La retirada militar de Irak debe darse en paralelo a la tonificación del país en su sentido más integral, alentando todas las iniciativas a favor del consenso y de la diplomacia. Procede plantear una desocupación siempre que se haga conforme a un calendario gradual y espaciado.



LA INMEDIATA RETIRADA de Irak de las tropas de ocupación, aunque sea una alternativa que encandile a buena parte del auditorio internacional, difícilmente contribuirá a la mejoría del país árabe. Los males que aquejan a Irak son múltiples y complejos, por lo que cualquier solución se antoja también endiabladamente complicada. El estropicio provocado por una invasión militar que, con el transcurrir de los meses, ha puesto al descubierto la incompetencia mayúscula de aquéllos que la recetaron en su día, sólo puede ser atenuado con la devolución a Irak de sus señas de identidad, que no necesariamente pasan por el tamiz occidental.Para que comience a respirar con regularidad, el país árabe necesita recuperar cuanto antes su idiosincrasia, sus instituciones más genuinas (oficiales y oficiosas), luego de haber volcado todas las voluntades posibles en la confección de un gobierno independiente y representativo, que no escatime ideologías ni etnias.

GOBIERNO DISFUNCIONAL
A nadie se le escapa que el actual gobierno iraquí depende excesivamente de los dictados de la Casa Blanca. Y esta lectura está sirviendo de coartada a los grupos islamistas más radicales para fomentar su particular guerra contra los infieles y los colaboracionistas, mientras obstaculiza el retorno a la vida civil de una insurgencia que no encuentra acomodo en una política realizada por encargo en un país por el que los soldados de Estados Unidos se pasean más ufanos que cooperantes. Las propias autoridades de Washington reconocen que en Bagdad existe un gobierno disfuncional, que no ha conseguido cumplir con la mayoría de las tareas encomendadas por los mismos que ahora se alarman ante su fracaso.

La experiencia nos dice que en el caso iraquí no basta con incorporar al gobierno figuras emblemáticas del nacionalismo kurdo o de las distintas corrientes islámicas. Hay que involucrar también a los agentes sociales, a los dirigentes de base en un proyecto nacional del que el pueblo llano actualmente se siente excluido, hasta el punto de que la añoranza por el antiguo régimen de Sadam Hussein está calando en muchos hogares iraquíes.

Exigir la inmediata salida de Irak de las tropas extranjeras es una pretensión loable, desde luego; pero como otras tantas buenas intenciones puede acabar empedrando el camino hacia el infierno. Puestos a enmendar una parte, sólo una parte, del gran descalabro ocasionado por una invasión cruenta e innecesaria, que jamás contó con el aval de Naciones Unidas, cabe pensar en un repliegue gradual de las fuerzas ocupantes, pero siempre y cuando esta retirada no absorba todas las energías disponibles, ni genere vacíos de poder.

EL CONSENSO Y LA DIPLOMACIA
La desocupación militar, cuyo anuncio debería servir sobre todo para apaciguar a los sectores iraquíes que se muestran hostiles o renuentes, tiene que producirse en paralelo a la tonificación del país en su sentido más integral. Y para ello, hay que alentar las iniciativas (oriundas y foráneas) que promueven el consenso y la diplomacia con la misma terquedad con la que unos defienden el mantenimiento del protectorado y otros se inclinan por su desmantelamiento. Mientras se produce el reciclaje político y los actores implicados, no sólo los líderes visibles, buscan puntos de encuentro, las tropas extranjeras tendrían que ponerse de una vez por todas el brazalete azul y llevar a cabo, quizás con un concurso más activo de Naciones Unidas, una auténtica labor pacificadora, renunciando a la beligerancia activa que han mantenido hasta ahora y que, con su saldo de miles de muertos, sólo ha servido para que el país árabe se descarrile todavía más.

Procede pues plantear una retirada de las fuerzas ocupantes de Irak siempre que se haga conforme a un calendario gradual, espaciado, para que en el ínterin se refuercen las instituciones, se consoliden las fuerzas de seguridad autóctonas y se apuntalen los cimientos de un gobierno plural y legítimo, en el que figuren todas las tendencias y que, con el apoyo de la comunidad internacional, sea capaz de guiar al país hacia una convivencia menos cainita. Tarea nada fácil, porque todos los indicios señalan que el desquiciamiento de Irak es cada vez más irreversible. Con un guión tan enmarañado, y con los iraquíes enfrentados también entre sí, cualquier salida intempestiva de las tropas internacionales podría acelerar aún más el proceso de degradación social que afecta al país árabe desde el mismo día en que fue invadido.