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Rusia y la incógnita Dmitri Medvédev

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Lo que parece respaldar a las voces que hablan continuidad en Rusia es el hecho de que, habiendo ido todo razonablemente bien en los últimos años, no parece que nada invite a modificar las políticas oficiales de Putin, dice el autor. Sin embargo, la necesidad imperiosa de afrontar problemas irresueltos puede provocar que Medvédev dé un paso adelante y asuma un protagonismo no previsto por los analistas.

AHORA QUE SE APROXIMA el traspaso de poderes en la presidencia de Rusia, parece que por todas partes se impone el mismo pronóstico: con Dmitri Medvédev [1] en cabeza del país, se hará valer una continuidad sin fisuras en lo que respecta a las políticas avaladas hasta hoy por Vladímir Putin. En provecho de esa conclusión se mueve un esquema de intereses muy asentado que transciende, con toda evidencia, a las personas.

“La mayoría de los especialistas cree que la vertical de poder no va a experimentar mayores cambios en Rusia” En tal sentido, tanto Medvédev como Putin se presentan como las cabezas visibles de una pirámide en la que las reglas del juego estarían controladas al milímetro. Más allá de ello, pocos parecen dudar de que el presidente saliente, en el proceso de elección de Medvédev como sucesor, se ha encargado de dejarlo todo bien atado.

Agreguemos que, para completar el esquema y cerrar el círculo, la mayoría de los especialistas entiende que la vertical de poder no va a experimentar mayores cambios en Rusia. Sabido parece que lo común es que se sugiera que lo que va a cobrar cuerpo en las semanas venideras es un traspaso de atribuciones entre el nuevo presidente y el nuevo primer ministro.

TEORÍA Y PRÁCTICA DEL NUEVO EJECUTIVO

Así las cosas, el primero, Medvédev, perdería buena parte de las capacidades ejecutivas que hasta ahora han beneficiado a Putin, que desde la jefatura del gobierno pasaría a controlar, sin ir más lejos, los propios ministerios de fuerza, con lo que el futuro inquilino del Kremlin asumiría funciones fundamentalmente representativo-ceremoniales. “Alguien dirá que en el esquema de poder el presidente incorpora un marchamo de poder autoritario que hace difícil imaginar que Medvédev se substraiga a la tentación”

En el caso, improbable, de que alguien se pregunte si semejante operación se ve bendecida por la letra de la Constitución en vigor, habrá que responder que esta última configura un texto fácilmente maleable. En realidad, el patrón de organización del poder hasta ahora aplicado en Rusia (con una no ocultada reconversión de las reglas del juego de un modelo semipresidencialista en otro obscenamente presidencialista) tiene poco que ver con lo que dice la Constitución, circunstancia que por sí sola abre el camino a toda suerte de interpretaciones de lo que ésta reza.

Hasta aquí, si así lo queremos, la teoría. Malo sería que, aun con el peso de ésta, cerrásemos la puerta a la sorpresa. “La dirección putiniana ha dejado por resolver más problemas de lo que parece” Alguien dirá, por lo pronto, que en el esquema de poder ruso la figura del presidente, sean cuales sean las circunstancias acompañantes, incorpora un marchamo de poder autoritario e incontestado que hace difícil imaginar que Medvédev se substraiga por completo a la tentación correspondiente. Alguien sugerirá, también, que aunque tanto Putin como Rusia Unida disfrutan de una cómoda posición en el Parlamento, con holgadas mayorías, el hecho de que, mal que bien, el nuevo primer ministro tenga que bregar con una u otra oposición bien puede generar para el hasta ahora presidente más de un problema.

DILEMAS POR RESOLVER

Pero la fuente principal de incógnitas nace, con todo, de otro ámbito: al cabo lo que parece invocar la tesis que postula políticas francamente continuistas en Rusia es el hecho de que, como quiera que todo ha ido razonablemente bien en los últimos años, no hay estímulo alguno de entidad que invite a modificar un ápice las políticas oficiales.

Esta especie de preconcepto que acompaña a la tesis que manejamos plantea más de un problema, o al menos lo plantea a los ojos de quienes piensan que la dirección putiniana ha dejado por resolver muchos más problemas de lo que pudiera parecer: es el caso de los vinculados con un maltrecho Estado federal, con ese agujero negro llamado Chechenia, con una situación social que es cualquier cosa menos halagüeña, con la radical primacía que sigue correspondiendo a los oligarcas o con una política exterior (se diga lo que se diga) de perfil alicaído.

Digámoslo de otra manera: la necesidad imperiosa de hacer frente a tesituras tan delicadas bien puede provocar que Medvédev dé un paso adelante y asuma un protagonismo que no contempla ninguno de los pronósticos al uso.