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Por Carlos Escudé (para Safe Democracy)

Carlos Escudé analiza extensamente qué supone el actual choque de civilizaciones entre el extremismo islamista y el Occidente liberal y secular y por qué deriva de una díada de características similares a la que engendró la Segunda Guerra Mundial. Escudé desarrolla a continuación un profundo estudio en el explica cuál es la esencia de la gran guerra global que se nos viene encima; y que, a diferencia del enfrentamiento mundial de 1939 a 1945, encuentra a la humanidad en posesión de arsenales capaces de arrasar varias veces con toda la vida humana.


Carlos Escudé es Doctor en Ciencia Política por la Universidad de Yale y profesor de Relaciones Internacionales. Dirige el Centro de Estudios Internacionales y de Educación para la Globalización en la Universidad del CEMA (en Buenos Aires). Ha sido asesor del Ministerio de Asuntos Exteriores de su país.

escudé.jpg LA MAYOR PARTE DE LOS OCCIDENTALES INSTRUIDOS CREE a pie juntillas que así como todos los individuos poseemos los mismos derechos humanos esenciales, todas las culturas o civilizaciones son igualmente respetables y han de considerarse moralmente equivalentes.

Sin embargo, basta con detenernos un instante en este lugar común de gente culta para comprender que si todos estamos dotados de esos mismos derechos, entonces todas las culturas no son moralmente equivalentes, porque aquellas que reconocen que todos poseemos los mismos derechos son éticamente superiores a aquellas que no lo reconocen. Si por el contrario, todas las culturas son moralmente equivalentes, entonces todos los individuos no estamos dotados de los mismos derechos humanos, porque algunas culturas adjudican a algunos hombres más derechos que a otros hombres y mujeres. En suma, estas dos afirmaciones, de aquí en más las Proposiciones A y B, no pueden ser válidas simultáneamente.

¿EL INDIVIDUO O LA CULTURA?
Díadas de enunciados como estos sintetizan una cosmovisión y su conflicto con una concepción opuesta. Este par de proposiciones encapsula la tensión lógica entre dos grandes axiomas, ambos de origen occidental, acerca de cuál es el sujeto de derecho que debe prevalecer como razón-de-ser del orden político: el individuo o la cultura. El primer enunciado es universalista, individualista y liberal, mientras el segundo es relativista. El primero tiene su origen en la Ilustración y es característico de la modernidad. El segundo representa cabalmente al espíritu postmoderno del llamado multiculturalismo, que postula la equivalencia moral entre todas las culturas, aunque sus contenidos axiomáticos a veces se traduzcan en la lapidación de mujeres acusadas de adulterio.

Existen escasas alternativas lógicas a estas dos posturas y todas están potencialmente en conflicto entre sí. El universalismo puede ser individualista y liberal, como en el caso de nuestra primera proposición, o colectivista e historicista. En el mundo real, el principal exponente de un universalismo historicista fue el marxismo. A diferencia de la Proposición A, que encumbra la libertad como derecho cívico supremo, esta doctrina otorga prioridad a la dialéctica que presuntamente permitirá alcanzar su utopía igualitaria, sacrificando en el camino la libertad y otros derechos individuales.

LA GUERRA FRÍA
Esta díada de conflicto ideológico entre dos universalismos opuestos fue la fuente de la Guerra Fría. Aunque ya no es un motor de la historia, recordar que el mundo estuvo a punto de caer en una guerra nuclear apocalíptica para resolver la tensión entre un universalismo liberal y otro historicista nos ayuda a comprender la importancia descomunal de estas díadas, cuando se contraponen en la primera línea de la competencia por el poder mundial.

Complementariamente a estas concepciones universalistas existe también un conjunto de cuatro concepciones jerárquicas, particularistas y supremaciítas. Están basadas en la supuesta superioridad de un segmento del género humano sobre todos los demás. Diversas cualidades han sido utilizadas para justificar primacías particulares: la pertenencia a una raza o pueblo â€Ëœsuperior’, una fe revelada, la portación de un sexo, y la adscripción a un estamento social.

COMPETENCIA POR LA SUPREMACÍA
De estos cuatro principios particularistas, sólo uno compite por la supremacía en la actualidad. El racismo y el elitismo han sido eliminados como opciones ideológicas falsas por la historia de los últimos dos siglos, mientras que el sexismo sólo sobrevive como opción válida para algunas culturas en conjunción con las aspiraciones hegemónicas de un fundamentalismo religioso, el islámico.

Todas las doctrinas derivadas de postulados particularistas son absolutistas. En términos lógicos están opuestas tanto a la concepción relativista de la Proposición B como a las dos doctrinas universalistas que compitieron por el poder mundial durante la Guerra Fría. La dimensión ideológica de toda la historia del conflicto humano puede reducirse a estas siete grandes proposiciones trascendentes, que se derivan de tres grandes principios generativos: universalista, supremaciíta y relativista.

LA SEGUNDA GUERRA MUNDIAL
Por otra parte, cuando las partes comprometidas en un conflicto por el poder mundial conforman una díada en que se enfrenta un axioma supremaciíta con otro universalista, nos encontramos frente a una conflagración potencial de dimensiones devastadoras. La Segunda Guerra Mundial fue el resultado de la siguiente díada:

“Si existe una raza de señores o pueblo elegido, entonces todos los individuos no poseen los mismos derechos esenciales, porque los miembros de la raza superior deberán señorear sobre la humanidad entera en virtud de su adscripción étnica. Si por el contrario, todos los individuos poseen los mismos derechos esenciales, no existe tal cosa como un pueblo elegido, porque el señorío de cada individuo dependerá de su capacidad, patrimonio y logros personales.”

Fue necesario sacrificar a más de cincuenta y dos millones de vidas humanas para zanjar la disputa entre estos enunciados, el primero universalista y el segundo particularista.

CHOQUE DE CIVILIZACIONES
El actual â€Ëœchoque de civilizaciones’ entre el extremismo islámico y el Occidente liberal y secular deriva de una díada de características similares a la que engendró aquella guerra contra el nazismo, que puede representarse en la siguiente contraposición axiomática:

“Si el Corán es la única Escritura revelada y el medio al que acudió Dios para legislar sobre los asuntos humanos, entonces Alá debe gobernar sobre los hombres, los fieles señorear sobre los infieles y los varones regir sobre las mujeres. Todo orden alternativo subvierte el mandato divino y debe ser oportunamente derrocado. Si, por el contrario, todos los individuos están dotados de unos mismos derechos esenciales, incluyendo la libertad religiosa y la de expresión, entonces toda doctrina que apele a métodos violentos para imponer el predominio de una fuente religiosa y una jerarquía teocrática, es intrínsecamente perversa y debe ser reprimida.”

Por supuesto que el primer enunciado (en adelante, Proposición C) es atribuible sólo al extremismo islámico. Pero es éste el que en estos tiempos tiene la iniciativa. De ese segmento proviene no sólo el terrorismo de suicidas místicos asesinos, sino también las recientes quemas de embajadas a raíz de las caricaturas de Mahoma en periódicos occidentales.

FUNDAMENTALISMO EN ASCENSO
Aunque en el pasado el cristianismo aportó sus propias versiones de la Proposición C, éstas han perdido vigencia desde los tiempos de las guerras religiosas entre católicos y protestantes. En cambio, el fundamentalismo tiene plena actualidad en poderosos segmentos del islam chiíta y wahhabita, que cuentan con incalculables fortunas provenientes del petróleo iraní y saudí para financiar el terrorismo del Hamas en Israel y las madrasas que adoctrinan a la población musulmana de Europa. Por este motivo, es improbable que esta díada de conflicto ideológico se resuelva con menos muerte y destrucción que la que fue necesaria para disolver la díada que engendró la Segunda Guerra Mundial. Sólo puede prevalecer la paz si Occidente abdica de sus valores, cediendo a las crecientes pretensiones del extremismo islámico.

Por cierto, el trance actual es extremadamente grave por tres motivos. El primero es que este tipo de conflicto ideológico trascendente es mucho más mortífero que el que puede emanar de la competencia económica o militar entre Estados, porque responde a un ámbito no negociable. La lucha entre el particularismo nazi y el universalismo liberal occidental no podía admitir una rendición condicional. Lo mismo ocurre ahora, en nuestro conflicto con la Proposición C.

UN ORDEN TEOCRÁTICO
Otro factor que agrava las consecuencias potenciales del choque actual es la vigencia de un conflicto ideológico complementario, en este caso al interior de Occidente: el que emerge de la contraposición entre el relativismo y el universalismo liberal con que comenzamos este ensayo. Paradójicamente, tal como están planteadas las cosas, los cultores de la relativista Proposición B son aliados tácticos del extremismo islámico, a pesar de que estratégicamente son enemigos de todos los axiomas particularistas. Obsérvese que nada hay tan radicalmente igualitario como la Proposición B, que a fuerza de relativista a todo lo iguala. Y nada hay más absolutista que la Proposición C, que pretende imponerle al mundo un orden teocrático. Sin embargo, en la actualidad se plasma una alianza implícita entre ellas.

Cualquiera sea la causa de esta solidaridad antinatural, lo cierto es que la capacidad de respuesta de los defensores de la Proposición A frente al embate terrorista de los adalides de la C está muy limitada debido a la división de Occidente en dos trincheras diferentes y opuestas: las proposiciones A y B.

LA GRAN GUERRA GLOBAL QUE VIENE
Finalmente, esta configuración se presenta en una era de proliferación de armas de destrucción masiva. A diferencia de la Segunda Guerra Mundial, la gran guerra global que se nos viene encima encuentra a la humanidad en posesión de arsenales capaces de arrasar varias veces con toda la vida humana.

La alternativa a la guerra que se nos impone es la abdicación: vivir gozosa pero resignadamente la etapa terminal de la Civilización Occidental, a sabiendas de que el fanatismo ha triunfado porque, a diferencia de nosotros, sus adeptos están dispuestos a matar y morir.

Ciertamente, si hemos de abstenernos de usar la violencia masiva que está a nuestro alcance y que nuestro adversario no trepidaría en aplicar contra nosotros, la Europa de nuestros nietos será musulmana, Israel morirá, y las restantes regiones del mundo vivirán una creciente disminución de sus libertades, siempre retrocediendo ante el vasallaje impuesto por quienes creen ser los heraldos de la verdad divina.