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Estados Unidos y el retorno al multilateralismo: nuevos temas en la agenda y Afganistán

obama-onu-20091La intensa agenda internacional arrancó hace unos días con fructíferos contactos con Rusia, tras la decisión de Obama de suspender los planes para construir un escudo antimisiles en Europa del Este. Con Rusia era necesario restablecer relaciones de cooperación por parte de Estados Unidos que, si bien hasta ahora formalmente no podían calificarse como en plena Guerra Fría, la práctica demostraba sus carencias y el espíritu de neutralización aplicado.

El tema del escudo antimisiles ha servido de pretexto para aceptar, guste o no, que esta potencia sigue jugando un papel relevante tanto en el plano mundial como en su área de influencia más cercana, puesto que sin su colaboración la situación de las tropas en Afganistán se complicaría aún más, mientras que el Kremlin aún tiene capacidad en Irán para sostener a los más duros del régimen, en el supuesto de que decidiera en ambos casos aplicar una estrategia agresiva. Sin embargo, dichas actuaciones serían nocivas, puesto que al Kremlin le interesa converger con los intereses occidentales frente al integrismo islámico de los talibán y con un Irán desnuclearizado, de modo que estos asuntos espinosos no interfieran en los 20 millones de musulmanes rusos. Esto sin contar que esta potencia autocrática tiene una sociedad que se percibe así misma como europea y occidental.

La nutrida agenda diplomática del Presidente Obama continuó con la presencia del mandatario en la Asamblea General de Naciones Unidas el día 23 septiembre. El líder norteamericano pretende sellar la nueva sintonía de su gobierno con esta institución mediante un cambio de estrategia respecto a la Administración anterior, presidiendo por primera vez -la quinta que se celebra en la historia de este organismo- una cumbre del Consejo de Seguridad dedicada a la cooperación en la lucha contra la proliferación nuclear, y de la que se espera que surja un mayor respaldo que ayude a cerrar satisfactoriamente las relaciones Washington-Teherán en este tema, puesto que en este mes de septiembre termina el plazo para que la teocracia iraní acepte la oferta de entablar negociaciones directas con la potencia norteamericana.

Asimismo, la convocatoria de una cumbre trilateral con el Primer Ministro de Israel, Benjamín Netanyahu, y el Presidente de la Autoridad Palestina, Mahmud Abbas, significa un nuevo intento de mediación personal para relanzar el proceso de paz en el conflicto palestino-israelí, ante el escaso éxito obtenido hasta ahora por la Secretaria de Estado y el enviado especial George Mitchell. Coincidiendo con estos acontecimientos, Obama ha mantenido diversos encuentros con los principales dirigentes de países tan significativos como el Primer Ministro ruso, el Presidente de China y el nuevo Primer Ministro japonés. Y para cerrar este ciclo de multilateralismo expreso, el presidente norteamericano se trasladó a Pittsburg para presidir la primera cumbre como anfitrión del G-20.

Este activismo diplomático refleja la voluntad de la Casa Blanca de ajustar una agenda internacional plagada de temas candentes y desafíos, lo cual tampoco oculta el principio tan utilizado por numerosos gobernantes de que cuando la situación interna se complica hay que recurrir a la política exterior, que da bastante juego, y momentáneamente eclipsa los problemas domésticos. Sin lugar a dudas, la agenda internacional del Presidente Obama es de suficiente calado, pero sin negar la importancia de los temas abordados, sigue gravitando otro que requiere un nuevo rumbo de forma urgente y que no ha sido abordado estos días: Afganistán.

AFGANISTÁN, UN DILEMA MÚLTIPLE

El general Stanley McChrystal, máximo dirigente de todas las fuerzas del Pentágono y de la ISAF desplegadas en el país centro asiático, ha planteado a la Administración norteamericana un dilema tan claro desde el punto de vista militar como espinoso políticamente. Es decir, o se envían más tropas con urgencia o hay que estar preparados para un inevitable fracaso. Esta es la tesis que mantiene un informe confidencial firmado por el mencionado militar remitido al Pentágono el 30 de agosto y que ha sido filtrado a la prensa: sin un despliegue de tropas adicionales durante este curso, la guerra librada a lo largo de estos últimos ocho años “probablemente resultará un fracaso”. El análisis de 66 páginas indica de manera categórica y apremiante que “el no ganar la iniciativa y frenar el impulso del enemigo a corto plazo (los próximos 12 meses mientras madura la capacidad de seguridad afgana) amenaza con producir un resultado en el que derrotar a la insurgencia no será posible”.

El documento cuestiona el papel desempeñado por la ISAF (Internacional Security Assistance Force), descrita como una fuerza “pobremente configurada”, ignorante de la realidad cultural afgana y dedicada a limitados objetivos tácticos y a la protección de sus miembros más que a librar la guerra de contrainsurgencia que la misión requiere. Además, acusa a la ISAF de operar de forma que los “distancia física y psicológicamente” de las personas que busca “proteger”, recordando aquella famosa frase de Petraeus en cuanto a la necesidad de “ganar los corazones y las mentes de los afganos”. Este análisis demoledor en relación con los objetivos planteados y los conseguidos, termina afirmando que “los insurgentes no nos pueden derrotar militarmente pero nosotros nos podemos autoderrotar”.

La conclusión del informe se enfrenta al creciente rechazo por parte de Estados Unidos de aumentar su esfuerzo militar en Afganistán, tanto por la mayoría parlamentaria del Partido Demócrata como por la opinión pública norteamericana, muy sensible al aumento de víctimas, ya que desde la invasión ordenada por la Administración Bush a la actualidad el número se eleva a 764 bajas mortales de nacionalidad norteamericana. Esta cifra se ha visto acrecentada con los sangrientos combates de la última campaña primavera-verano, en la que los militares norteamericanos no han ocultado su sorpresa por la capacidad ofensiva demostrada por el movimiento talibán y por la falta de efectividad de las fuerzas internacionales con los objetivos planteados en la reconstrucción de Afganistán. La población norteamericana empieza a recordar lo sucedido hace décadas en Vietnam y más recientemente en Irak, produciéndose una desafección fuerte por este conflicto, máxime cuando significa el incremento de recursos en un período de fortísima crisis económica.

El presidente Obama, consciente de tener una opinión pública y numerosas voces críticas renuentes a aumentar las tropas, empieza a demorar una difícil decisión, por cuestiones de coste político y de prioridades domésticas. En este sentido, deja claro que primero hay que aclarar si se está aplicando la estrategia más adecuada en el frente afgano antes de hablar de refuerzos, esgrimiendo una batería de preguntas relacionadas con la estrategia aplicada.

LA GUERRA DE AFGANISTÁN PIERDE APOYOS EN EUROPA

Numerosos países implicados en la reconstrucción comienzan a buscar una salida de Afganistán, pues con los recursos disponibles no es posible ganar esta guerra. El núcleo de fondo es como alcanzarlo sin socavar el prestigio de la OTAN, o dicho en otros términos, cómo se consigue que sea esta organización internacional la que lidere el proceso para salir del atolladero. La situación en Afganistán se ha deteriorado mucho más rápido de lo que la opinión pública internacional había sido consciente, de ahí que el debate sobre el nuevo rumbo a tomar en el país centroasiático se ha intensificado durante los últimos meses, especialmente desde comienzos del verano.

La nueva estrategia de Obama para Afganistán –basada principalmente en un aumento del número de efectivos militares en los últimos meses- ha creado fisuras no sólo entre sus aliados de la comunidad internacional, sino también a nivel interno, en sus propias filas demócratas. El portavoz de asuntos militares en el Senado, el demócrata Carl Levin, criticó abiertamente el envío de más tropas norteamericanas al país afgano, y expresó la necesidad de debatir si es imperativo un mayor compromiso en una guerra que pierde apoyo de la opinión pública. Gran cantidad de analistas ya etiquetan este conflicto como el “Vietnam o el Iraq de Obama”, puesto que los resultados son poco satisfactorios, las inversiones cuantiosas y la duración de este conflicto supera en más del 50% el cómputo total de la intervención norteamericana en las dos Guerras Mundiales.

Del mismo modo, los aliados europeos empiezan a expresar sus inquietudes, ya que cada vez se les hace más difícil explicar ante sus opiniones públicas una presencia tan prolongada en un conflicto mal direccionado, con ausencia de estrategia definida y con continuas bajas de soldados nacionales. Cuando los países aliados decidieron actuar en Afganistán y apoyar la intervención militar, las circunstancias de violencia eran totalmente diferentes, y no se consideraba que la insurgencia provocara los estragos que están efectuando en la actualidad. Así pues, Francia, Alemania y Reino Unido quieren convocar una conferencia internacional –que con toda probabilidad se celebrará en un plazo no superior a tres meses, una vez se haya constituido el nuevo gobierno afgano- para concretar una nueva estrategia, con objetivos definidos y plazos vinculantes, marcando la fecha de salida de las tropas que se fijaría en torno a 2014. También España, a través de su Ministra de Defensa, considera razonable vislumbrar una retirada en cinco años, si bien ha comprometido el envío de más soldados al contingente español para tener un papel más determinante, tratando de no quedar en un segundo plano en el conflicto abierto más importante que tiene la comunidad internacional en estos momentos.

Si hacemos un repaso de las principales posturas hasta ahora expresadas por algunos países observamos las primeras fisuras de la coalición internacional:
Francia: Mientras Nicolás Sarkozy insiste en que las tropas de su país continuarán hasta que se forme un Estado sólido en Afganistán, sólo un 36% de los franceses apoya el despliegue militar en Afganistán.
Alemania: Tanto la canciller, Angela Merkel, como el líder opositor del SPD, Frank-Walter Steinmeier, se han comprometido en la campaña electoral a fijar una fecha de retirada de las tropas, que Steinmeier sitúa en 2013, mientras que Merkel aboga por un horizonte de retirada en unos cinco años.
Reino Unido: Ha declarado su disposición a albergar una cumbre antes de finales de año, también solicitada por Francia y Alemania, para acelerar la transición afgana y abordar el regreso de las tropas, ante las presiones de la opinión pública británica, que solo en un 25% aprueba el despliegue.
Italia: Después de la muerte de seis soldados italianos, Berlusconi declaró que lo deseable sería retirar las tropas de Afganistán “lo antes posible”.

RETOS ANTE LA PRÓXIMA CONFERENCIA INTERNACIONAL SOBRE AFGANISTÁN

El problema real al que se enfrentan los países presentes en Afganistán es un desafío doble: la amenaza no sólo proviene de los movimientos insurgentes-terroristas al-Qaeda y talibán, sino también de la incapacidad del gobierno central en cuanto a control del territorio, de su peligrosa y patente conexión con la corrupción, el crimen organizado y el tráfico de drogas. Con vistas a la próxima conferencia internacional sobre Afganistán que se va a celebrar en pocos meses –probablemente bajo los auspicios de Naciones Unidas- , la nueva estrategia ha de girar en torno a una serie de niveles:

1.No es una lucha sólo contra un grupo insurgente, sino una batalla contra una red que funciona a modo de gobierno paralelo, cuyos tentáculos abarcan los planos ejecutivos, sanitarios, educativos y judicial, a los que acuden los afganos para solventar sus problemas en aquellas zonas fuera del control del gobierno central, y que son mayoritarias. Por tanto, la misión de la comunidad internacional no podrá alcanzar sus objetivos mientras no se reconozca la necesidad de centrar sus esfuerzos de forma inmediata en proveer de seguridad a la población, cubrir sus necesidades y extender la gobernanza, con una estrategia que combine esfuerzos militares y civiles.
2.Hay que asegurar una mejor efectividad de los recursos empleados en Afganistán. Durante los últimos años se ha desviado la atención hacia otros conflictos y se han diversificado objetivos, con lo que se ha dejado a los grupos insurgentes afganos tomar la iniciativa sobre el terreno durante cinco años. Así pues, no es el momento de pensar en un progresivo repliegue y en disminuir los recursos militares, civiles y económicos, sino más bien al contrario, es necesario aumentarlos, a pesar del contexto de crisis económica internacional, para ganar el terreno perdido.
3.Se debe seguir apostando por una mayor capacitación del ejército (Afghan National Army – ANA), que, según casi todos los analistas, es uno de los escasos capítulos que se están desarrollando con éxito en el marasmo afgano. El ANA debe ir transitando hacia mayores cotas de liderazgo en materia de seguridad, con lo que se impone una mejora sustantiva de sus equipamientos y entrenamiento.
4.Ante la patente inexistencia de unidad en cuanto a esfuerzos y tácticas entre todos los actores internacionales implicados en Afganistán –OTAN/ISAF, ONU/UNAMA, EE.UU. y los diferentes donantes-, es necesario acordar una estrategia que defina objetivos consensuados para que se camine en una única dirección.
Durante estos años de intervención en Afganistán se han establecido objetivos poco realistas, basados en consideraciones políticas más que en la efectividad; se ha desviado el foco de atención hacia otros conflictos -pensando en un primer momento que la insurgencia de los talibán no suponía una amenaza considerable-; se han permitido numerosas disfunciones internas a nivel institucional en el gobierno de Afganistán; se ha tolerado el creciente control de los señores de la guerra en cuanto a sus intervenciones en el mercado de la droga y de las armas, etc. Es evidente la necesidad de un cambio radical en la reconstrucción de Afganistán, desechando la estrategia bélica tradicional y apostando por una intervención dinámica, combatiendo a los insurgentes en los principales núcleos urbanos que es donde extienden con mayor rapidez su influencia, desarrollando programas de prosperidad económica y aumentando la seguridad de la población, como únicas vías para cercenar el creciente apoyo social a los movimientos radicales.