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Hungry? Eat the Rich: de “indignados” a occupiers

La recién pasada década que aperturó el siglo XXI, y la actual, serán probablemente recordadas por las generaciones presentes y sucesivas, entre otras razones, por la irrupción de movimientos y sujetos político-sociales glocales, es decir, característicamente locales pero con proyección global.

Muchos factores distinguen este fenómeno de otros levantamientos sociales globales y nacionales del pasado, como los movimientos estudiantiles del 68 en Europa, EE.UU. y América Latina, y las protestas masivas en Estados Unidos durante la recesión de los 30s. Baste mencionar solo algunos factores distintivos: su multidimensionalidad, su multi racialidad, sus perfiles demográficos, su espacialidad y sobretodo su conectividad. Ninguno de estos aspectos parece seguir una trayectoria previsible o lineal. Por un lado, si bien la diversidad de demandas responden a escenarios y condiciones nacionales específicas, ellas encuentran detonantes comunes que trascienden fronteras, a saber: la extrema desigualdad social provocada ya sea por una clase, una casta o una elite minoritaria, enquistada y perpetuada en sus privilegios políticos y su acceso al poder decisorio, proporcionándoles estos atributos inconmensurables beneficios sociales y económicos, al punto de perjudicar al resto de la ciudadanía

Contrapunteando el sentido común, aquí no estamos hablando exclusivamente de sociedades periféricas y tercermundistas, sino especialmente de países industriales y post-industriales, la vanguardia económica y financiera del sistema capitalista mundial.

En efecto, tomemos por ejemplo el caso de Estados Unidos, con un indisputable liderazgo económico, intelectual, y militar a nivel mundial. Según datos levantados por el economista y catedrático de New York University, Edward N. Wolff, citado por G. William Domhof, para el año 2010 el 35% de la riqueza que se produjo en Estados Unidos se concentró en apenas el 1% de los hogares (de allí el moto de los ocupantes, “Somos el 99%”). Estimados de ingresos brutos (pre impuestos) para este grupo oscilan entre US$400,000 y 1.2 millones de dólares anuales, aunque, como señala la misma fuente, es en el rango superior (0.5) de esa elite que encabeza el 1% donde la concentración exacerbada alcanza niveles alucinantes: Para algunos, sus ingresos anuales oscilan entre 8, 14 y 20 millones de dólares y hasta 60 millones de dólares. En 2010, el promedio de ingreso de los S&P 500 CEOs bordeó los 9 millones de dólares, incluyendo diversos tipos de compensaciones.

El 19% de la población restante, podría categorizarse como clase media alta, o baja clase alta, compuesta por profesionales, administradores, financieros, medianos empresarios, quienes captan el 50.5% de la riqueza total. Los ingresos no gravados para este grupo se colocan en una escala de US$250,000–US$300,000. Como señala una fuente conocedora, este segmento hace uso de los diversos mecanismos y planes de retiro, como el 401-K y los SEP-IRA, a los cuales contribuyen a fin de obtener dividendos aplazados. Cubiertas estas deducciones, este segmento, colocado aún en el 20avo percentil, todavía dispone de ingresos mensuales de US$15,000-US$20,000.

De cara a tanta opulencia, la pregunta lógica es, ¿de dónde proviene esta riqueza?, La conclusión a la que arriba la fuente de estos datos publicados por Domhoff, es la siguiente, la participación en ese exclusivo club del 0.5% y 1% es posible solamente por su asociación a la industria financiera y sus sucedáneos, amén de lo que capturan del sistema público. Esto es, plusvalía procedente directamente de la especulación, práctica ésta que no por amoral y por perniciosa para las mayorías resulta ser ilegal, sino por el contrario y como ya se sabe, bien premiada.

Esta distribución deja al 85% restante de la población trabajadora y asalariada apenas sobreviviendo con el 15% de la riqueza que contribuyen a crear y mas, porque, como bien lo destacan otros estudios, el grueso de la riqueza que usufructúa el minoritario segmento de los más ricos proviene de otras fuentes que no son salarios. Así lo indica el estudio de F. Norris (2010) aplicado a una muestra 13,480 familias estadounidenses que percibieron hasta10 millones de dólares anuales en el 2008, de las cuales sólo 19% de los ingresos reportados provino de pagos y salarios. Los ingresos brutos anuales de esta mayoritaria población oscilan en una escala de ingresos brutos de US$120,000 a US$50,000

Tomando en cuenta las ganancias astronómicas percibidas sobre todo por el 1% parecería a muchos -especialmente a la derecha norteamericana- anacrónico concordar con C. Marx sobre el carácter “improductivo” de esta clase privilegiada. Sin embargo, no es desfasado considerar que se trata de una clase socialmente improductiva, incapaz de establecer un sistema equitativo de distribución de riquezas o de sus excedentes. Cierto es que este patrón no es nuevo, aunque sí es consistentemente progresivo. Desde finales del siglo XIX la distancia entre ricos y pobres se ha ido ensanchando pero ha sido sobre todo desde mediados del siglo XX y principios del XXI cuando esta trayectoria ha dejado poco margen para tendencias cíclicas.

Como lo indica el siguiente cuadro, los años de la debacle económica no hicieron más que redistribuir la riqueza entre el 20% de los más ricos, aumentar aun más el margen de pobreza entre el 80% restante de la población y establecer un patrón de empobrecimiento y pauperización de determinados segmentos poblacionales. Como resultado, entre 2009 y 2010 la tasa de pobreza creció en 2.6%. Para este último año, 46.2 millones de personas eran oficialmente pobres, el mayor número de pobres registrados en el último medio siglo. Quienes sufrieron más?, las cifras del censo hablan por sí solas: Este incremento afectó mayormente a afroamericanos (de 26% a 27.4% de pobres), a hispanos (de 25.3% a 27%) y a blancos no hispanos (de 9.4% a 10%)

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Fuente: Tomdo de G. William Domhoff, “Whealth Income and Power” en Who Rules America? http://www.census.gov/hhes/www/poverty/about/overview/index.html

A la par con estas tendencias, el sector corporativo Americano obtuvo antes y después de la crisis del 2007, los ingresos más altos registrados desde los años 50s, mientras las tasas de desempleo alcanzaron para el mismo periodo un nivel superior a la de los años 80 y a las registradas en los años posteriores a la gran depresión.

Por si estas cifras levantan suspicacias entre los incrédulos, solo hay que colocar a EE.UU. en una perspectiva comparada. Como lo indica el cuadro anexo, extraído de la fuente ya citada, Estados Unidos registra junto a México, Brasil y África del Sur uno de los más altos coeficientes de Gini (45.0), en abierto contraste con el más reducido nivel de desigualdad de los restantes países desarrollados.

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Fast and Furious

Si el porcentaje de los más ricos se mantuvo proporcionalmente constante, ¿de donde entonces vienen los nuevos pobres? No hay que ser muy perspicaz para concluir que es la clase media baja la que más a contribuido a engrosar este emergente renglón de nuevos pobres.

No es de extrañar entonces que un alto porcentaje de los ocupantes del Zuccotti Park en el corazón del distrito financiero de New York, de City Hall en Philadelfia, de la reserva federal en Chicago, de K. Street (el bulevar de los lobbistas) de Washington D.C. y el Rose Fitzgerald Kennedy Greenway en Boston, sean educadores, contables, profesionales por cuenta propia, trabajadores, quines arrastran una deuda económica y moral propia y transferida, de la cual la gran mayoría de nosotros no estamos exentos. Como insistieron algunos de los ocupantes de Wall Street a quienes alcancé a entrevistar en sus icónicas tiendas de campaña, “muchos de los que estamos aquí no somos desempleados pero tampoco tenemos certidumbre de nuestro futuro. Estamos aquí porque apenas podemos pagar nuestras deudas de estudios; porque nuestros padres perdieron sus empleos y sus casas, víctimas de los recortes y de la crisis de bienes raíces. Si bien es cierto que este movimiento es, como los anteriores, liderado por jóvenes, su causa es auto-proclamadamente trans-generacional.

Algunas de las consignas muestran el perfil amplio y diverso de la contestación:

• “Poder al pueblo” (Power to the People)

• Revolucion Ciudadana en America”

• “No plutocracia para el 1%, si democracia para el 99% (Not plutocracy for 1%, yes democracy for 99%)

• “Luchamos por el cambio por el que votamos” (Standing up for the changing we voted for)

• “Ayudenos a escribir la constitución” (Help us write the constitution)

• “Cuando la injusticia se convierte en ley, la resistencia deviene en un deber (When injustice become law, resistance become duty)

• “Grandes bancos= Corrupcion en grande” (Big Banks= Big Corruption)

• “Ellos le llaman el sueno americano porque tienes que estar dormino para creerlo, Despierta!! (They called the American dream because you have to be aslep to believed, Wake up!!)

• “La privatización toma lo que pertenece al pueblo y se lo da a los Ejecutivos de las Corporaciones” (Privatization takes what belong to the people and give it to the CEO)

La convergencia de todos estos elementos hace relevante la dimensión espacial, estas luchas ocupan territorios plagados de contrastes. Por un lado, mega-ciudades, urbes y metrópolis donde concurren contraponiéndose, riqueza y pobreza, abundancia y escasez; opulencia y pauperización; poder y cualquerización, ofrecen simultáneamente un lugar común a los indignados, a los furiosos desempleados (angry jobless citizens) y a los occupiers, empleados y desempleados. Por otro lado, la espacialidad virtual a la que hacen uso estos nuevos los sujetos políticos ofrece referentes valiosos para hacer más efectiva la resistencia, replicando y mejorando la capacidad de demanda. Así, se aprende haciendo y también deshaciendo.

“Shaking the system”

Es cierto que en el desarrollo de la experiencia norteamericana, no hay todavía una agenda unificada, excepto por la consigna “reforming corporate America.” De hecho, no tendría por qué haberla en esta fase inicial de convocatoria, cuya motivación primaria es levantar la voz y dejar sentir la presencia de conglomerados de indignados con capacidad y voluntad de ocupar y sacudir el sistema. Esta relativa ausencia de agendas explicitas previene además a los sujetos políticos de reducirse a un prontuario de demandas o de excluir propuestas en un momento en el que se desea agregar más que restar.

Sin embargo, la urgencia por encasillar ideológicamente este fenómeno ha desatado por un lado un debate intelectualizado sobre su identidad, sobre si se trata o no de un movimiento social. Por otro lado, ha despertado las voces agoreras de sectores políticamente conservadores, proclives a calificarlo de anti-norteamericano por ser anti-corporatista y anticapitalista. Lo irónico de este fútil intento es que no hay un rostro singular que puedan identificar como blanco de ataque; tampoco hay un liderazgo reconocido todavía, pero mientras el podio continúe abierto, democrático, creativo y resilente los movimientos del siglo XXI habrán venido para quedarse por un buen rato.

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