeño país rioplatense. A sabiendas de que iba a triunfar en el ballotage, mantuvo innumerables reuniones con el staff empresario uruguayo como así también con algunos inversores extranjeros, principalmente españoles. Durante esas reuniones, y para tranquilidad de estos últimos, aseguró que su política económica va a ser mucho más parecida a la chilena que a la venezolana, pero dejando en claro que redoblaría –en la medida que los tiempos de la “política real” así se lo permitan- la política social implementada por Tabaré Vázquez. El Frente Amplio, desde su llegada al poder, paulatinamente se fue transformado en una agrupación que en los últimos tiempos tuvo un giro más pronunciado al “Centro”, que a la “Izquierda”. Ejemplo de esto fueron las reiteradas amenazas del actual presidente, de abandonar el MERCOSIUR, para intentar firmar un Tratado de Libre Comercio (TLC) con los Estados Unidos; deseo que aún persiste en algunos sectores del Frente Amlpio, pero que difícilmente se pueda llevar a cabo en un gobierno de Mujica.

Sin mayores cambios

El presidente electo uruguayo, basó su campaña en la continuidad de las políticas llevadas a cabo por el actual gobierno. No se esperan demasiados cambios, salvo –quizás- en lo referido al conflicto que mantienen con Argentina, por la empresa de celulosa de papel “Botnia”, ubicada en la costa uruguaya, frente a la cuidad argentina de Gualeguaychú, sospechada de contaminación, por los gases que emana y por el arrojo de sus residuos fabriles, en un río –el Uruguay- que es reconocido como una de las principales fuentes de agua dulce del planeta. Desde la instalación y puesta en funcionamiento de la empresa, ha traído una serie de complicaciones con el anterior y el actual gobierno argentino, en un hecho político donde claramente falló la diplomacia de ambos países. Con respecto a este tema, José “Pepe” Mujica, le dijo a un diario argentino, pocas horas antes de resultar electo presidente, que: “Si, nosotros sin hacer ruido hemos hecho modificaciones al modelo forestal. Tal vez tengamos que hacer más. Nos preocupamos que los árboles se ubiquen en las tierras más adecuadas, nuestra lucha de ordenamiento territorial. Lo de Botnia no es un problema de Botnia, es un problema de Uruguay. Habíamos suscrito un compromiso. No era un problema forestal, era que como país nos habíamos comprometido y no podíamos dar la imagen de una república bananera.” A partir de ahora, se verá como sigue este conflicto, y de que manera responderá el nuevo gobierno uruguayo.

En Uruguay volvió a triunfar la democracia

Independientemente de los resultados del ballotage, en Uruguay se reafirmó un estilo de hacer política –inaugurado por el Frente Amplio- y se terminó de enterrar al neoliberalismo de los años ´90. El pueblo uruguayo, sus Instituciones y su democracia, fueron los principales ganadores de unas elecciones, que sin dudas, continúan enmarcándose en el contexto progresista que atraviesa, desde hace casi una década- a varios países de América del Sur.

Honduras, la contratara de la democracia uruguaya y latinoamericana

El 29 de noviembre, también, se desarrollaron las elecciones en Honduras.

El Golpe de Estado ocurrido en aquel país centroamericano, el pasado 28 de junio, y que enlutó el proceso de pacificación y democratización en la vida de los pueblos latinoamericanos, lamentablemente se consolidó –a pesar de los dimes y diretes que en estos cinco meses hubo con la OEA, la ONU, Estados Unidos y otros países- demostrando una manera novedosa de derrocar gobiernos legítimamente elegidos por el pueblo, en elecciones libres y democráticas. La oligarquía hondureña –junto a sus socios de poder, como la Iglesia Católica y los principales medios de comunicación del país centroamericano- no soportaron la “traición”, de quien había sido su candidato, Manuel Zelaya –referente de una importante familia “patricia” hondureña, dueña de uno de los principales aserraderos en Honduras- quien, en los últimos meses planteó un “giro” en la política de aquel país, y no sólo comenzó un distanciamiento con Washington y algunos gobiernos conservadores y cuestionados de la región, como Colombia, sino que además “tuvo el atrevimiento” de acercarse a la Venezuela bolivariana de Hugo Chávez, y hasta se sumó al ALBA, bloque de integración económico/social de inspiración venezolana.

Más allá del resultado de las elecciones del domingo 29 de noviembre, lo que queda claro es el triunfo de un nuevo –y por demás preocupante- método para derribar gobiernos constitucionales, como así también del aislamiento regional –e internacional- que el gobierno del golpista Roberto Micheletti, impuso a su propio país. Solamente Estados Unidos, Panamá, Perú, Colombia y Costa Rica reconocerán los resultados de esta ilegítima elección. El resto del continente se niega a aceptar unos comicios realizados bajo el control de una dictadura, condenada internacionalmente por sus violaciones sistemáticas a los derechos humanos.