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Líbano y la tensión regional que irá en aumento

Por qué la desestabilización juega a favor de Hezbolá
[1]

Por Ricardo Angoso (para Safe Democracy)

Existen pocas esperanzas de que Siria se sume a un diálogo constructivo en Oriente Medio, si Estados Unidos, la UE y los países árabes no dan el impulso. El verano caliente, con seis soldados españoles muertos en Líbano, no ha hecho más que comenzar.


[2] Ricardo Angoso es periodista especializado en cuestiones internacionales y coordinador general de la ONG Diálogo Europeo [3], con sede en Madrid.

COMO OCURRIERA CON LOS ATENTADOS contra los contingentes franceses y norteamericanos en el pasado — en los que murieron casi tres centenares de soldados de ambas nacionalidades–, ahora nadie parece responsabilizarse de la muerte de los seis soldados españoles asesinados en Líbano. No nos engañemos: como en el pasado, todas las sospechas señalan a Hezbolá, cada día más interesado en la desestabilización de Líbano y siempre plegado a los intereses de las potencias que financian y arman a dicho grupo desde hace décadas: Siria y Líbano. Sin la consabida ayuda de Damasco y Teherán, Hezbolá no sería nada.

Así las cosas, es más que seguro que –siguiendo un guión bien parecido al del pasado– las hostilidades y actos de violencia contra las fuerzas de Naciones Unidas continuarán y resulta casi certero que habrá más víctimas.

El régimen de Damasco nunca ha digerido la presencia internacional de Naciones Unidas en Líbano, ni tampoco su apresurada marcha del país de los cedros cuando fue forzado a retirarse por la presión de París y Washington. Siempre ha visto al territorio libanés como un gran protectorado desde donde ejercer su influencia en la zona y atacar periódicamente a Israel sin necesidad de poner los muertos, pues para eso ya estaban los libaneses; mejor la retórica hueca antisionista sin muertos, que no desgasta políticamente a nadie, que arriesgarse a cruzadas inútiles en un mundo árabe incapaz de emprender nada unido.

LA GUERRA A TRAVÉS DE TERCEROS
Desde el año 1973, Siria nunca ha atacado directamente a Israel, sino que se dedicó a armar a grupos terroristas palestinos y libaneses, a financiar las más variopintas operaciones contra el Estado hebreo y a torpedear los acuerdos de paz entre árabes e israelíes, aspecto este último que contemplaba apoyar a Hamás en los territorios de la Autoridad Nacional Palestina y ningunear a los líderes más pragmáticos de Cisjordania. Luego los sirios, muy hábiles en el manejo de la propaganda y las bravatas pacifistas, trataban de presentarse ante la comunidad internacional como los abanderados de la paz y el diálogo. Nada más lejos de la realidad: al régimen sirio le aterra la posibilidad de unas conversaciones directas con Israel y parece que el espinoso asunto de los Altos de Golán no es más que un mero argumento legitimador de cara al consumo interno, en un país donde la legitimidad democrática del sistema es nula y donde los discursos en clave nacionalista todavía consiguen movilizar a la sociedad. Un Golán ocupado sirve más a los intereses políticos de Siria que una prematura devolución por parte de Israel, que les dejaría en evidencia tras décadas de alimentar un antisemitismo ramplón.

Pero si algo aterra más a los dirigentes sirios (que la posibilidad de un acuerdo con Israel) es la probable democratización de Líbano, pues sería un pésimo ejemplo para las teocracias medievales, los regímenes feudales del Golfo y las dictaduras cuarteleras. Los vientos de la libertad podrían contagiar al vetusto régimen sirio: sus gentes, cansadas de esperar en la cola de la historia desde hace décadas, podrían echarse a la calle demandando cambios y reformas, tal como han hecho en innumerables ocasiones y las balas de la dinastía Assad silenciaron siempre.

IRÁN, PRESENTE DESDE 1979
Luego, en lo que respecta a Irán, no conviene olvidar que Hezbolá nació al calor de la revolución islámica iraní y que su modelo político es el mismo que el del difunto ayatola Jomeini; es decir, un régimen inalterable en sus esencias políticas y religiosas y absolutamente intolerante hacia toda forma de disidencia, que puede llegarse a pagar con la vida. Los derechos humanos y el respeto a las minorías políticas y étnicas no tienen cabida en el Irán nacido en la revolución islámica de 1979. Con estos antecedentes, poco cabe esperar de Hezbolá como del mismo Irán, más deseosos de un fracaso de la democracia libanesa que del florecimiento de un mal ejemplo.

Resumiendo: la subordinación de Hezbolá a los intereses políticos y estratégicos de Siria e Irán es total, al menos que mientras ambos regímenes –tan dispares en numerosos aspectos–, coincidan en su común animadversión hacia Israel y, en general, a la política norteamericana hacia la región. Por tanto, será necesario un mayor esfuerzo de diálogo por parte de la comunidad internacional, que debe estar liderada por unos Estados Unidos más comprometidos y un mayor ahínco europeo, para hacer posible que Siria se sume a un diálogo constructivo para la región, tal como ocurrió en la ya lejana conferencia de Madrid.

No obstante, con el peor presidente de la historia estadounidense terminando su mandato, una Unión Europea incapaz de liderar un proceso de reconfiguración de Oriente Medio –debido a su crónica crisis desde la ampliación más desastrosa de su historia– y un mundo árabe siempre ausente de todas las crisis regionales –debido sobre todo a la carencia de una diplomacia activa y profesional– que nadie se haga demasiadas esperanzas.

El verano caliente, con seis soldados españoles muertos encima de la mesa, no ha hecho más que comenzar.

¿Seremos capaces de conjurar los negros augurios que se anuncian en Oriente Medio? Tan sólo Hezbolá parece tenerlo claro: el tiempo juega a su favor y la desestabilización reinante le beneficia.

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