publicobama.jpgA Estados Unidos le espera una presidencia moderada, en busca de rasgos unitarios por encima de los enfrentamientos, pero también marcada por decisiones muy controvertidas para encarar los cambios del sistema económico, financiero y político nacional e internacional.

(Desde Madrid) BARAK OBAMA REPRESENTA la esperanza de cambio no sólo de Estados Unidos también del conjunto del sistema internacional. Sus palabras los días previos el cierre de campaña, si el martes (mañana) me votáis, no sólo ganaremos estas elecciones, sino que juntos cambiaremos este país y cambiaremos el mundo, son ya, como su propia figura, un símbolo transformador en el inicio de esta nueva Época.

El idealismo, desde W. Wilson y F.D. Roosevelt hasta J.F Kennedy, ha encontrado en este líder atípico un imán que atrae la esperanza de ese conjunto importante de la población mundial que, perdido el sueño de transformación profunda, o de revolución serena, lo único que les queda es un milagro en forma de profeta mundial.

Toda esa gente, dentro y fuera de Estados Unidos, no creen en quimeras, ni en visiones, ni tan siquiera en que el sueño alguna vez se hiciera realidad pero… esta vez, distinta a otras, la esperanza del Yes We Can de toda la humanidad se siente real y próxima. Así interiorizada, la reciente elección de Barak Obama como presidente de los Estados Unidos representa una gran oportunidad para ese deseado cambio reclamado por muchos y por distintos motivos: financieros, políticos, sociales, vitales e, incluso, estéticos dentro y fuera de los Estados Unidos.

EL PACTO NACIONAL O LA GESTIÓN DE LA DIFERENCIA

Obama, a lo largo de su carrera vital y política, ha demostrado que es el hombre de los consensos: el componedor de acuerdos. Esta especial virtud ha sido fruto, probablemente, de su experiencia vital cuando Gerald Kellman le contrató como educador social y mediador de comunidades negras en los Gardens, una de las zonas más deprimidas de Chicago. sin esta idea integradora, “Si sólo hubiera contado con el voto de las comunidades y apoyo de los líderes negros, nunca habría llegado hasta aquí” Parece increíble que desde ese momento –con un Barak Obama de 23 años– hasta el cierre de este largo proceso electoral, de forma reiterada se repita ese mismo discurso con grandes réditos electorales. En gran parte porque ese argumento repetitivo siempre evidencia las grandes carencias de la política estadounidense: la búsqueda de un nuevo y contemporáneo pacto nacional. Aquello que una gran parte de esos ciudadanos llamados estadounidenses, diversos y complejos, echan de menos.

Un discurso que se repite de forma reiterada desde las elecciones en la que se presentó de forma exitosa a la presidencia de la Harvard Law Review, reiterado en las elecciones al puesto de Senador de Illinois en 2000, que reaparece en su discurso a la Convención Demócrata de 2004, y que resuena machaconamente a lo largo de su campaña presidencial. Con toda probabilidad lo volveremos a escuchar, une vez más, en su discurso de toma de posesión el próximo 20 de enero: Basta de enfrentar a jóvenes contra viejos, blancos y negros, regiones contra regiones, ricos contra pobres, hombres contra mujeres, demócratas contra republicanos. No más Estados rojos y Estados azules. Somos los Estados Unidos de América.

En resumen, la fórmula mágica de Obama es la gestión de la diferencia; encontrar aquello que nos une rechazando lo que nos separa. De no haber sido así, sin esta idea integradora, si sólo hubiera contado con el voto de las comunidades y apoyo de los líderes negros, nunca habría llegado hasta aquí.

LECCIONES DEL PASADO APLICADAS AL PRESENTE

Obama, de la mano de Davis Axelrod, su jefe de campaña y de Davis Ploufe, su asesor privado, “Muy probablemente, de su próxima presidencia no quepa esperar una gestión con grandes estridencias que suponga una revuelta compensadora” ha repetido por tercera vez idénticos axiomas y argumentos en una campaña electoral. Es como si un candidato hubiera podido realizar tres veces el ensayo de forma sucesiva hasta el día de su estreno presidencial. Recordarle por tercera vez al sentimiento nacional estadounidense las principales heridas para, una vez curadas, hacer posible la viabilidad de este proyecto nacional después de asumidos los fracasos bélicos, económicos y políticos. Ahí reside el éxito de una campaña arrolladora e incontestable como fue la suya: haber aprendido de los errores electorales pasados en su ciudad de adopción política, Chicago, para incorporarlos al momento actual.

Como en el cuento el buscador de sueños, de Romano Battaglia, el chamán indio tradicional en las reservas en los Estados Unidos, como buen pater familias, siempre busca lo que une dentro del mismo proyecto (tribal, nacional e internacional) para que todos se sientan reflejados en él. “El nuevo liderazgo estadounidense depende en gran parte de esta nueva definición del Estado y del nuevo pacto ciudadano prometido en la campaña” Todo esto significa que, muy probablemente, de su próxima presidencia no quepa esperar una gestión con grandes estridencias que suponga una revuelta compensadora para favorecer a pobres, negros, latinos, mujeres, grupos marginales, Estados menos considerados… y así sucesivamente.

Probablemente la suya, sea una presidencia moderada, de tonos templados en busca de rasgos unitarios por encima de los enfrentamientos partidarios, raciales o sociales, con matices idealistas y también decisiones muy controvertidas, teniendo en cuenta que la nueva doctrina con nuevo liderazgo tendrá que afrontar con valentía ese cambio del sistema económico, financiero y político nacional e internacional.

NEW DEAL

Sin embargo, el largo proceso electoral en los Estados Unidos ha supuesto el enfrentamiento entre dos modelos alternativos para gestionar un proyecto nacional e internacional en crisis y acabado. A nadie se le oculta que detrás de los planes de rescate en Estados Unidos y en la Unión Europea –también de las propuestas estrella del Obama candidato a la Casa Blanca– se encuentra una gran quiebra de los valores políticos e ideológicos que habían regido gran parte del siglo XX y estos albores del XXI.

El nuevo liderazgo estadounidense depende en gran parte de esta nueva definición del Estado y del nuevo pacto ciudadano prometido en la campaña para ir avanzando hacia ese último objetivo de la universalización de derechos básicos; más aún si, como señala Obama, Estados Unidos ambicionan seguir siendo arquetipo económico y paradigma político de principios y valores del sistema occidental.

La labor no será fácil teniendo en cuenta que en ocho años Estados Unidos han fracasado en su proyecto nacional e internacional; el fracaso estrepitoso de una sociedad que se considera ganadora y que lleva el triunfo en su ADN nacional. La definición de ese deseado nuevo liderazgo sólo será posible, como siempre ha sido históricamente en el caso estadounidense, a partir de la proyección exterior de los valores internos pero, sobre todo, si es capaz de ganar la confianza perdida. En conclusión, un New Deal para esa nación y también para el sistema internacional.