
El porvenir de Pakistán tras la salida de Musharraf no parece ser promisorio: cualquiera que sea el nuevo gobierno es poco probable que disponga del apoyo popular a medio y largo plazo para trazar un curso diferente de la islamización. Los intentos por bloquear o reducir el enorme poder del temido servicio de Inteligencia (ISI), sin duda fracasarán, dice el autor.
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por Alberto Priego
Rusia intenta renacer jugando con la fuerza de sus dos instrumentos geoestratégicos: el petróleo y el gas natural.
El conflicto entre Georgia y Rusia nos hace experimentar una vez más que en pleno siglo XXI –el mismo de Internet, la carrera espacial, del iPhone y otros ingenios asombrosos– la civilización, igual que en otros momentos históricos, se muestra con crudeza y con los mismos apetitos que han desencadenado otras tantas guerras: la ambición de poder y de hegemonía económica y militar.
Moscú está haciendo valer sus intereses nacionales con la misma firmeza y convicción que lo hacen los países europeos y la Casa Blanca, dice el autor. En esta defensa de sus intereses está utilizando, de forma deliberada y sutil, todos los instrumentos de poder de que dispone, desde la propaganda hasta el recurso a la fuerza, pasando por la presión diplomática o económica. Nada distinto de lo que practican Washington, Londres o París, añade.
El mensaje enviado desde Moscú es claro: nada ni nadie detendrá al gigante ruso ante la adversa perspectiva de perder su esfera de intereses políticos, económicos y estratégicos en el Cáucaso.
Mientras Afganistán y Pakistán sean dos países inestables y casi sin gobierno serán el escenario ideal para las mafias de la droga ya que el caos es el marco perfecto para este tipo de negocios ilegales. Así, acontecimientos como los recientes atentados de Kabul, Karachi o Islamabad favorecen una inestabilidad imprescindible para los narcotraficantes, dice el autor.











